Internet es un invento maravilloso, fuente inagotable de conocimientos y a la vez origen de patrañas, rumores, dimes, diretes y mentiras varias que gracias a San Google se van estableciendo como verdades. Si tienes una duda, la tecleas en el buscador y obtienes chorromil resultados de entre los cuales eliges normalmente el primero, que suele ser la correspondiente entrada de Wikipedia . Piensas que si sale el primero de la lista, por algo será. El problema surge cuando uno se fía ciegamente de las Diversas-pedias y del supuesto conocimiento absoluto de sus editores. Perico Palotes sienta cátedra diciendo que tal hecho ocurrió de tal manera, Fulanito el periodista lo versiona, Manolita la estudiante lo copia pega y Pepito el bloguero lo fusila vilmente, en una especie de teléfono escacharrado que crea contenido y enlaces a cascoporro a lo largo y ancho de Internet. De modo que cuando tú vas a buscar ese dato sale replicado en mil sitios y lo das por cierto.

Así se perpetúan los errores y ocurre que hoy, 31 de diciembre, se sigue diciendo mayoritariamente que comemos doce uvas en Nochevieja porque vete tú a saber cuándo hubo un excedente de producción de uva y los agricultores fueron tan cucos como para meternos una nueva tradición navideña entre ceja y ceja. Que esto lo cuente tu cuñado para hacerse el interesante tiene un pase, pero que caigan en ello los medios de comunicación ya es otra cuestión (por no hablar de revistas teóricamente dedicadas a la historia, ejem). La famosa fecha de 1909 y el cuento del exceso de uva se repite como un mantra y copa la mayoría de enlaces ofrecidos por la búsqueda "uvas Nochevieja historia".

Nochevieja en la Puerta del Sol. Dibujo de Arteches para la revista Crónica, 1933
Quitando que en aquellos años se tardaban cuatro o cinco días en llevar las uvas desde Almería, Alicante o Murcia hasta Madrid y otras provincias, que la gente era más reacia que ahora a adoptar costumbres nuevas y que no existían los medios de publicidad que hay ahora, ni el concepto de márketing ni los trending topics, no existe ningún documento que atestigüe que en la Navidad de 1909 hubiera uvas a motrollón a precio de saldo. Ni una campaña masiva de promoción para atragantarse durante las doce campanadas.

De lo que sí hay pruebas es de que las uvas son una tradición madrileña exportada después al resto de España y sus colonias, y la dificultad estriba en fechar el invento. Existen honrosos intentos de buscar la uva primigenia, como este currado artículo de Wikipedia o este impagable texto de Gabriel Medina con su bibliografía y con su todo, que ha sido copiado varias veces sin mencionarle. En uno dan como fecha de la primera mención a las uvas de Nochevieja el año 1894 y en el otro, 1895.

Con orgullo de rata de biblioteca virtual puedo decir que yo he conseguido estirarla un poco más, hasta el 31 de diciembre de 1892. El mérito es de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca de Prensa Histórica del Ministerio de Cultura. Yo lo único que he hecho ha sido despistojarme delante de la pantalla del ordenador.



En el periódico madrileño «La Iberia» del 1 de enero de 1893, página primera, se refieren a otra publicación diciendo:

No sabemos si El Estandarte habrá seguido la costumbre de comer las uvas á las doce de la noche en punto de ayer, para preparar la felicidad del año nuevo. Pero si las ha comido, seguramente las ha encontrado verdes.
Entendemos pues que en 1892 lo de las uvas era ya costumbre, pero no he podido encontrar ninguna referencia anterior. Es posible que exista ahí fuera pero la búsqueda es endemoniada porque en la hemeroteca de la BNE salen miles de resultados poniendo «uvas». Tampoco puedes acotar con  «Nochevieja» porque entonces no se llamaba así, sino que podía ser Día del Año, Víspera de Año Nuevo, del Nuevo Año o Año Saliente. Un lío. 

En 1894 varias publicaciones (todas de Madrid) se refieren al tema de las uvas engullidas a prisa y corriendo para tener suerte en el año venidero. Algunos periódicos se refieren al hecho como a una nueva moda y otros parece que la dan por asentada y digerida desde hace tiempo. El 1 de enero de 1894 el diario «El Imparcial» publica un artículo titulado "Las uvas bienhechoras":

La costumbre ha sido importada de Francia, pero ha adquirido entre nosotros carta de naturaleza. Hasta hace pocos años eran muy contadas las personas que comían uvas el 31 de Diciembre al sonar la primera campanada de las doce de la noche. Hoy se ha generalizado esta práctica salvadora, y en cuanto las manecillas del reló señalan las doce, comienza el consumo de uvas más ó menos lozanas. Es cosa indiscutible, según algunos autores. Las uvas, comidas con fe la última noche del año viejo, proporcionan la felicidad durante el año nuevo. Cómelas la casada para ver si consigue modificar el carácter del eposo irascible; la soltera para inñamar el corazón del galán indiferente y desdeñoso; la viuda para llegar á las segundas nupcias, y la fea, en cualquier estado, para conseguir el mejoramiento de las facciones que le ha legado naturaleza. Hay enfermo que confía más en las uvas que en todos los remedios del mundo.

Artículos de "El Correo Militar" y "La Correspondencia de España", 2 de enero de 1894

Sin embargo al día siguiente «El Correo Militar» califica la costumbre de imperecedera, así que no nos acabamos de aclarar. En «La Correspondencia de España» dicen que las uvas son tres y que servían para pedir alegría, salud y dinero. Lo de que fuera una moda copiada de los franceses tampoco es seguro: sí que se menciona en un par de fuentes más y es verdad que entonces todo lo que sonara a francés se convertía automáticamente en algo chic, estiloso y rápidamente copiado por las clases altas (los hipsters trendsetters de entonces). En la edición de «La Dinastía» (Barcelona) del 13 de ese mismo mes se cuenta que los parisinos elegantes "felicitan a sus parientes y amigos, al dar las doce, distribuyendo sonoros besos, más o menos expresivos, y haciendo honor al tradicional racimo de uvas negras".

Las uvas españolas no sé si serían negras o blancas, pero con mucha probabilidad eran de Almería o de Gijona (tal cual así escrito, lo que ahora llamamos las uvas del Vinalopó), que llegaban a Madrid con los turrones y se vendían durante los días de Navidad. Se combinaban con champagne en las casas ricas, como la del presidente del Consejo de Ministros en la Nochevieja de 1895. 

La moda de las uvas no estaba del todo bien vista, al parecer :) "El Siglo Futuro", 2 de enero de 1896

En 1897 el tema de las uvas era tan común que se lo tomaban un poco a chanza, riéndose de las supersticiones y la creencia en la superchería de sus fieles:

LAS UVAS MILAGROSAS: Para obtener la dicha durante un año entero es preciso comer doce uvas el 31 de Diciembre, al sonar la primera campanada de las doce de la noche. Dicho se está que la baratura del artículo coloca el amuleto al alcance de todas las fortunas y por consiguiente son pocas las personas que dejan de verificar la sencilla y grata operación. Pero se ha observado que con uvas y todo, hay seres á los cuales no llega la virtud de la medicina; y lo primero que les sucede es caer en la cama, víctimas de un cólico, y después se llenan de granos y de hijos y de todo género de calamidades. Los inteligentes en amuletos afirman que esto consiste en que no todos saben cómo se co-men las uvas, y que no basta meterlas en la boca y tragarlas tranquilamente. —No, señor—me decía un nigromántico da la provincia de Huesca que está aquí de paso.— No todos saben comer uvas. Lo primero que hay que hacer es lavarlas; después se colocan en fila sobre una mesa mesa; si la mesa tiene tapete de hule, mejor. Después se las va cogiendo una á una, y sin quitarlas el rabillo se comen todas á la vez, inclinando la cabeza al lado derecho. Con esta sencilla operación se consigue un año de felicidades. Otros dicen que no hay tal cosa: que las uvas deben comerse de pie, una tras otra, sin tomar respiración, y que al tragar la última es preciso dar una vuelta de vals y después acostarse. En esto de las uvas se ven cosas muy raras.
Lo importante es que ahí resaltan que las uvas eran baratas, de modo que no hacía falta la famosa supercosecha para ponerlas a disposición de la clase popular. Antes de que las campanadas, las uvas y el desenfreno se instauraran en la vida de los españoles, lo que se hacía era quedarse en casa, rezar con recogimiento y si acaso montar un teatrillo familiar jugando a los estrechos y leyendo los "motes para damas y galanes", que eran unas obritas de teatro humorísticas que se representaban entre amigos. El fiestón grande de las Navidades, al menos en Madrid, era la noche de Reyes. Los lugareños salían de farra a engañar a algún asturiano o gallego recién llegado a la ciudad y le hacían creer que los Reyes Magos eran de verdad. Como los gamusinos pero con alcohol. Debido al desfase y a las diversas tropelías que ocurrían esa noche, en 1882 el ayuntamiento empezó a cobrar cinco pesetas (una barbaridad para la época) a todos los que quisieran ir de parranda por las calles madrileñas. De modo que los chulapos se quedaron sin jarana popular. Hasta que decidieron adoptar la moda de las uvas de una manera un poco menos aristocrática que los ministros: comiéndolas delante del reloj de Gobernación de la Puerta del Sol. El mismo reloj que ahora vemos durante la retransmisión de las campanadas, colocado en 1866. Lo de copiar la toma de las uvas no queda claro si fue por emular a la clase alta o para chotearse de ella, porque existen versiones para todos los gustos.

Por una razón o por otra, aquello gustó. Sobre todo a los fruteros, que se frotaban las manos ante la demanda y empezaron a hacer publicidad de ello:

Anuncio de "El Imparcial", Madrid, 29 de diciembre de 1898

Hasta principios del siglo XX no queda establecido el número de uvas en doce, que hasta entonces podían ser tres, seis o las que a uno le dieran la gana. Seguramente la dichosa fecha de 1909 coincide con la implantación nacional del uso de comerlas: pronto fue replicado en Tenerife, Mérida o La Coruña. En 1903 se habla por primera vez en prensa de la fiesta de la Puerta del Sol, y en 1905 el gentío que acudía era tan grande que se cerraron las calles adyacentes y hubo muchísimas quejas de vecinos indignados por tamaña "fiesta salvaje propia de ignorantes y gente vulgar". La tradición de las doce uvas fue vista durante mucho tiempo como algo pagano, supersticioso, anticristiano e incluso fruto del contubernio judeo-masónico, pero eso lo dejo para el próximo año. Para que se vea que no todo el mundo aceptaba alegremente la nueva e impuesta tradición valga este artículo de «El País» del 1 de enero de 1915:



Pasad todos una feliz salida y entrada de año, y no os olvidéis de contarle al pesado de vuestro cuñado el porqué de las uvas. 

"Nuevo Mundo", 2 de enero de 1931



Ando estos días investigando el porqué, el cuándo y el cómo de las doce uvas de Nochevieja. Me pica la curiosidad ¿o acaso a vosotros la historia ésa que cuentan y recuentan todos los años del exceso de producción de uvas no os suena un poco a filfa? Y con razón, porque es una tontería suprema elevada a verdad universal gracias a ciertos comentaristas que repiten frases como loros.

Mañana pues habrá aquí un repaso chiripitifláutico a lo que he encontrado acerca de esa bonita tradición de atragantarnos según empieza el año, y de mientras os dejo un regalo para disfrutar de lo que queda de 2015. El número extraordinario de Año Nuevo 1934 del semanario gráfico «Crónica», una joya que he encontrado entre búsqueda y búsqueda y que va directa a mi colección Diógenes virtual. Caricaturas, cuentos, publicidad de la época y muchas señoritas ligeras de ropa para felicitar el nuevo año.


Entre otras maravillas que os dejarán ojipláticos, la revista incluye un reportaje acerca de la moda de llevar lencería rosa (no roja) para despedir el año saliente y entrar con buen pie en el siguiente. Como extra, la receta del «cóctel 1934» del famoso barman Perico Chicote

Prepárense en una copa grande unos pedacitos de hielo, unas gotas de Orange Bitters, unas gotas de curaçao rojo, unas gotas de Grand Marnier; termínese de llenar la copa con un buen champagne, agregándole una corteza de limón, otra de naranja y dos guindas.
caricatura cómica de Bellón: la Nochevieja en casa de la familia burguesa y los duques de Muchapasta

Aquí debajo tenéis el pdf con las mejores páginas de la revista; se puede agrandar y descargar. El número completo está disponible para leer y guardarlo entero desde la página de la Biblioteca Nacional de España, institución maravillosa a la que aprovecho para felicitar y mandar un beso en los morros. Sin ella y sin su hemeroteca digital este blog no sería lo que es.


Veréis josmíos, andaba yo por aquí preparada desde hace días para escribir una receta. Mareando la perdiz, básicamente, relegando el momento de ponerme a escribir porque se anteponían cosas tan graves e importantes como entregar varios trabajos, poner la lavadora y mirar intensamente a la pared. Hace muchos meses que la pared que está detrás de la pantalla del ordenador y yo somos íntimas amigas. Tiene algún agujero y una mancha rebelde que me observa con regodeo y satisfacción, la muy perra. Sabe que por mucho que me siente durante horas al teclado y suspire, no voy a escribir nada porque he perdido mi mojo.

Por eso todos los días me levanto y me digo que hoy sí que voy a sacar algo, yes I can, pero luego el mundo se confabula (oh pérfido destino) para que no me dé tiempo, o para que ya sea muy tarde y entonces quién va a leer a estas horas, o yo qué sé. Hasta que ayer me di cuenta de que no puedo escribir la puñetera receta aquí simplemente porque hace un año que no lo hago. Efectivamente, la última entrada recetil de este blog es del 23 de diciembre de 2014, cáspita, cuando puse el cóctel de gambas neoviejuno

360 días después es un poco difícil volver como si nada, y quizás tecleándolo aquí pueda entender yo misma el porqué. 2015 ha sido el primer año en el que me he dedicado profesionalmente a escribir sobre cocina y me ha resultado extremadamente complicado. Lo de extremadamente suena un poco como a batalla de Rambo en Vietnam, pero yo soy de natural agobiada y tiendo a ahogarme en un sorbo de agua, entendedme. Que no os vendan motos de emprendedores ni entrepreneurship ni mierdas, ser autónomo es un asco a no ser que te salgan miles de encargos y las declaraciones trimestrales te quitan años de vida. A lo largo de este año he tenido la inmensa suerte de colaborar como documentalista en el programa de Robin Food y de empezar a escribir regularmente en El Comidista. Mikel, Mònica y David no saben cuánto les quiero por haberme ayudado a tener una base sobre la que plantar mi bandera de autónoma in-de-nait para que mi santa madre pueda decir por ahí que su hija es periodista. 

También colaboré en un proyecto muy bonico que espero que vea pronto la luz, y un día en una librería una señora me preguntó a ver si yo era yo y me dio un achuchón y casi lloro. Por la sorpresa y porque me pilló mirando libros viejos, que es un escenario muy romántico y como de película de calidad. Pensándolo ahora, si aquí he escrito menos no ha sido porque tuviera menos tiempo libre (que es lo que yo le decía a la mancha de la pared), sino porque éste es mi espacio personal y desde hace tiempo tengo un nudo de ésos pretos que no te dejan tragar bien. La incertidumbre de no tener trabajo fijo ni suficiente, que tantos de vosotros seguro que compartís, maldita sea, se suma a otros problemas personales e intransferibles para hacer que no disfrute ni duerma como solía. Básicamente, tengo ansiedad.

Como este blog es mi casa, tengo derecho a ir en zapatillas y pijama viejo en vez de arreglarme para salir. Es decir, que aquí puedo contar lo que necesite destapar en vez de limitarme a poner la dichosa receta, que por cierto, no tiene la culpa de este drama y está buenísima. En esta sesión de terapia gratuita puedo aprovechar además para ciscarme en toda la gente que te ofrece trabajo a cambio de "visibilidad", "visitas", "prestigio" y porras en vinagre. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: naves en llamas más allá de Orión y medios serios (de esos buenos que salen en papel) que se resisten a decir la palabra "gratis" a pesar de que les preguntes tres veces por las condiciones antes de aceptar el encargo. 

¿Qué diría un fontanero si le pidieran que arreglara unas tuberías gratis y "ya si tal si nos gusta como quedan pues igual te llamaríamos otra vez pero no es fijo"? Dependiendo del grado de desesperación vital del fontanero, igual dice que sí, pero luego acabará recibiendo más llamadas iguales porque al primero se lo hizo sin cobrar y todo el mundo quiere el mismo chollo. 



A lo largo de este año me han ofrecido pagos en especies tan diversas como enlaces, reputación, "ver tu nombre escrito en papel" y hasta una especie de indemnización en diferido a lo "trabaja tres meses y luego si funciona pues al final del año próximo te daríamos un porcentaje". Yeah. En esas ocasiones la mancha de la pared se ríe de mí y me susurra cosas que haga cosas malas y delictivas.


En fin, tecleado todo esto parece que respiro mejor e incluso me está entrando algo de espíritu navideño a pesar del inmundo calor que hace. Mientras me imbuyo de fuerzas para sacar adelante la receta y otras muchas cosas que tengo en la recámara, podéis leer mi última colaboración en Zouk Magazine acerca del viaje del blóguer y los peligros que acechan en los recodos del camino.

También me podéis mandar achuchones y gifs de gaticos, que siempre vienen bien.


El texto entero aquí




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