Sal de frutas en mano, os deseo una feliz Navidad y un mejor empachamiento, regado con champán hasta quedar a cuatro patas. Que los apuros no nos estropeen unos días hechos para disfrutar en familia y comer cosas ricas en grasas saturadas.


Feliz Navidad / Gabon zoriontsuak / Frohe Weihnachten



No soy yo mucho de turrón. O sí, pero a mi manera. No me gusta el duro ni el de chocolate, y el blando sólo los días que no son fiesta y mejor más allá del 7 de enero. Admitámoslo: el turrón se disfruta mucho más sin tener la tripa llena con cuatro platos, entremeses, ensalada y sorbete. 

Pero hay uno en especial que me lleva por la calle del desenfreno. El que primero se acaba en la bandeja de los postres, dejando tristes y ninguneados a mazapanes y compañía. 

El turrón de trufa blanca a la mandarina de Gorrotxategi. Ay, ay. No recuerdo quién lo trajo a mi vida, pero le doy las gracias. Es un vicio a veces compartido en familia a plena luz del día, y otras degustado en solitaria adoración. Sólo lo como un par de veces al año y me sabe a néctar, ambrosía y felicidad mandarinil.

Aunque mi versión casera no llegue a la excelsa sensación proporcionada por el original, qué os voy a decir. Pues que está de muerte.


Con esta receta colaboro en el Calendario de Adviento 2012 de Whole Kitchen. Gracias a ellos por invitarme a participar y no tener en cuenta que los fotos las hago con el móvil ;).


Aunque veáis el turrón tan mono, con tantas capas y ese aspecto tan aristocrático, juro que no es difícil de hacer. Es el primero que hago en mi vida. Si yo puedo, tú también.

Y sin molde especial ni nada, que no están los tiempos que corren para hacer dispendios. Pregunté hace unas semanas en Facebook qué podría utilizar, y vuestra imaginación casera y anticrisis ofreció un montón de posibilidades: el molde de plástico en el que vienen los turrones comprados, tarrinas de helado, moldes de plum cake o cartones de leche cortados.

Me acordé de un molde de Ikea para plum que tengo, de silicona, ancho, hondo y con un relieve en el fondo. Que ni pintado. Ancha es Castilla.

Aunque se parezca al original como dios a un tiñoso, sirva esta herejía casera como homenaje a José María Gorrotxategi, cabeza da familia, confitero y autor de uno de mis libros imprescindibles: "Historia de la confitería y repostería vasca". Con más detenimiento y parsimonia hablaremos de su trabajo y de la historia del chocolate en próxima entregas.

(Quiero pensar que mi desmesurado amor por la mantequilla viene del gen goloso de Tolosa, cuna de mi ama y de otros insignes reposteros como los citados Gorrotxategi o los Eceiza.)



Turrón de mandarina y chocolate blanco

Dificultad, así de primeras: pongámosle un seis Probables complicaciones: manejar materias explosivas y peligrosas como el chocolate, sacar el turrón del molde sin descuajeringarlo.  Sabor: en un 70% al turrón inspirador de Gorrotxategi, 30% restante a apaño casero  Receta de inspiración: con todos mis respetos y desde el atrevimiento, turrón de trufa blanca a la mandarina de Gorrotxategi

                  INGREDIENTES (para un molde grande, uf)

100 + 60 g de chocolate negro
300 g de chocolate blanco
150 g de nata
ralladura de 4 mandarinas


Si tenéis molde especial para turrón, seguramente estas cantidades sean demasiado, ya que mi "molde" es muy ancho y me ha salido una tableta gorda, pero os lo podéis imaginar.

Si encontráis chocolate blanco de cobertura, mejor que el de tabletas normales. No seáis roñas, que es Navidad. El de mejor calidad que os podáis permitir, porque se nota un montón.

PREPARACIÓN: 
Primer paso: tener el molde limpio, aseado y preparado.

Para el encamisado, que es la parte exterior de chocolate, cogemos 100 gramos de chocolate negro y lo derretimos en el microondas (en tandas de 30 segundos y a baja temperatura, mezclando después de cada turno) o al baño maría (sin que se nos moje ni una miaja).

Aquí habría que atemperar el chocolate, que es lo que hace que quede luego más liso y brillante. Como yo no tengo casi encimera, y menos de mármol, usé el truco del almendruco que es derretir como dos terceras partes de la cantidad, mezclar, y luego añadir el resto en frío, revolviendo lentamente con la cuchara hasta que se enfríe y espese un poco.

Echamos el chocolate en el molde, y movemos éste para que el chocolate caiga y se expanda por todo el fondo más unos 2 cm por los lados. Como lo hemos atemperado a nuestra manera, no estará demasiado líquido y se puede hacer sin que se escurra demasiado. Cuando esté listo, damos unos golpes suaves sobre la mesa para que se vayan las burbujas de aire.

Si usáis un molde bajito, especial o apañao, sería tan fácil como llenarlo entero de chocolate, volcarlo y retirar el excedente, dejando que escurra.


Se tapa bien con plástico para alimentos y se mete en la nevera a solidificar.

Mientras, preparamos la trufa blanca con mandarina. Se puede hacer de dos maneras, con o sin la ralladura visible. A mí me parece que queda bonito con ella, y además le va dando sabor con el tiempo.


Si no queréis que se vea la piel de la mandarina, tendríais que echarla en la nata, hervir y dejar infusionar mientras se enfría del todo, para después colar el líquido y poder retirar la piel. Más tarde habría que volver a hervir la nata para echarle el chocolate blanco.

Si queremos que se vean las pintitas naranjas, llevamos a hervor la nata con la ralladura, retiramos del fuego y después agregamos el chocolate blanco en trozos. Si tenéis Cointreau o algún otro licor de naranja, ahora sería el momento de echar un chorrillo.


Se deja reposar un par de minutos y luego se mezcla con una cuchara, hasta que el chocolate se derrita por completo. Después, se echa en un bol o cualquier recipiente, se tapa y se enfría en la nevera.

Cuando la ganaché o trufa esté fría (pongámosle que media hora o una hora), se saca. Podríamos echarla tal cual sobre el fondo del molde, pero yo he preferido batirla un poco con las varillas para semimontar la nata y que cogiera un poquillo de cuerpo.


Se echa a cucharadas sobre el fondo de chocolate negro, ya frío, y se extiende con una espátula, lengua o lo que tengáis a mano, intentando que quede nivelado. 

Se vuelve a tapar y a dejar en el frigorífico un rato.


Si en las fotos de mi turrón veis que hay una capa intermedia oscura, es porque intenté que se pareciera lo más posible a mi viciosa fuente de inspiración, que tiene también chocolate con avellanas y una parte indescifrable hecha con almendra que no supe reproducir.

Por eso entre mandarina y mandarina, puse un nivel de ganaché de chocolate negro con avellana picada, hecha con 50 g de nata, chocolate a ojo y un puñado de avellanas.

Tan sólo queda derretir el resto del chocolate negro (unos 60 gramos usé yo, pero depende del tamaño de tu molde igual es menos, o más), volver a hacer el apaño del atemperado fácil, y verterlo sobre el relleno cuando no esté muy caliente, para que no se nos derrita lo de debajo.


Moved un poco el molde hacia los lados intentando que quede liso, tapadlo con cuidado y sin que entre nada de aire ni humedad y metedlo en la nevera unas horas.

Ya sólo queda desmoldarlo con muuuuucho cuidado porque yo casi me lo cargo, brindar y disfrutar.


Viva la madre que parió a Jose María Gorrotxategi, a Rafael y a Iñaki.

Si queréis probar el original, compradlo en alguna tienda especializada, en su tienda online, o daos un paseo hasta Tolosa (Pza. Zarra 7) y visitad ya que estáis, el Museo del Chocolate.


Ni qué decir tiene que sólo hemos probado el trozo que se ve cortado, el resto está custodiado, envuelto en siete velos hasta el día de Nochebuena.

Chimpún y feliz Navidad. 
Hay expresiones heredadas, aprendidas o robadas. Ésas que se te pegan sin querer de familiares y amigos, que usas sin ton ni son hasta que te das cuenta de que nadie más las utiliza ni entiende.

Yo tengo multitud de ellas, prestadas del interminable catálogo léxico-rural de mi pueblo, y sobre todo de mi madre. 

Gracias a ella, me pasé taytantos años llamando al jamón serrano "jamón natural". Así, sin más, hasta que una vez lo pedí en la carnicería y me miraron raro. Cuando hago algo con mucho énfasis, lo hago "como una descosida", utilizo "tuperbares" y no tápers, y las cosas geniales no son excelsas, guays o maravillosas, sino el "súmmum".

Y estas galletas lo son. Las mejores que he hecho nunca. Porque los perjúmenes de nuez me sulibellan. Porque me gustan las galletas sencillas que saben a algo definido: limón, mantequilla, chocolate (se ve que no soy demasiado sutil ni refinada). Y porque son fáciles, rápidas, hogareñas y con una sensación indefinida de Navidad. 


Son crujientes por fuera y tierno-pegajosas por dentro, como un mazapán. Huelen a nuez, saben a nuez y te dejan recuerdo a nuez en el paladar.



Galletas de nuez

Dificultad, así de primeras: pelar las nueces  Sabor: a nuez y más nuez  Receta de inspiración:   Popekane ciasteczka orzechowe (galletas craqueladas de nuez) del blog polaco Gotuję, bo lubięPrecio total: 0,5 € (con ingredientes de marca blanca) más lo que os cuesten las nueces

                  INGREDIENTES (para 24 - 27 galletas)

270 g de nueces peladas
50 g de harina
70 g de azúcar
1 huevo
1 cucharada de mantequilla en pomada o de manteca de cerdo (unos 20 g)
media cucharadita de impulsor (uséase, Royal o similar)
zumo de limón

azúcar glas para rebozar


Lo de las nueces lo dejo a vuestra elección: si no os queréis complicar, podéis usar las que ya venden peladas, pero suelen ser de esas de California sosongas que no saben a nada. Yo me armé de paciencia y me pasé un buen rato cascando y pelando, pero las (indecentemente buenas) nueces de León valieron la pena.

Cuanto más pequeñinas y chuchurrías por fuera, mejor saben.

PREPARACIÓN: 
Lo primero es tener las nueces peladas y sin nada de cáscara, que luego alguno se rompe un diente y la liamos.

Metemos las nueces en un molinillo o en el picador de la batidora y las reducimos a polvo. ¿Que no caben todas e igual se te peta la cuchilla? pues en dos tandas. ¿Que no tienes accesorio ultramoderno picador? Pues con paciencia y buena música, las mueles en el mortero o les das golpes salvajes con un rodillo (con las nueces metidas en una bolsa cerrada, importante).

Cuando las tengamos molidas, añadimos la harina, el impulsor y el azúcar. Echamos luego el huevo y mezclamos con un cucharón.



Tendremos un pegote infecto y medio seco, pero no desesperéis. 

Se añade la mantequilla a temperatura ambiente y volvemos a mezclar, intentando que toda la nuez se humedezca y la masa sea homogénea. Para ayudar se puede echar una cucharada de zumo de limón, pero sin pasarse porque si no, será más difícil hacer luego las bolitas.

Ya si echáis manteca de cerdo en vez de mantequilla, es el acabóse.

Echamos la masa sobre un trozo de film para alimentos y envolvemos bien, metiéndola después en la nevera durante una hora más o menos, para que se endurezca y la podamos trabajar.


Una hora más tarde, encendemos el horno a 180 grados y colocamos una hoja de papel vegetal sobre la bandeja de hornear.

Sacamos la masa del frigorífico y en un cuenco, echamos bien de azúcar glas. "Bien de" es una medida métrica científica, que significa lo suficiente para cubrir el fondo del plato y luego ya si eso, añadimos más.

Ahora se trata de hacer bolitas del tamaño de una nuez (valga la redundancia), dándoles forma entre las palmas de las manos como si hiciésemos albóndigas y rebozándolas después en el azúcar.

Si se os pega mucho la masa a las manos, podéis empolvároslas de azúcar glas, como si fueseis un gimnasta olímpico.


Chás chás chás. Cuanto más rebozadas queden, más se notará después el contraste entre el exterior claro y las grietas oscuras.

Con las bolas hechas, las colocamos en la bandeja del horno. Harán falta dos turnos porque no se pueden poner muy juntas entre sí, ya que crecen con el calor. Si las queréis más finas y crujientes, podéis aplastar un poco las bolitas con los dedos.

Al horno con ellas, a 180 arriba y abajo durante 15-16 minutos. 


Si veis que la primera tanda ha quedado muy tostada, reducís el tiempo de horno, o al revés si han quedado demasiado tiernas para vuestro gusto.

Doy fe de que son las mejores galletas de la historia de este blog. Para mí, claro.




Aprovecho para hacer un poco de autopromoción y contaros que ya tengo tienda online de camisetas con diseños made in servidora (¡y hechas en Bilbao!). Para que hagáis regalos de Reyes a la vez que me hacéis un regalo a mí.


Podéis elegir alguna de las prendas que ya están diseñadas, o escoger el modelo y color que más os guste y colocarle uno de mis dibujos. 



Sin receta, sin fotos, ni nada, ésta es una entrada de urgencia y de apelación a los buenos sentimientos navideños, aprovechando que estáis montando el belén y que el Nervión pasa por el centro del mundo.

Acabo de darme cuenta de que poco a poco, azúcar mediante, he conseguido llegar a mucha gente: los que habéis levantado la mano como seguidores aquí, en twitter, en facebook, y los que habitualmente me leéis de forma anónima sin decir ni mú :)

El blog no debería servir únicamente para elevar mi menguado ego o engrosar lorzas y cartucheras varias. Hoy, sin que sirva de precedente, o sí, voy a usar este lugar para pediros un favor.


Lola (nombre adjudicado a la de tres), no sale bien en las fotos porque estaba tan contenta de que la estuviésemos acariciando que no se paraba quieta.

La encontramos ayer en una gasolinera, volviendo de viaje. Estaba temblando de frío, miedo y hambre, acercándose a todos los coches por si alguno de ellos era el de la persona que la dejó allí. Llevaba allí muchas horas y nadie se había molestado en interesarse por ella ni en avisar a nadie. Después de varias llamadas y dos bocadillos de chorizo, encontramos a alguien que pudo recogerla en el refugio municipal de Los Corrales de Buelna (cerca de Reinosa, Cantabria). 

Menos espumillón, postalitas en págüerpoint con buenos deseos y más Lolas, por favor. 


ACTUALIZACIÓN:
Lola ha sido recogida por sus dueños, unos señores mayorines que la habían perdido hace días a bastantes kilómetros de distancia. Se han puesto muy contentos y yo he hecho la buena obra de la semana. 

Igual no se llama Lola, pero el mundo es mejor y más bonito. Aprovechad el moquillo que ya os estaba colgando de la pena y pensad si podéis hacer algo por las Lolas del mundo (perros y personas).



Aprovecho para deciros que sois muy normales y que por eso os quiero: los términos de búsqueda con mayor afluencia de este blog son "plumcake", "colorantes naturales", "magdalenas", "el fondant sabe bien o mal", "croissants" y cosas sencillas de gente de bien. Seguiremos adelante con éstas y otras recetas normales, viejunas y sin colores fosforescentes. 

Gracias por estar ahí, al otro lado de la pantalla.



Dicen que la crisis está bajando nuestro nivel de vida y nuestro poder adquisitivo hasta niveles del s. XX. Yo, que nací en las postrimerías del siglo pasado, no sé sacar las cuentas pero barrunto que la cosa está muy mal. La economía en B y los tápers de madres y suegras están aquí para quedarse durante largo tiempo.

Hacen falta más cocidos, más recetas de trinchera y menos puturrú de fuá con ínfulas de primeros de mes. 

De cocina de subsistencia saben mucho las abuelas, que con un pollo te hacen un asado, un guiso y después un caldo. Volvamos pues a las recetas viejunas para sobrellevar los apuros del tercer milenio. 


Aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor es mentira cochina: díganselo si no a aquellas Mrs. Patmore del pasado que trabajaban de sol a sol para cumplir con sus deberes y poner un plato encima de la mesa cada día.

Como nos toca receta para ver el capítulo de Downton Abbey de esta semana, sepamos un poco más sobre la dura y nada novelesca vida de las criadas de aquella época. A principios del s. XX, un tercio de las mujeres estaban empleadas en el servicio doméstico, y cobraban cuatro perras gordas a cambio de comida, techo y jornadas de trabajo interminables. 

El número de criados que vemos en Downton, "Arriba y abajo" u otras series o películas de época, es habitualmente menor del real. Sólo en la cocina debían estar la cocinera, dos o tres asistentes (para picar verduras, hacer pasteles, limpiar pescado ...), y varias criadas que lavaban la vajilla, cubertería y cacharros. Al contrario que ahora, el fregadero se encontraba en otra habitación aparte, y había que acarrear todo de un lado a otro constantemente. La vajilla de los señores no se mezclaba con la utilizada por la servidumbre, y los cubiertos de plata o utensilios de cobre había que limpiarlos de modo diferente y pulirlos todos los días.

Una criada como Daisy se levantaba a las 4:30 para encender las chimeneas y la cocina, y se acostaba a  las 23:00 o más tarde, después de lavar, secar y recoger los restos de la cena. Sólo tenía medio día libre a la semana y ella misma se tenía que hacer o comprar sus uniformes, que podían llegar a costar hasta el 20% de su salario anual, unos 1500 euros de hoy en día. 

El panel con campanitas de aviso que vemos ahora casi como un símbolo de esclavitud, en realidad fue una liberación para los criados, que antes de que empezara a usarse debían estar de pie y atentos a cualquier necesidad de sus amos para poder llevar el recado a quien fuese requerido. 


Por su parte, la cocinera elaboraba entre 6 y 8 comidas al día: desayuno del servicio, desayuno de los señores, comida del servicio, almuerzo ligero para los señores, té para los criados (high tea, o lo que era lo mismo, una merienda-cena), té para los señores (low tea, la merienda de las 5, florida y aristocrática) y cena. Sin olvidar que la cena de una casa elegante podía constar de unos diez platos, más cuando había visitas o si era una ocasión especial.

Y si esto parece mucho, peor era ser criada en una casa pequeña o de clase media, donde casi todo el trabajo doméstico recaía sobre una sola persona. 

Aunque las compras y el recuento de la despensa eran labor del ama de llaves o la señora de la casa, la cocinera era quien planificaba los menús y organizaba las comidas para aprovechar los ingredientes al máximo, sobre todo en la mesa de la servidumbre.

Los criados comían bien pero de forma sencilla, platos que no requirieran el esfuerzo que la cocina debía dedicar a las comidas del piso de arriba. De modo que repetían mucho guiso, mucha sopa, estofados y postres rápidos y baratos, como el pudding de plátano que recomienda Mrs. Beeton en su libro

A nosotros, siervos, señores y parados de 2012, nos sirve también para ajustar el presupuesto y darnos un gustazo sin grandes lujos.


Pudding de plátano

Dificultad, así de primeras: separar la yema de la clara, ohmáigoz!  Sabor: a placer indulgente Receta de inspiración:  Banana pudding, del libro Mrs. Beeton´s Cookery Book, 1923, Isabella Beeton. Precio total: 1,02 € (con ingredientes de marca blanca)

                  INGREDIENTES (para 6 personas)

30 g de mantequilla a temperatura ambiente
112 g de harina
112 g de azúcar
140 ml de leche
2 plátanos maduros, en láminas finas
2 huevos
sal


¡1,02 euros todo! Y encima podéis aprovechar esos plátanos un poco pasadillos que tenéis en el frutero... SI no os gusta el plátano, probad a echar pera o manzana cortadas muy finas. Y si andáis boyantes, podéis usar nata en vez de leche.

PREPARACIÓN: 
Horno precalentado a 170 grados más o menos, arriba y abajo.

Batid la mantequilla junto con el azúcar, hasta que tengáis una crema de color claro. Separad con cuidado las yemas de las claras y añadid las primeras a la mantequilla, batiendo bien.

Después, se agrega la mitad de la harina, se mezcla, la mitad de la leche, se bate de nuevo, y así alternativamente hasta acabar con la leche y la harina y obtener una crema sin grumos.


Añadimos entonces el plátano en rodajas finas y mezclamos con cuidado para no romperlas.

Aparte, se montan las claras a punto de nieve firme con una pizquita de sal, y se introducen en la masa previa con movimientos envolventes de la cuchara, sin batir para no perder su esponjosidad.

Podemos hacer el pudding en un molde único o en ramequines individuales, como prefiráis. En cualquier caso, hay que engrasarlos antes de verter la masa dentro de ellos, hasta una altura de unos dos tercios.


Encima se pueden poner unos trocitos más de plátano y un poco de azúcar moreno o blanco.

Al horno con ellos durante unos 30 minutos, hasta que la masa suba y la parte superior se dore ligeramente.


Chimpún. 

Es hora de elegir si comerlo dentro del molde mientras veis la tele, sacarlo de él y ponerlo en un plato, acompañarlo de un poco de yogur azucarado, sirope de chocolate que tengáis en la nevera o lo que más rabia os dé.


Que no nos falten los tápers, los malabares en la lista de la compra o los consejos de aprovechamiento de abuelas y otros sabios. 

Ni los guisanderos combativos:



Esta noche comienza la tercera temporada de Downton Abbey, saga-folletín de criados y señores con resabios victorianos de la que soy muyfáns

Mesas esplendorosas, moldes de cobre, grandes jardines, intrigas palaciegas, malos malísimos, buenos buenísimos, acento británico y un mayordomo que se parece a Don Pimpón: lo tiene todo. 

Aunque sea todo guión y decorado, y además la veamos en casa con pijama y zapatillas, podemos calmar nuestras veleidades aristocráticas tomando un té en taza de porcelana (meñiques arriba) y comiendo algo más acorde que galletas untadas en colacao.

Intentaré poner unas cuantas recetas históricas para ronchar frente al televisor, y aprenderemos un poquillo más sobre la época y lo que significaba ser una señora o una esclava criada en aquellos tiempos, de la mano de otro recetario viejuno, el de la ínclita Mrs. Beeton.

Pero para el primer capítulo empecemos por algo fácil y reconocible: gominolas. O lo que eran parecido, las delicias turcas o lokum. Introducidas en occidente por un viajero británico desde Estambul, se convirtieron en una delicatessen para la clase alta durante el s. XIX, y era habitual regalarlas envueltas en seda cuando se iba de visita.

Consisten de una pasta gelatinosa y gominolesca, hecha a base de almidón, azúcar y gelatina a la que se echa limón, naranja, agua de rosas o frutos secos.

Mi libro de Mrs. Beeton´s cookery book, con dedicatoria viejuna incluida.

Son fáciles de hacer, de comer, y además nos sirven para rendir un homenaje al defenestrado Mr. Pamuk, aquel diplomático turco que acabó muerto por sobredosis de pasión allá por la primera temporada...


Delicias turcas (turkish delight, lokum)

Dificultad, así de primeras: de cero a cien, dos si te lías al exprimir limones  Sabor: a limón, pistacho y asaltacamas exóticos Receta de inspiración:  Turkish delight, del libro Mrs. Beeton´s Cookery Book, Isabella Beeton.

                  INGREDIENTES (para unas 25 piezas de 3x3 cm)

300 g de azúcar
20 g de gelatina en hojas
50 g de frutos secos troceados sin piel (pistachos y almendras)
75 ml de agua
1 naranja
1 limón
1 cucharada de licor
1 cucharada de agua de azahar

azúcar glas


El lokum suele llevar agua de rosas a tutiplén, ingrediente que odio con fervor. Mrs. Beeton no lo usa pero podéis echar una cucharadita o utilizar agua de azahar.

PREPARACIÓN: 
Dejad en remojo las hojas de gelatina en agua fría hasta que se ablanden. 

En un cazo, echad el agua, el azúcar, la piel de limón y naranja rallada o en tiras, y el zumo de ambas frutas. Calentadlo hasta que el azúcar se diluya y comience el hervor. En ese momento, añadid la gelatina y bajad la temperatura del fuego, removiendo con una cuchara hasta que las colas de pescado se disuelvan.

Hay que apartarlo del fuego y colar el líquido, para retirar la piel de los cítricos.


Agregad el licor (el que queráis, ron, vodka, ginebra ...) y el agua de azahar y dejad que empiece a enfriarse y coger consistencia.

Mientras, machacad los frutos secos o moledlos con la batidora hasta conseguir trozos pequeños (no polvo!), y añadidlos a la gelatina removiendo bien.


Ya se puede echar la mezcla a un molde o fuente rectangular, lo que os sea más fácil. Es recomendable mojar el recipiente primero para que no se pegue demasiado la gelatina.

Podéis dejarla a temperatura ambiente hasta que se solidifique del todo, o taparla bien y meterla en el frigorífico para que vaya más rápido.

Cuando esté dura, sólo hay que cortar cuadrados del tamaño que prefiráis, robozarlos con azúcar glas, azúcar normal, o dejarlos como están.


Si queréis que os duren, lo mejor es meterlos unas cuantas horas en un bol con mucho azúcar glas, tapados del todo, para que el azúcar absorba la humedad y cubra bien el exterior.

Sólo queda cogerlos con elegancia, comerlos sin mancharse, sentarnos con la espalda bien recta e imaginar que tomamos el té con la condesa viuda.



La próxima semana tendremos algo más sofisticado y con más antelación, para que dé tiempo de sobra a hacerlo y comerlo mientras veis la serie. Intempestivos contratiempos con la luz y una tormenta han retrasado la salida de esta receta.

Como diría la prima Violet, la electricidad es cosa del demonio y estas cosas, antes no pasaban.





Hoy ya ha hecho un frío respetable y adecuado para noviembre, el suficiente para que dé gustico volver a casa, encender la calefacción y merendar algo rico.

Las cosas ricas saben mejor en otoño e invierno, cuando uno no está permanentemente sudado y se agradece estar pegado a la puerta del horno encendido. Oh sí, sé que vosotros también lo hacéis, eso de mirar por el cristal a ver cuánto sube lo que está dentro, y el color que coge, y si ya estará hecho o mejor lo dejo un poco más...

Nada mejor además que aprovechar la época pre-navideña y los pasillos del súper llenos de envoltorios dorados con brilli brilli para comprar ingredientes que no se suelen ver en otra época del año: frutas secas y escarchadas. Tambien hay polvorones, mazapanes y demás cosiquinas, pero que a los navideños de pro como yo nos están vedadas hasta el día 24. Porque antes, no saben igual. 

Así que juntemos el frío, las tardes de fin de semana, las frutas y un poco de jengibre para hacer un postre con sabor a adviento. Además, nos hará parecer cosmopolitas y entendidos en gastronomías exóticas y extranjeras. 

- "¡Oh, un plumquéic!"
- "Nada de plum cake, es un bara brith, un postre típico galés."
- "¡Oh, qué fastuosidad! Aunque parece un plumquéic... "

Que no os quiten la ilusión, y presumid del rancio abolengo británico de este pan-bizcocho.


El bara brith es un pan dulce de Gales, cuyo nombre significa literalmente "pan moteado". Se hacía tradicionalmente para aprovechar el calor residual de los hornos, con masa de pan sobrante (con levadura o masa madre) a la que se le añadían frutos secos y azúcar .

En cada casa y cada pueblo se hace de distinta manera, y existe una agria disputa entre los que lo consideran un pan y los que creen que es un bizcocho para el té. Lo mismo da que es lo mismo. Está buenísimo de todos modos, se puede comer en rebanadas untadas de mantequilla, o levantando el dedo meñique al tomar el té de las 5, como prefiráis. Eso sí, haceos a la idea de que la miga es como la de un pan, puesto que no lleva nada de mantequilla ni aceite.

Ésta es la versión con impulsor (Royal de toda la vida) en vez de con levadura fresca. Al final de la entrada tenéis unos enlaces para ver recetas más panarras, incluso con masa madre.



Bara brith

Dificultad, así de primeras: mezclar bien. O sea, rien de rien  Sabor: a adviento y nieve Receta de inspiración: welsh bara brith tea cake, de Honest Cooking

                  INGREDIENTES (para un molde largo de unos 28 cm)

400 g de fruta seca y/o escarchada
(pasas sultanas, arándanos, cerezas, ciruelas, naranja confitada y orejones)
400 ml de té fuerte (hecho con 2 o 3 bolsitas)
200 g de harina blanca
200 g de harina integral
10 g (2 cucharaditas) de impulsor
1 huevo
90 g de azúcar moreno
1 cucharadita de especias molidas (jengibre, canela, nuez moscada y clavo)
2 cucharadas colmadas de mermelada (naranja, albaricoque ...)
1 pizca de sal

Para la cubierta de azúcar (opcional):
50 g de azúcar blanco
unas gotas de agua


El té que he usado yo es Earl Grey, pero podéis utilizar cualquiera que os guste y probar combinaciones con distintas frutas, obviando las especias para poder notar más el sabor del té.

La fruta: usad la que más rabia os dé o tengáis más a mano, incluso sólo con pasas (¡sin pepitas!) estaría bueno. También se pueden incluir nueces o avellanas.

PREPARACIÓN: 

El día anterior deberemos prepara el té y dejarlo infusionar 5 minutos, para que esté fuerte y concentrado. En él meteremos toda la fruta y tapándolo bien, dejaremos macerar la mezcla toda la noche o un día entero. 

Cuando llegue el momento de mancharse las manos, precalentamos el horno a 180 grados y engrasamos y enharinamos un molde alargado. Echamos las harinas en un recipiente grande y agregamos la sal, el azúcar moreno, el impulsor y las especias, batiendo después para eliminar grumos.

A los ingredientes secos añadimos un huevo batido junto con el líquido resultante de colar la fruta y la mermelada. Dependiendo de la harina que hayamos elegido y de la capacidad de absorción que tenga, si vemos que queda muy espeso y es difícil de mezclar, añadimos un chorrito de leche.

Al final se echan las frutas y se mezcla todo con un cucharón para incorporarlas bien al resto de la masa, que se reparte en el molde.


Se puede dejar así simplemente, o bañarlo con un poco de miel para que tenga brillo, o elegir una costra crujiente de azúcar caramelizada.

Para no variar, yo elegí la última opción y mojé con muy poca agua varias cucharadas de azúcar, humedecí bien mezclándolo con una cuchara y lo repartí a modo de miguitas sobre la parte superior. Si sois más profesionales podéis usar azúcar perlado o en cristales.


Directamente al horno con él, a 180 grados durante unos 60 minutos. Cuando lleve tres cuartos de hora podéis abrir la puerta del horno y ver si está tostado por arriba, en ese caso, es mejor taparlo con papel albal para que no se queme.

En todo caso, dejadlo hasta que un palillo (esto del palillo es una chorrada ampliamente aceptada, es mejor con una palo de brocheta que es más largo y pincha más dentro) salga limpio pero no seco del todo.

Cuando esté listo, lo sacamos, dejamos reposar unos 5 minutos dentro del molde y luego lo sacamos para enfriar sobre una rejilla.

¡Chimpún!


Como hemos sido tan buenos y no hemos usado nada de grasa para hacer el bara brith, nos podemos permitir desayunarlo con un poco de mantequilla untada por encima ...

La mantequilla NUNCA está de más.


Para saber más:

- Regional food: bara brith, Countryfile magazine
- Versión con levadura fresca y manteca, Baking for Britain
- Versión con masa madre, Madrid tiene miga


PD para los más anglófilos: os aviso de que la próxima semana empieza a emitirse Downton Abbey en España. Con suerte, tendremos aquí una receta de Mrs. Patmore para cebaros mientras veis el capítulo.

El bollo de mantequilla debería tener rango de patrimonio universal de la humanidad. Acompañado por un buen café con leche (con espuma), es el mejor reconstituyente para los días fríos de lluvia. Sencillo, humilde, con un sabor a nada en particular pero a estar a gustito en general.

Los bilbainos exiliados más allá del Nervión lo entenderán. No hay nada mejor que sentarte un día cualquiera a media mañana en una degustación (cafetería endógena de Bilbao), tomarte un café con un bollo de mantequilla, el periódico sobre la mesa, y mirar alrededor, la gente que pasa y la lluvia a través del cristal. La paz mundial. 

Por razones que escapan al entendimiento humano, esta sana costumbre no se ha exportado al mundo entero y los benditos bollos no existen allende las fronteras vizcaínas. 

¿Quién inventó el bollo de mantequilla? No fue un invento sino una adaptación, y hoy veremos una receta fiable y canónica, como-dios-manda. El bollo primigenio del recetario de El Amparo.


Para llegar a los orígenes del bollo, hay que remontarse al siglo XIX, a los cafés de puro y tertulia y viajar a un pequeño pueblo de Suiza llamado Poschiavo.

Poschiavo, en el cantón helvético de los Grisones, es un lugar precioso e idílico, pero hace 200 años sus habitantes no vivían del turismo sino de la leche de cabra. No era un gran negocio, así que emigraron en masa hacia otros países llevándose sus lácteos secretos con ellos.

Muchos de ellos se establecieron como chocolateros, hosteleros y reposteros en ciudades como Palermo, Génova, París y San Petersburgo. 

No sabemos qué les trajo a Bilbao, pero parece ser que hacia 1813 llegaron dos primos, Bernardo Pedro Franconi y Francesco Matossi, a pie desde Poschiavo y con una cabra como equipaje. Abrieron una pastelería en la calle Correo nº 2 y alrededor de 1830 la conectaron con un café que había en la parte de atrás del edificio, abierto a la Plaza Nueva.



"El Suizo –café, restaurante y pastelería– fue un local muy moderno para su tiempo según la ‘marquesa de Parabere’; abrió sus puertas en Bilbao inspirándose en un establecimiento que habían conocido en Venecia y Milán. Café de mesas de mármol, entre sus especialidades culinarias estaban: los pasteles de arroz con leche, los pasteles suizos, los rellenos de carne picada, los rusos, los petinettes y los triángulos al ron, según el testimonio de José de Orueta. La carta se complementaba con especialidades provenientes de la cocina internacional: vol au vent y beefsteak. Antonio Fernández Casado "Guía histórica de fondas, posadas, hoteles, restaurantes, tabernas y chacolís de Bilbao"

El éxito del Café Suizo fue tal que abrieron un segundo establecimiento en el Arenal, bajos del Hotel de Inglaterra (lo que es hoy el Boulevard) en torno a 1871, y montaron todo un emporio con una cincuentena de franquicias más bajo la marca ‘Matossi & Franconi y Cía’ en ciudades como Burgos, Pamplona, Santander o Madrid. Casi todos los empleados de los cafés eran oriundos de Poschiavo y se especializaron en café, pastelería fina, helados y licores.

Allí se reunía la flor y nata de la sociedad, para tomar la merienda, jugar al mus y debatir sobre política. Y allí empezaron a hacer bollos de leche, más tarde conocidos como "del suizo" o "suizos", que rellenados de crema de mantequilla, se convirtieron en EL bollo por antonomasia.

Muchos otros locales regentados por suizos, italianos y franceses se abrieron en Bilbao por aquella época: Pozzi, Delmas, Labadie ... y todos hacían bollos suizos rellenos de mantequilla, receta que fue adoptada con pasión por los clientes y la competencia. 

En su libro de 1930, las hermanas Azcaray nos dan una idea de cómo podía ser aquel bollo primigenio.


Bollos de mantequilla de El Amparo

Dificultad, así de primeras: interpretar cuánta harina es "la suficiente", a la buena de Dios  Probables complicaciones: ir al propio albedrío  Sabor: a casa, a lluvia y gustirrinín Receta de inspiración: bollos (pág. 207) y crema de mantequilla (pág. 187) del libro de El Amparo.

INGREDIENTES (para unos 15 bollos de 50 g)

100 g de azúcar
100 g de mantequilla en pomada
125 ml de leche a temperatura ambiente
12 g de levadura fresca
3 huevos
500-600 g de harina de fuerza
1 yema
azúcar


Éstas son las cantidades para hacer la mitad de la receta del libro, que viene así: 
"doscientos gramos de azúcar, doscientos gramos de mantequilla, medio cuartillo de leche, veinticinco gramos de levadura de cerveza y siete huevos enteros"
Como veremos ahora, las recetas de El Amparo, aparte de no venir siempre según el sistema métrico decimal, asumían que el lector sabía muchas cosas o tenía más experiencia en la cocina de la que ahora es habitual. Dan por supuestos y requetesabidos algunos procesos que pueden llevar a confusión y/o desesperación.

En este caso, su modo de trabajar una masa fermentada es distinto (contrario incluso, a lo loco) a como se hace normalmente, pero por eso es una receta jurásica. Y la verdad es que salen bien, sin complicaciones de prefermentos ni amasado ni nada.

PREPARACIÓN: 
"[...] se mezcla todo bien y después se le echa harina de hojaldre la que admita la masa, hasta que resulte una pasta bien fuerte, que no agarre la mano. Se pone en la estufa doce horas. Puede ponerse la masa en un perol bien cubierto, cerca de la chapa, al temple, sin frío ni calor. Al día siguiente se coge en bolas, como mandarinas, se les da forma alargando un poco hacia las puntas y aplastando por el centro, y se meten en el horno flojo para que esponjen. Una vez subidos se sacan, y con una tijera untada de glas se les da una cortada a lo largo por el centro, se les unta con huevo batido o yema con un poco de agua, con la brocha, y se vuelven a meter en horno más fuerte a que se doren con forma ovalada. Se castiga un poco la masa dándole unos golpes contra la mesa"

Traducido a términos prácticos, y tal como yo lo hice intentando no separarme de sus instrucciones:

Se mezcla la mantequilla con el azúcar, y se desmenuza la levadura en un poco de leche hasta que se disuelva. Luego se junta todo: los huevos batidos, el azúcar con mantequilla, la levadura desleída y el resto de la leche. La mantequilla sería más fácil de poner al final, con la harina ya incorporada, pero si lo dicen ellas, pues nada.

Se echa harina de fuerza "la que admita la masa". Admitamos que esto es difícil de calcular, porque si echas tanta como para que no se te pegue a las manos, va a quedar un mazacote fino, así que empecemos a echar en torno a 500 g y si veis que tenéis un pegote inmundo, algo más pero siempre poco a poco.

¿Y amasar? nada de nada, contraviniendo las más estrictas reglas de la decencia, se pasaban el amasado por el forro del mandil. Tan sólo mezclar bien con un cucharón o con las manos, hasta que quede algo así:


Echamos la masa en un bol espolvoreado de harina y la cubrimos. 

Lo de las "doce horas cerca de la chapa" lo obviamos y la dejamos a temperatura ambiente. Como la levadura de ahora es distinta a la que usaban en aquellos tiempos, en 3 - 4 horas ya habrá doblado su tamaño (o menos, o más, dependiendo del calor que tengáis en casa). SI algún valiente la deja doce horas enteras, que nos lo cuente.

Por si acaso, amasé un poco la masa esponjosa resultante hasta conseguir que fuese uniforme, y después separé trozos de unos 50 gramos. Si no tenemos la báscula cerca, nos hacemos a la idea de mandarinas pequeñas.


Estas piezas se bolean (con vuestra técnica propia o siguiendo el ejemplo de Dan Lepard en este vídeo) sobre la palma de una mano y moviendo cada bola sobre su base con la otra mano enharinada, de manera que el efecto agarre-mano cree tensión en la masa y nos quede una bolita lisa.

Cada una de ellas se forma alargándola para conseguir un bollo alargado con aspecto de croqueta (de nuevo, ved el vídeo de Dan Lepard y The Loaf enlazado arriba, que aunque esté en inglés, se ve perfectamente cómo lo hace), y se dejan que vuelvan a levar una 1 hora aproximadamente. 

Si queréis un bollo suizo canónico, hay que darle un corte longitudinal en la parte superior, sin penetrar demasiado, con una cuchilla o tijeras untadas en azúcar glas. Los bollos de mantequilla, que para algo son de Bilbao, hacen lo que quieren y no suelen llevar este corte, así que los míos no lo tienen.


Cuando hayan doblado su tamaño, se pincelan con la yema batida + una pizca de agua, y se espolvorea azúcar por encima. 

Se precalienta el horno a 180 grados y se cuecen unos 10-12 minutos, hasta que se hayan dorado. No demasiado, que a mí me quedaron algunos oscuros porque se me fue el santo al cielo.


Crema de mantequilla

INGREDIENTES para la crema de mantequilla

200 g de mantequilla en pomada
3 yemas
200 g de azúcar
100 ml de agua

"Con un cuartillo de agua y media libra de cortadillo, se hace almíbar de hebra floja. Se saca del fuego, se mezcla con cuatro yemas de huevo y se vuelve al fuego hasta que engorde un poco, meneándolo con cuchara de palo; se saca y después de enfriado, se le incorpora media libra de mantequilla en pomada (templada al fuego sin derretir y trabajada), batiendo todo en el cazo con alambrera, hasta unirlo bien todo"
La crema de mantequilla, que no buttercream (uséase, mantequilla y glas a cascoporro) se suele hacer a veces con claras y almíbar. Ésta es diferente y también la mejor que he probado, aunque las instrucciones y cantidades se las traen. Hice mi propia versión con mucho menos líquido para que quedara más consistente.

PREPARACIÓN: 
Tal cual, preparamos un almíbar con el agua y el azúcar hasta que esté en punto de hebra floja. ¿Cómo saber cuándo está listo? cuando, sin que haya cogido color ni apenas hervor, metemos el dedo índice, y al juntarlo con el pulgar y después separarlo, se forma un hilillo que se rompe al alejar los dedos entre sí.

Se separa el almíbar del fuego, y se echan dentro las yemas de huevo ya batidas. Esto es peliagudo porque si no empezamos a batir enseguida, el huevo se cuajará y nos quedará una especie de tortilla azucarada. De modo que batir, batir, batir, a fuego bajo hasta que el líquido engorde un poco, como una especie de natilla floja.


Dejamos que se enfríe completamente y añadimos la mantequilla en pomada, poco a poco batiendo con varillas hasta que obtengamos una crema espesa en la que la batidora deje surcos.

Si preparamos la crema de mantequilla mientras hacemos los bollos, podéis dejarla fuera de la nevera, pero si vais a usarla más tarde, mejor guardarla en frío. Se solidificará ligeramente, así que si queréis que vuelva a ser blanda y cremosa, esperad a que se temple de nuevo y batidla otra vez.

Otra manera más fácil de hacer la crema es echar el almíbar sobre las yemas batiendo a la vez, como si fuera mahonesa, y cuando esté fría la mezcla agregar la mantequilla. Así no habrá peligro de que se cuaje el huevo.


Tan sólo hay que cortar a la mitad los bollos cuando estén fríos, rellenar con bien de crema y suspirar. Ya lo del café con leche y la lluvia lo dejo a vuestra elección.


PARA SABER MÁS:
- Un cuartillo son 0,512 litros y una libra 460,0093 gramos.
- Vídeo de Dan Lepard en The Loaf haciendo bollos de mantequilla, y su receta en inglés.

- Los cafés suizos de Bilbao, César Estornes
- Pastelerías y confiterías en Bilbao, 1877 - 2008
- Bollo de mantequilla, Sukaleku, Instituto de Gastronomía Vasca.




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