Hace dos semanas publiqué un reportaje en El Español sobre el origen e historia de las tapas. Es muy bonico y aunque sea por hacer bulto y que me sigan pidiendo más, os lo deberíais leer. Me costó muchos sudores y al menos una dioptría más rastrear la estela de las tapas a través de los documentos que están a mi alcance, que son muchos. Toneladas virtuales de de libros, periódicos y textos de todo tipo a los que puede acceder cualquier hijo de vecino con un poco de paciencia.

Cuando hago un trabajo de este tipo, primero compruebo qué se dice por el patio de vecinas de internet.  Las viejas del visillo suelen ser Wikipedia y los resultados de la primera página de Google. De esa decena de fuentes, de los más de dos millones que ofrece el buscador para "historia tapas" es de donde salen los datos que luego se repetirán, copiapegarán y alimentarán nuevos contenidos por los siglos de los siglos amén. Igual que cuando hablamos aquí de las Doce uvas de Nochevieja,  asumo que la mayoría de personas no tiene tiempo ni interés en investigar más allá de la primera página. Lo grave es que sean los medios de comunicación los que sigan perpetuando el desconocimiento y los cuentos de la vieja. Ya no os digo si lo hace un señor ministro del Gobierno.

Carlos III inventando las tapas. Anton Raphael Mengs, 1761.

Íñigo Méndez de Vigo, Ministro de Educación, Cultura y Deporte, fue esta martes 31 de mayo a un desayuno informativo de ésos que cuando salen en la tele piensas que nadie está desayunando de verdad. Con el café frío y el bollo sin untar, los ponentes hablan sin parar mientras los invitados piensan en el pincho de tortilla que se zamparán en el primer bar que encuentren. La cosa es que en el Foro Nueva Economía el ministro dijo que España (no sé si en su conjunto mediante voto eurovisivo) va a proponer a la Unesco que las tapas sean consideradas Patrimonio de la Humanidad. Pues muy bien. Al fin y al cabo, ir de tapeo es una de nuestras costumbres más entrañables, arraigadas y mejor vendidas en el extranjero.

El ministro se viene arriba y la cuenta a la directora general de la UNESCO, Irina Bokova, que las tapas son lo más: muy españolas y mucho españolas. Y que las tenemos gracias a “un rey ilustrado y primer alcalde de Madrid, Carlos III”, cita recogida en infinidad de periódicos al día siguiente. Lástima que NO sea así. Y si fue así, no hay pruebas. En el mismo reportaje que escribí sobre el tema, un comentarista volvía con la mula al trigo y sacaba a relucir a Carlos III. Como no me gusta polemizar ni contesté. Porque no creo que ni ese comentarista ni el ministro se hayan leído el tocho de la "Colección de pragmáticas, cédulas, provisiones, etc" decretadas durante el reinado del tal Carlos. Yo sí, ay de mis ojos. Y no contiene nada parecido a una ley que obligara a servir el vino con pan o alguna comida de acompañamiento, como reza el mantra ministerial.

De hecho, las únicas páginas que he encontrado en internet que relacionan a dicho Borbón con el tapeo o similar concepto son ésta y otra de Yahoo Respuestas. Os lo digo tó. Que podría ser que yo esté equivocada y exista algún alma caritativa que haya encontrado algún documento que lo atestigüe, oye. Nada me gustaría más, porque aquí no se trata de tener razón sino de aprender lo más posible. Por eso le pregunté (directamente al ministro por twitter y a su oficina de prensa por email) de dónde había sacado su información. A eso no me ha contestado aún pero al menos fue amable y me dijo que tomaba buena nota del error.


El problema no es que alguien difunda bulos, leyendas urbanas y teorías sin ningún rigor histórico. Lo grave es que ese alguien sea ministro de Cultura y pretenda impresionar a una audiencia presuntamente ilustre con datos sacados del fondo de internet. "Me lo dijo Pepito" o "lo leí en Forocoches" no deberían ser razones para que un representante público diga lo primero que encuentra por ahí o que le pasan en un resumen hecho por veteasaberquién. Igualmente podría haber contado otro cuento que atribuye el invento de las tapas nada menos que a Alfonso X el Sabio, que andaba flojillo del estómago y -atención, exclusiva oída en el s. XIII- fue aconsejado por su médico para que tomara unos traguillos de alcohol de vez en cuando, acompañados por pica-pica para no embolingarse. Tanto le gustó que decidió decretar una ley para que las tabernas sirvieran siempre comida con la bebida. O eso es lo que se cuenta, seguramente gracias a un médium que contactó con el espíritu del rey y lo escuchó de primera mano.

Alfonso X pensando en que el vino entra mejor con cacahuetes. Eduardo Gimeno y Canencia, 1849

Pero el bulo preferido de las tapas es el de otro Alfonso, que tiene como más gracia y campechanía. Dependiendo de quien lo cuente, puede ser Alfonso XII o su hijo el XIII, que lo mismo da. ¿Saben aquél que diu que iba el rey por Cádiz (cámbiese por otra ciudad) y entró a una taberna a tomarse un chato? Como había moscas (o viento, o polvo, o arena, dependiendo de la historia) el camarero puso una loncha de jamón (o de lomo, o de chorizo, o un trozo de pan) sobre el vaso del real visitante no fuera a manchársele el vinacho. Con todo lujo de detalles y hasta con citas completamente inventadas cuentan esta anécdota apócrifa en una web que debería ser de rigor como Muy Historia

El rey (el XII o el XIII), que era un cachondo, se quedó encantado y pidió otro vino "con tapa". Chimpún, ya tenemos leyenda urbana. Un mito indocumentado que se repite hasta la saciedad y acaba por calar, tomándose como verdadero. Porque al parecer, no hay nada más chanante que un rey inventando algo. Le da a cualquier asunto una pátina así como de glamour que sirve para que la Unesco te tenga en cuenta y los turistas coman más calamares a la romana. 

Alfonso XII recordando sus hazañas de tapen. Federico Madrazo, 1886

Ayer en Twitter me decía alguien que no era para tanto, que al fin y al cabo propagar bulos así es inocuo y que quedan más bonitos que la realidad. O que mientras no haya pruebas de su  falsedad se  pueden seguir diciendo, como si en el siglo XXI tuviéramos que dar por cierto todo lo que no esté refutado. En fin. La cuestión es que si tratáramos así una cuestión histórica relacionada con la política o la ciencia no se tomaría a chufla igual que cuando hablamos de comida. Por eso es tan difícil encontrar a gente que se interese por el tema y quiera pagar las horas que cuesta tirar del hilo y sacar la verdad que hay escondida. 

Total pa qué, si puedes decir lo de Carlos III, quedarte tan ancho y encima que los demás piensen que qué gran cultura tienes. Mientras sigo dándome de tortas con los mitos, leed esta entrada de Julián Otero. El último párrafo es para enmarcarlo. 

Carlos III cenando ante la Corte. Luis Paret y Alcázar, 1775.






El 22 de abril de 1616 estiraba la pata en Madrid el pobre Miguel de Cervantes Saavedra. Soldado de fortuna, preso del moro, espía secreto, recaudador de impuestos y escritor. Murió de diabetes, más pobre que una rata y a su funeral en las Trinitarias acudieron cuatro gatos contados. Allí quedó tranquilo y olvidado hasta que hace un par de años se empeñaron en revolver sus huesos, ponerles nombre y meterlos en una tumba con lápida fetén.

Sin meterme demasiado en la pataleta de que los fastos por el cuarto centenario de su muerte estén siendo patéticos comparados con los shakesperianos, valga como prueba de su tristeza el hecho de que yo me haya levantado hoy rumbera y cervantina, dispuesta a sacar la cara por este señor y su obra. ¿Que si me he leído El Quijote entero? Pues no. Como la mayoría de vosotros, almas de cántaro. Pero sí he leído partes extensas, que es lo que dice todo el mundo aunque sólo haya visto lo de los molinos en 4º de EGB.

Os prometo que últimamente lo he revisado a fondo, gracias a un reportaje que, tecnología y calendario mediante, saldrá este fin de semana sobre la comida cervantina. Como no es cosa de destriparlo y además, hay material de sobra para escribir mil y un artículos sobre el tema, dejo aquí algunas cuestiones simpáticas sobre el tema que no cupieron en tan sesudo texto. Además así podéis ir de guays y utilizarlas en alguna conversación casual, que nunca viene mal para empatar al personal.

El almuerzo. Diego Velázquez, 1617.

Podríamos imaginar que los personajes de este cuadro de Velázquez son don Quijote y Sancho Panza (más un mozalbete con falta de hervores), poniéndose morados a vino, mejillones, granadas y pan. Una combinación un poco rara, igual que el hecho de que el señor mayor tenga en la mano una tenedor emburruñado, pero en fin, para algo está la imaginación. En la España del siglo XVII los tenedores no se estilaban aún demasiado, y eran cosa de señores finolis y pusilánimes que no se querían manchar las manos. En la segunda parte de El Quijote, el ingenioso hidalgo cuenta que Sancho "cuando tiene hambre, parece algo tragón, porque come aprieta y masca a dos carrillos; pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue Gobernador aprendió a comer a lo melindroso, tanto que comía con tenedor las uvas y aun los granos de granada".

Aunque solía pasar más hambre que un perro tiñoso, don Quijote conocía las normas de educación en la mesa y así se las aconsejaba a su escudero para que guardara las formas mientras fuera gobernador:

No comas ajos, ni cebollas, por que no saquen por el olor tu villanería [...] Come poco, y cona más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto, ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho,  de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie. Eso de erutar no entiendo(dijo Sancho); y D. Quijote le dijo: Erutar, Sancho, quiere decir regoldar [...] En verdad, señor (dijo Sancho), que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo. Erutar, Sancho, que no regoldar (dijo D. Quijote). Erutar diré de aquí adelante (respondió Sancho), y a fe que no se me olvide.
Festín de Sancho en la ínsula de Barataria. José Moreno Carbonero

Sancho Panza, que era muy de pueblo y por tanto especialmente bonico, tenía dichos y refranes para cualquier situación. Aunque le faltó el mítico "donde no hay mata no hay patata", porque entonces este tubérculo aún no se estilaba, sí que tenía un gran repertorio de frases relacionadas con el comer. De ésas que sueltan en mi pueblo con un palillo entre los dientes y la gorra de Titanlux calzada hasta las cejas, dejándote con el culo torcido.

Los duelos con pan son menos.

Muera Marta y muera harta.

No siempre hay tocinos donde hay estacas.

A quien cuece y amasa no le hurtes la hogaza.

En otras casas comen habas y en la mía a calderadas.

La mejor salsa es el hambre.

En casa llena presto se guisa la cena.

Sobre la gastronomía del Quijote existe una web del Centro Virtual Cervantes muy completa y entretenida, con recetillas de la época y todo por si queréis trastear en la cocina. De mientras y hasta que salga publicado mi megarreportaje con el que he sudado tinta china cervantina, recordemos que lo del ninguneo institucional al mayor genio de nuestras letras es cosa antigua y que no debería sorprender. El 23 de abril de 1833, Ramón Mesonero Romanos contaba en "La Revista Española" cómo se estaba derribando la casa en la que murió el escritor, en la esquina entre las calles Francos y Cervantes (antes León, hasta que le cambiaron el nombre por vergüenza ajena) de Madrid. Acertó a pasar por allí un amigo suyo inglés (cómo no), que se quedó ojiplático al saber que tal edificio iba a desaparecer.  "¿Por qué los magnates, los cuerpos literarios, los particulares amantes de su país no se apresuraron a adquirir a toda costa el único resto de tan ilustre autor, para evitar su aniquilamiento?", le pregunta. "El gran poeta britano yace en el soberbio mausoleo de Westminster, al lado de nuestro Monarca, mientras que el español... ¡que contraste!". Ajá. La casa se derribó y ahora tiene una placa tristona, mientras que a pocos metros está la Casa Museo de Lope de Vega, enemigo mortal de Cervantes que estará riéndose en su tumba. En fin. 

Cervantes tuvo una vida apasionante, digna de películas con mucha acción, batallas épicas, cuatro intentos de evasión de Argel, una hija bastarda y envidias literarias sin límite. Mientras soñamos con semejante epopeya, llena de odios, intrigas y fiel reconstrucción histórica al estilo BBC, aquí nos tenemos que conformar con la serie que hizo TVE en 1981. Que hombre, para su época es digna a pesar del penoso maquillaje que lleva el protagonista, pero que yo sepa siquiera la han vuelto a emitir.

Más graciosa y ojiplática es la película de 1967 "The young rebel Cervantes", una coproducción internacional loquísima rodada en inglés en la que un alemán (Horst Buchholz) interpretaba al autor, Francisco Rabal a su hermano Rodrigo, Fernando Rey a Felipe II y Gina Lollobrigida enseñaba pechuga barroca haciendo de espía italiana.
From love making to high adventure! He could be devious, delightful or deadly! O.o

¿Van a emitir semejante joya del kitsch en nuestras televisiones este fin de semana? Pues no, pero alguien debería, aunque fuera sólo por ver a Cervantes en plan galán conquistador con el pecho descubierto en un harén.


La misma escena en español se puede ver (un poco peor), aquí. No he encontrado la película entera en ningún sitio, pero para que os hagáis a la idea del nivel, es como un Errol Flynn a la española con escenas exóticas y cabareteras con vestidos de época. Una pasada.


Aquí, el héroe de Lepanto antes de ser manco, cogiendo la espada por el filo porque era un tío duro.


Qué casualidad que la única película biográfica (o algo así) sobre Miguel de Cervantes la rodase un director americano en inglés y con protagonistas extranjeros.Igual nos lo tendríamos que hacer mirar.



Antes de que os dé un perrenque por la sorpresa de que haya vuelto al blog, os cuento que esta semana dos cuestiones distintas e ilusionantes me han hecho darme cuenta de que basta ya de escribir sólo para los demás. Éste es mi sitio y ésta es mi voz. Y vivan Cervantes, los libros y la cultura, coño.

Aprovechad el Día del Libro para comprar alguno interesante o mejor aún, buscad en casa uno que os lo hiciera disfrutar en su momento. Releedlo con un bocadillo de chocolate en la mano y pasadlo teta.


Internet es un invento maravilloso, fuente inagotable de conocimientos y a la vez origen de patrañas, rumores, dimes, diretes y mentiras varias que gracias a San Google se van estableciendo como verdades. Si tienes una duda, la tecleas en el buscador y obtienes chorromil resultados de entre los cuales eliges normalmente el primero, que suele ser la correspondiente entrada de Wikipedia . Piensas que si sale el primero de la lista, por algo será. El problema surge cuando uno se fía ciegamente de las Diversas-pedias y del supuesto conocimiento absoluto de sus editores. Perico Palotes sienta cátedra diciendo que tal hecho ocurrió de tal manera, Fulanito el periodista lo versiona, Manolita la estudiante lo copia pega y Pepito el bloguero lo fusila vilmente, en una especie de teléfono escacharrado que crea contenido y enlaces a cascoporro a lo largo y ancho de Internet. De modo que cuando tú vas a buscar ese dato sale replicado en mil sitios y lo das por cierto.

Así se perpetúan los errores y ocurre que hoy, 31 de diciembre, se sigue diciendo mayoritariamente que comemos doce uvas en Nochevieja porque vete tú a saber cuándo hubo un excedente de producción de uva y los agricultores fueron tan cucos como para meternos una nueva tradición navideña entre ceja y ceja. Que esto lo cuente tu cuñado para hacerse el interesante tiene un pase, pero que caigan en ello los medios de comunicación ya es otra cuestión (por no hablar de revistas teóricamente dedicadas a la historia, ejem). La famosa fecha de 1909 y el cuento del exceso de uva se repite como un mantra y copa la mayoría de enlaces ofrecidos por la búsqueda "uvas Nochevieja historia".

Nochevieja en la Puerta del Sol. Dibujo de Arteches para la revista Crónica, 1933
Quitando que en aquellos años se tardaban cuatro o cinco días en llevar las uvas desde Almería, Alicante o Murcia hasta Madrid y otras provincias, que la gente era más reacia que ahora a adoptar costumbres nuevas y que no existían los medios de publicidad que hay ahora, ni el concepto de márketing ni los trending topics, no existe ningún documento que atestigüe que en la Navidad de 1909 hubiera uvas a motrollón a precio de saldo. Ni una campaña masiva de promoción para atragantarse durante las doce campanadas.

De lo que sí hay pruebas es de que las uvas son una tradición madrileña exportada después al resto de España y sus colonias, y la dificultad estriba en fechar el invento. Existen honrosos intentos de buscar la uva primigenia, como este currado artículo de Wikipedia o este impagable texto de Gabriel Medina con su bibliografía y con su todo, que ha sido copiado varias veces sin mencionarle. En uno dan como fecha de la primera mención a las uvas de Nochevieja el año 1894 y en el otro, 1895.

Con orgullo de rata de biblioteca virtual puedo decir que yo he conseguido estirarla un poco más, hasta el 31 de diciembre de 1892. El mérito es de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca de Prensa Histórica del Ministerio de Cultura. Yo lo único que he hecho ha sido despistojarme delante de la pantalla del ordenador.



En el periódico madrileño «La Iberia» del 1 de enero de 1893, página primera, se refieren a otra publicación diciendo:

No sabemos si El Estandarte habrá seguido la costumbre de comer las uvas á las doce de la noche en punto de ayer, para preparar la felicidad del año nuevo. Pero si las ha comido, seguramente las ha encontrado verdes.
Entendemos pues que en 1892 lo de las uvas era ya costumbre, pero no he podido encontrar ninguna referencia anterior. Es posible que exista ahí fuera pero la búsqueda es endemoniada porque en la hemeroteca de la BNE salen miles de resultados poniendo «uvas». Tampoco puedes acotar con  «Nochevieja» porque entonces no se llamaba así, sino que podía ser Día del Año, Víspera de Año Nuevo, del Nuevo Año o Año Saliente. Un lío. 

En 1894 varias publicaciones (todas de Madrid) se refieren al tema de las uvas engullidas a prisa y corriendo para tener suerte en el año venidero. Algunos periódicos se refieren al hecho como a una nueva moda y otros parece que la dan por asentada y digerida desde hace tiempo. El 1 de enero de 1894 el diario «El Imparcial» publica un artículo titulado "Las uvas bienhechoras":

La costumbre ha sido importada de Francia, pero ha adquirido entre nosotros carta de naturaleza. Hasta hace pocos años eran muy contadas las personas que comían uvas el 31 de Diciembre al sonar la primera campanada de las doce de la noche. Hoy se ha generalizado esta práctica salvadora, y en cuanto las manecillas del reló señalan las doce, comienza el consumo de uvas más ó menos lozanas. Es cosa indiscutible, según algunos autores. Las uvas, comidas con fe la última noche del año viejo, proporcionan la felicidad durante el año nuevo. Cómelas la casada para ver si consigue modificar el carácter del eposo irascible; la soltera para inñamar el corazón del galán indiferente y desdeñoso; la viuda para llegar á las segundas nupcias, y la fea, en cualquier estado, para conseguir el mejoramiento de las facciones que le ha legado naturaleza. Hay enfermo que confía más en las uvas que en todos los remedios del mundo.

Artículos de "El Correo Militar" y "La Correspondencia de España", 2 de enero de 1894

Sin embargo al día siguiente «El Correo Militar» califica la costumbre de imperecedera, así que no nos acabamos de aclarar. En «La Correspondencia de España» dicen que las uvas son tres y que servían para pedir alegría, salud y dinero. Lo de que fuera una moda copiada de los franceses tampoco es seguro: sí que se menciona en un par de fuentes más y es verdad que entonces todo lo que sonara a francés se convertía automáticamente en algo chic, estiloso y rápidamente copiado por las clases altas (los hipsters trendsetters de entonces). En la edición de «La Dinastía» (Barcelona) del 13 de ese mismo mes se cuenta que los parisinos elegantes "felicitan a sus parientes y amigos, al dar las doce, distribuyendo sonoros besos, más o menos expresivos, y haciendo honor al tradicional racimo de uvas negras".

Las uvas españolas no sé si serían negras o blancas, pero con mucha probabilidad eran de Almería o de Gijona (tal cual así escrito, lo que ahora llamamos las uvas del Vinalopó), que llegaban a Madrid con los turrones y se vendían durante los días de Navidad. Se combinaban con champagne en las casas ricas, como la del presidente del Consejo de Ministros en la Nochevieja de 1895. 

La moda de las uvas no estaba del todo bien vista, al parecer :) "El Siglo Futuro", 2 de enero de 1896

En 1897 el tema de las uvas era tan común que se lo tomaban un poco a chanza, riéndose de las supersticiones y la creencia en la superchería de sus fieles:

LAS UVAS MILAGROSAS: Para obtener la dicha durante un año entero es preciso comer doce uvas el 31 de Diciembre, al sonar la primera campanada de las doce de la noche. Dicho se está que la baratura del artículo coloca el amuleto al alcance de todas las fortunas y por consiguiente son pocas las personas que dejan de verificar la sencilla y grata operación. Pero se ha observado que con uvas y todo, hay seres á los cuales no llega la virtud de la medicina; y lo primero que les sucede es caer en la cama, víctimas de un cólico, y después se llenan de granos y de hijos y de todo género de calamidades. Los inteligentes en amuletos afirman que esto consiste en que no todos saben cómo se co-men las uvas, y que no basta meterlas en la boca y tragarlas tranquilamente. —No, señor—me decía un nigromántico da la provincia de Huesca que está aquí de paso.— No todos saben comer uvas. Lo primero que hay que hacer es lavarlas; después se colocan en fila sobre una mesa mesa; si la mesa tiene tapete de hule, mejor. Después se las va cogiendo una á una, y sin quitarlas el rabillo se comen todas á la vez, inclinando la cabeza al lado derecho. Con esta sencilla operación se consigue un año de felicidades. Otros dicen que no hay tal cosa: que las uvas deben comerse de pie, una tras otra, sin tomar respiración, y que al tragar la última es preciso dar una vuelta de vals y después acostarse. En esto de las uvas se ven cosas muy raras.
Lo importante es que ahí resaltan que las uvas eran baratas, de modo que no hacía falta la famosa supercosecha para ponerlas a disposición de la clase popular. Antes de que las campanadas, las uvas y el desenfreno se instauraran en la vida de los españoles, lo que se hacía era quedarse en casa, rezar con recogimiento y si acaso montar un teatrillo familiar jugando a los estrechos y leyendo los "motes para damas y galanes", que eran unas obritas de teatro humorísticas que se representaban entre amigos. El fiestón grande de las Navidades, al menos en Madrid, era la noche de Reyes. Los lugareños salían de farra a engañar a algún asturiano o gallego recién llegado a la ciudad y le hacían creer que los Reyes Magos eran de verdad. Como los gamusinos pero con alcohol. Debido al desfase y a las diversas tropelías que ocurrían esa noche, en 1882 el ayuntamiento empezó a cobrar cinco pesetas (una barbaridad para la época) a todos los que quisieran ir de parranda por las calles madrileñas. De modo que los chulapos se quedaron sin jarana popular. Hasta que decidieron adoptar la moda de las uvas de una manera un poco menos aristocrática que los ministros: comiéndolas delante del reloj de Gobernación de la Puerta del Sol. El mismo reloj que ahora vemos durante la retransmisión de las campanadas, colocado en 1866. Lo de copiar la toma de las uvas no queda claro si fue por emular a la clase alta o para chotearse de ella, porque existen versiones para todos los gustos.

Por una razón o por otra, aquello gustó. Sobre todo a los fruteros, que se frotaban las manos ante la demanda y empezaron a hacer publicidad de ello:

Anuncio de "El Imparcial", Madrid, 29 de diciembre de 1898

Hasta principios del siglo XX no queda establecido el número de uvas en doce, que hasta entonces podían ser tres, seis o las que a uno le dieran la gana. Seguramente la dichosa fecha de 1909 coincide con la implantación nacional del uso de comerlas: pronto fue replicado en Tenerife, Mérida o La Coruña. En 1903 se habla por primera vez en prensa de la fiesta de la Puerta del Sol, y en 1905 el gentío que acudía era tan grande que se cerraron las calles adyacentes y hubo muchísimas quejas de vecinos indignados por tamaña "fiesta salvaje propia de ignorantes y gente vulgar". La tradición de las doce uvas fue vista durante mucho tiempo como algo pagano, supersticioso, anticristiano e incluso fruto del contubernio judeo-masónico, pero eso lo dejo para el próximo año. Para que se vea que no todo el mundo aceptaba alegremente la nueva e impuesta tradición valga este artículo de «El País» del 1 de enero de 1915:



Pasad todos una feliz salida y entrada de año, y no os olvidéis de contarle al pesado de vuestro cuñado el porqué de las uvas. 

"Nuevo Mundo", 2 de enero de 1931



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