Mientras decidía ayer el resultado del concurso de Julia Child me di cuenta de dos cosas. La primera, que los concursos/sorteos/bingos que requieren un poco de esfuerzo son lo mejor. La segunda, que a las abuelas les gustan mucho los huevos rellenos.

24 recetas me han llegado esta semana: unas escuetas, otras larguísimas; unas con esas cantidades a ojo de buen cubero típicas de las indicaciones maternales y otras con instrucciones milimétricamente detalladas fruto de la experiencia prueba-error.

Todas me han hecho sonreír y pensar en que la comida, sus preámbulos (el proceso de guisoteo) y sus epílogos (la etapa de sobremesa) son parte indispensable de lo que nos hace ser de una familia, de un pueblo o un grupo de amigos. Comer es más que masticar y digerir, y cocinar, mucho más que mezclar varios ingredientes. Dicen por ahí que es cultura, arte, ciencia, bla blá. Bobadas.

Cocinar es amor, aunque suene muy cursi. Y no tiene nada que ver con que sea muy elaborado, ni difícil o exquisito. Lo que importa es el recuerdo que nos deja, la asociación mental de gustirrinín que hacemos cuando volvemos a oler un plato. Por eso me habéis mandado recetas tan sencillas y fantásticas como tortilla francesa, sopa de ajo, pisto o una tostada de pan con azúcar. 

[...] La receta, me temo, no podrás hacerla. Ya no se hace pan como aquel, ya no hay una cocina como la de mi madre, que al atardecer parecía de plata de como la había pulido. Aún así, mis hijas dicen que cuando les hago la tostada de esta manera está más deliciosa que las otras. Por algo será.    Isabel Pérez 



Todos los mensajes que me han llegado estaban llenos de historias de amor, de tradiciones conservadas para hacernos sentir parte de algo. Con algunos confieso que se me ha caído un poco el moco.

[...] Mi madre la hace desde hace muchos años, y cada año por mi cumpleaños cuando me pregunta que quiero que me haga para comer (tradición familiar, en la celebración del cumple de cada uno mi madre cocina lo que el cumpleañero pide) yo siempre le respondo "pollastre amb escamarlans", pollo con cigalas.   Erola Pairo
[...] Mi madre cuenta que cuando era pequeña fue a una tienda a recoger un encargo que había hecho su madre y preguntó por el paquete de la señora de Ory. Otra clienta, al oír ese apellido -que por Madrid no es nada habitual-, le dijo "Ay, yo estuve en tu casa merendando hará unos 10 ó 12 años y aún me acuerdo de las galletas que me pusieron".   Elena Giménez
[...] Esta es de esas recetas que siempre están buenas y siempre tienen el mismo sabor, que no sabes si tomarte el caldito con la cuchara, mojar el pan recién traído de la panadería o machucar las patatas y comerlo en plan “to’ mezclao” a modo de basto superpuré… me acuerdo del sabor y me cae la babilla encima del teclado…   Montse Romano
[...] siempre en casa nos contaba muchas historia de su niñez cuando toda la familia vivía en los montes de Archanda y se dejaban caer de culo por los montes con las amigas mientras se dejaban las bragas en "tan arriesgadas" aventuras después de deslizarse. Con la guerra un obús les cayó de lleno en el caserío y tuvieron que apañarse como pudieron.   Susana García
[...] una receta familiar que mi madre con mucho cariño y esfuerzo (secuelas de un infarto cerebral) me copio del recetario de mi abuela, que apareció cuando estábamos ordenando su casa después de su muerte.   Gloria González
[...] Con el pretexto de poner las recetas con letra grande, mi abuela me fue dictando todas y cada una de ellas mientras yo las mecanografiaba. Y después empezó el trabajo secreto. Entre unos cuantos familares compinchados, maquetamos un librito de recetas y yo misma me encargué de hacer las fotos de todos los cacharros viejos, tazas, manteles, cristalería, etc, etc, etc... que encontré en la casa del pueblo. Con todo eso preparamos una mini-edición privada con muchas anécdotas y detalles de la vida de mi abuela, mi madre y mis tías. Una de esos detalles más relacionados con mi abuela es que las recetas que ella más preparaba o que más le pedíamos estaban marcadas con un "sello" especial, que diseñamos por ordenador, como si llevara la marca de "abuela approves".   Miriam Leyva
[...] Siempre recordaré las comidas de los inviernos de Salamanca, gélidos, en los que llegaba a casa de mi abuela después de dar guerra en el colegio con un hambre atroz y olía a panceta ya desde el rellano…Entonces sabía que había patatas meneás en casa y llamaba al timbre cual posesa. Ahora me he independizado y vivo en Madrid donde las hago en mi casa pero nunca saben como cuando ella las hacía.   Alicia Martín 
[...] Cuando en la reuniones la singular familia delhoyo nos juntamos nuestro reto es tratar de llevar el guiso, receta, producto más picante a la concurrencia. Cualquiera diría que en lugar de genes vasco-maquetos- venezolanos por nuestra venas corre la sangre de Tabasco (o ya puestos de Jalisco).   Dicky del Hoyo 
[...] Él pensaba pedir una pizza, o algo así, y yo me dije: “Coñe, mi padre es un fuera de serie que no deja a mi madre ni un minuto sola en el hospital y, si viene a casa, tiene que tener una recompensa”. Así que me puse a hacerle su comida favorita, en un ataque de inconsciencia, porque no había cocinado nada más allá de unos huevos o una pasta. 16 años, con supermadre en casa, no me había visto nunca en tal necesidad. Pero ahí fui, con esa ilusión de hacerle un regalo a papá.   Cristina Yudego 
[...] Servimos salomónicamente repartiendo verdura, pasta, pollo y un huevo para cada persona y nos morimos de felicidad y amor familiar.   Esther Ferrer 
[...] El origen familiar de este postre está en Papate (Alejandro Maristany Guasch) quien de joven, en los alrededores de 1900 [...] en Liverpool dos años, hasta que regresó a Barcelona con un total dominio del inglés y una asimilación total de las costumbres inglesas. Volvió adorando el Plum Pudding, el cordero asado con salsa de menta, el corte de traje inglés, la mítica (por irreal) puntualidad inglesa que intentaba sin éxito implantar en su casa como fuese, y este postre. 

Casado con Mamata, ella pasaba por el Plum Pudding, intentaba liberarse de la puntualidad inglesa -que consideraba totalmente falta de lógica, interés, y bondad, aunque aceptó hacer las comidas a toque de campana de reloj-, estaba completamente de acuerdo que el estilo de vestir inglés le iba estupendamente a su Alejandro, pero no podía aceptar el Bread and Butter Pudding, por insípido y falto de gracia. Así que poco a poco, de forma sutil y decidida, decidió españolizarlo [...] Con todos estos cambios, el postre se volvió irreconocible para los ingleses, pero de excelente sabor para los hispanos. A pesar de la desnaturalización de su postre preferido, Papate estuvo de acuerdo que la renovación lo había mejorado sensiblemente, pero se resistió hasta la muerte a que le hispanizasen  los horarios.   Eugenia Monche 
[...] Lo que mi padre no sabía era que una de las últimas veces que fui a ver a mi abuela preparamos los huevos y se me quedó cómo hacerlos (no tienen mucho intríngulis). Cuando se lo dije me miró y se le iluminó la cara. Sonrió por primera vez en muchos días. Y es que las recetas de las abuelas tienen esa magia. Hay muchas maneras de dejar un legado, y la cocina es una de ellas. Las recetas de las abuelas hacen que sonrías y que las sientas más cerca.   Erika Ceballos 
[...] Cuando llegaban las Navidades, entonces como ahora, las familias siempre estiraban un poco el bolsillo para preparar un menú un poco más elaborado, y uno de los hermanos de mi abuela preparaba siempre la receta de la ensaladilla rusa que, según él, se hacía en las cocinas del Iruña (hablamos de finales de los años 40, principios de los 50).   Carlos Imaz
[...] Mis tíos conservaron la casa de San Carlos (hecha por mi abuelo, no lo había mencionado) de paredes anchas y blancas, techo rojo y pequeñas  ventanitas rectangulares que daban a la calle, varios  años después de la muerte de mi abuela. Y hace unos 15 años pasé por última vez.  El jardín no estaba abandonado, ni la parra, ni la higuera, solo faltaban las madreselvas, en su lugar un frío muro de cemento.Total que me quedé  una noche y revisé todo. No dejé rincón ni cajón por revolver. [...] Y encontré un recetario!! viejísimo, de las cocinas argentinas Volcán. Aquellas a querosén, con  una manivela con la que se metía presión. Los restos olvidados y húmedos de un recetario (de pobre requetepobre) lleno de secretos. El del verdadero fainá, por ejemplo. Y la carbonada de la abuela.   Laura Puchet


Sí, muy bien, ¿pero quién ha ganado? Pues fue muy difícil de elegir, porque había muchas recetas que me encantaban y que quería hacer y ... Ya, pero que quién ha ganado. La cuestión es que tiene su intríngulis porque la receta que me mandó era ... Coño ya. Habla.

Está bien. La ganadora es María Iriondo, que me envió una fórmula magnífica para hacer una langosta a la parisién que no podré cocinar. Básicamente, porque no me llega para comprar langosta. Y a vosotros tampoco, así que mejor que no os ponga los dientes largos. 

Vale, pero entonces ¿por qué ha ganado una receta que no voy a hacer? Pues porque ella eligió la langosta por ser una especialidad del restaurante que regentaba su bisabuela, otra María. Pero aparte me mandó esta maravilla, con muchas otras recetas donde elegir y una historia genial:


"Mi bisabuela Maria Osa trabajó en París, en la casa de los Abaroa. Era 1909, y se fue allí a trabajar. 
De su aventura, sólo quedan pinceladas que dibujan lo que fue una historia de emigración en toda regla, y un testimonio espectacular: un diario de recetas, que escribía todas las noches, con mucho primor al principio, y más cansancio hacia el final. 
Está escrito de una forma sencilla y sin florituras. Lo mejor es ver como una buena intención, muere por cansancio: falta una fecha de finalización del recetario, y la caligrafía, es bastante más impaciente y torpe en los últimos platos escritos... (me la imagino muerta de sueño diciendo, “ a ver, venga, que me duermo, resumiendo, se hace así,así, asi.... y fin” maldiciendo la tarea que se puso a sí misma). Pero así y todo, es un auténtico tesoro culinario. Mi bisabuela, de Mutriku, escribe como habla, sin ces, todo eses, y cada vez hay más palabras francesas, como las zanahorias, que desde el principio, son carrots. 
Después de casarse, (aquí hay un vacío en tiempo e historias), fundó Buenos Aires, su pensión-restaurante en Mutriku, en el que, según se repite en todas las historias familiares, había dos platos estrella: los chipirones y la langosta. 
Respecto a los chipirones, una de las historias más populares empieza con un cliente francés. Entró al restaurante y preguntó qué había para comer: “-Chipirones.”, le contestó la camarera, de Mutriku de toda la vida. –“¿Qué es eso?” Y le sacaban un plato negro. Ante la cara de estupor y asco del cliente, la camarera, le insistía en que probara. “-No, no, no.... Bueno, sólo para probar un poquito”. Y probaba: “mm, hmmm, hmmmmmm.... Trae un poquito más, por favor!” Ante lo cual, la camarera, vasca y satisfecha, les espetaba la frase más famosa de mi familia: “¿Qué no gustaro, que no gustaro? ¡Si gustaro come a mi!” 
Es una pena, pero no hay receta de chipirones, en ese recetario. Lo que sí hay, es una receta de Langosta. Y ese era el segundo plato rey de la casa. Todo el mundo lo recuerda, la abuela Maria, con su delantal blanco, moño bajo, y una gran cazuela MUY ALTA cociendo langostas. 
No he tenido el placer de comer una en mucho tiempo, pero creo, que por respeto y en homenaje a mi bisabuela, debo enviarte esta receta por muchas razones. Es viejuna y real. Y es el símbolo de una época, que fue preciosa, como todas las pasadas, y que se merece un sitio en tu blog."


“Langosta a la Parisien
Sepone cuatro litros de agua laurel tomillo perejil un decilitro de vinagre pimienta en grano cuando en piece a erbir poner la langosta y queste irbiendo durante 25 minutos luego se saca y cuando esta tenplao sacar y poner a lo largo la cola y poner el peso luego quitar todas las patas menos las dos ultimas y las dos primeras luego se abre de largo y quitar la carne con cuydao luego sepone de bajo de la cabeza pan se hace un poco engrudo con la clara y arina se pone toda la carne en sima cortao en redondo luego se hase la mayonesa y sepone la ensalada rusa mesclao con mayonesa sepone ala buelta y la mayonesa en la salsera.“


éste es el aspecto que tendría la langosta a la parisién en el restaurante de María Osa. 100% viejuno, anda que no


Sólo por tener ese cuaderno y atesorarlo, María la bisnieta se merece un monumento. El premio ya se lo va a llevar, y espero que "El arte de la cocina francesa" le ayude a probar los mismos platos que aprendió a guisar su bisabuela en París, igual que Julia Child. En el recetario vienen otras muchas recetas que sí podré enseñaros, como caramelos de chocolate, liebre y perdiz guisada, postres, sopas ... Ojalá que sirvan como homenaje a María Osa y a todas las abuelas que han dejado sus recetas escritas con su lenguaje particular (mezcla de dialectos, ternura y a veces el no haber podido ir mucho a la escuela).

Aunque no hayan ganado, porque no tenía libros para todos, haré un montón de los platos que me habéis enviado, como el guiso de trigo, las manitas de cerdo en salsa, el pollo con cigalas, los (numerosos, muchos, soy fan) huevos rellenos, la ensaladilla rusa con historia del Café Iruña, las galletas rellenas de almendra, la empanada de atún, las patatas meneás, el Pfitzauf, la carbonada criolla, la tarta de zanahoria cocida ...

Gracias a todos los que han participado y me han dejado ver un poquito de sus vidas a través de su cocina. No os imagináis lo emocionante que ha sido ir leyendo todos esos recuerdos, llenos de cariño y de mucho más placer del que se pueda conseguir en ningún restaurante de postín. 

"[...] cuando David de Jorge dijo el otro día que su infancia olía a lejía,me vino el olor de la mía y era a esta empanada."   Patricia Muruaga

La mía huele a café.



PD. Si a alguien le sobra una langosta por ahí, me la puede mandar.
Bufburguiñón, burffburgronff.

Así se pronuncia y así se degusta, con la boca llena a más no poder. Porque hay platos que son para disfrutar poco a poco, paladeando en plan fino, y otros que están hechos para disfrutar como cerdos en el barro. Empujando con el pan, trasegando copas de vino y untando hasta que no quede ni rastro de salsa.

El éxito de una receta se puede medir por el silencio que reina en la mesa. Ni "qué tal te ha ido por la mañana" ni "menudo frío que hace". Sólo se oye el ruido del tenedor contra el plato y el cruscrús del pan, a veces interrumpidos por gronf gronffs y slurps. Si se escucha alguna palabra, suele ser malsonante pero con trasfondo halagador. 

Sólo al final, cuando únicamente queda rebañar, se vuelve a normalizar la respiración. Se aclaran la garganta y sonriendo te dicen "estaba buenísimo" y "la próxima semana otra vez". Que la sonrisa sea con o sin boceras depende de la intensidad del placer, que hace olvidar las normas de urbanidad.


Así que sí, vale la pena pasarte una tarde haciendo el boeuf bourguignon. Sobre todo porque recalentado al día siguiente es como más bueno está, y ya te has olvidado de los sudores que pasaste haciéndolo. Es una receta para valientes y creyentes, esos pedantes de la cocina a los que no les da reparo seguir las instrucciones al pie de la letra, porque tienen fe en el resultado.

Nada menos que tres páginas merece el boeuf bourguignon en el libro de Julia Child, "El arte de la cocina francesa". Y no sobra ni una coma en ellas, todo es esclarecedor, práctico e importante. Desde sus sugerencias en cuanto a la guarnición o vino para acompañar hasta la introducción:
Cuando se elabora con cuidado y se consigue un aroma perfecto, es uno de los platos a base de buey más deliciosos que se hayan creado. 
Para los que abren por primera vez el libro, la estructura de las recetas es rara. Parece complicada pero una vez te has acostumbrado, te das cuenta de que todos los recetarios deberían ser así. Los ingredientes y utensilios están en la parte izquierda, por orden de aparición, y las instrucciones a la derecha. La elaboración se divide en pasos y cada uno de ellos viene explicado a las mil maravillas, con consejos prácticos al principio y sugerencias de presentación o variaciones al final.

Uno de las ventajas de este libro es que viene claramente indicado hasta qué paso se puede elaborar la receta con antelación. Una cosa tan sencilla, tan vital y que nunca aparece en otros recetarios. Precisamente en estos tiempos, en los que muchísima gente prepara la comida el día anterior y la termina o recalienta cuando vuelve de trabajar, debería ser no un extra sino una obligación.

Aparte, Mrs. Julia Child (conocida en mi casa como #layulia) nos regala consejos básicos para aquellos que no hemos nacido sabiéndolo todo: 
Cualquier profesional de la cocina y todo amo de casa deberían aprender tanto como fuera posible sobre la categoría y las piezas del buey, pues quien compra la carne sin estar muy al tanto puede sufrir alguna decepción o realizar un gasto innecesario. Hay que formular preguntas. El carnicero estará más dispuesto a servirnos bien si demostramos interés por la carne que vende.
Verdad verdadera. Porque seamos sinceros, que tire la primera piedra el que sabe distinguir perfectamente entre cadera, aguja, espaldilla, babilla, tapa y contratapa. Casi nadie, ya sea porque no nos han enseñado o porque las bandejas plastificadas del súper lo ponen fácil. No os cortéis, id un día al mercado y con todo el morro, bombardead al carnicero con preguntas. Estará encantado de resolver vuestras dudas y hasta os regalará un manojo de perejil. Dependiendo de la cola/prisa/paciencia puede que a la conversación se vayan uniendo otros clientes y aquello acabe siendo una tertulia, o al revés, como el rosario de la aurora. Pero ir al mercado siempre es divertido y muy instructivo.

Para los que hayáis visto la película Julie & Julia, el boeuf bourguignon tendrá un aura de misterio y desafío. No es para tanto, a mí no se me quemó. Pero sí es verdad que es una receta ideal para las supersticiones autoinventadas, del tipo de "si ando todo el camino sin pisar una raya aprobaré el examen". Si el boeuf bourguignon os sale bien, el mundo será mejor, más bonito y seréis capaces de todo. 



Boeuf bourguignon (estofado de buey al vino tinto)

Dificultad, así de primeras: para espíritus tranquilos y pacientes Probables complicaciones: posible agobio por tener que hacer varias recetas en una; leed, procesad y luego empezad  Sabor: a estofado contundente, maravilla calentadora de estómagos  Receta de inspiración: sin cambiar una coma, boeuf bourguignon de "El arte de la cocina francesa", Julia Child. Editorial Debate, pág. 392. 

  INGREDIENTES  para 4 personas

750 g de carne de buey para estofar, cortada en dados de unos 5 cm
175 g de panceta fresca o ahumada (NO adobada)
1 zanahoria grande
1 cebolla
3 vasos de vino tinto
3 vasos de caldo de carne
2 dientes de ajo majados
1/2 cucharadita de tomillo
1 hoja de laurel
20 chalotas
500 g de champiñones

aceite de oliva, mantequilla, sal, pimienta, harina

IMPRESCINDIBLE: una cazuela de hierro fundido o porcelana con tapa, apta para horno


¿El tipo de carne? Pues mejor de buey y si no, de vaca, porque la ternera es mucho más tierna y no valdría a no ser que se cambiaran los tiempos. La Child recomienda usar trozos de cadera, aguja, espaldilla, babilla, tapa o cuarto trasero. Cuanto mejor sea la carne mejor será el resultado, pero vamos, que no sale nada caro. Os lo digo yo. Eso sí, si los trozos os los corta el carnicero, decidle que sean grandes, porque a mí me los dio demasiado pequeños.

Por propia experiencia, es mejor hacer la receta el día antes: se mezclan mejor los sabores y además no os agobiaréis. Si sois osados y vuestro nombre es Peligro, podéis hacerlo todo seguido como el pasodoble y comerlo en cuanto esté listo. Para acompañar, una copita de tinto, un buen pan para untar y patatas cocidas o arroz.

Por cierto, ya se me olvidaba: el boeuf bourguignon es una receta típica de Borgoña, de ahí el nombre y el que se haga típicamente con vino tinto borgoñés.

PREPARACIÓN: 
Bien, lo primero es súper fácil. Se quita la corteza de la panceta, sin tirarla, y se corta el resto en lardons o bastones de unos 4 x 0,5 cm. O a ojo, que lo mismo da. Se calienta un cazo con agua hasta que hierva y se echan la corteza y la panceta cortada, dejando que se escalden durante 10 minutos.

¿Y esto por qué? ¿Qué sentido tiene? Porque los pedantes en la cocina seguimos las instrucciones a rajatabla, pero también tenemos que saber el porqué... Mrs. Child dice que es porque la panceta francesa es fresca y no ahumada, así que si compramos de la segunda hay que hervirla pero no para ablandarla, si no para quitarle el sabor. Chimpún. 


Cuando esté lista, se escurre y se seca con un papel de cocina. De paso, precalentamos el horno a 230 grados.

Cogemos la cazuela que vayamos a usar, echamos una cucharada de aceite de oliva y salteamos ahí la panceta a fuego medio hasta que se dore un poco. Sacadla y reservadla, que la usaremos dentro de un momento.

Se vuelve a calentar el aceite hasta que humee y se echan los trozos de buey secados previamente con un papel. Se tiene que dorar por todos lados, así que igual hay que hacerlo por tandas si la olla no es muy grande. Cuando estén todos hechos, se reservan junto con la panceta.


En la misma grasa y cazuela se saltean la zanahoria y la cebolla, cortadas en rodajas. Cuando estén ligeramente doradas, se desecha el aceite si hay demasiado y se ponen encima la carne y la panceta.

Se salpimenta todo y se añaden 2 cucharadas de harina espolvoreadas, removiendo con una cuchara de madera para que se reparta bien y cubra un poco la carne. Abrimos el horno, metemos la cazuela destapada y la dejamos en le parte media durante unos 4 minutos, para que se cree una especie de costra con la harina.

Se saca la cazuela (¡cuidado con las manos!) y se baja la temperatura del horno a 160 grados. Con la olla sobre los fogones, vertemos en ella el vino y el caldo, hasta cubrir la carne, y se agregan los dientes de ajos majados con tomillo, una hoja de laurel desmenuzada y la corteza de la panceta que teníamos por ahí.

Aquí Julia echa también una cucharada de concentrado de tomate, pero yo no tenía así que lo hice sin él y tan contentos. Se calienta el fuego a tope y se lleva todo el contenido de la cazuela al punto de ebullición.


Se tapa la cazuela y con cuidado (porque quema, porque pesa, porque sí) se mete en el horno, dejándola en la parte inferior de éste. En este momento tenéis por lo menos 2 horas para ver una película, sacaros los mocos o limpiar las cortinas. Por precaución, hay que vigilar que el líquido de la olla siga haciendo un blublú moderado dentro de ella, pero aparte de eso podéis relajaros. 

Digamos que el tiempo óptimo de horno está entre 2 horas y media y tres, así que ya a partir de los 140 minutos podéis ir mirando a ver qué tal va, pinchando la carne con un tenedor. Cuando sin esfuerzo podáis coger con él un trozo de carne es que está hecha.

Hasta aquí ha sido fácil pero ahora llega el intríngulis. Porque hay que añadir las cebollas y los champiñones pero no crudos, qué va. Cada uno de ellos lleva su elaboración particular pero ahora que la cocina te huele a gloria bendita, no es plan dejarlo a medias.


Los champiñones se saltean en mantequilla y aceite, y saben estratosféricamente bien. Tan bien que me comí unos pocos antes de echarlos en la cazuela.

Champignons sautés au buerre (o lo que es lo mismo, salteados en mantequilla, pág. 618):
Se limpian los champiñones y se trocean en cuatros o mitades si son pequeños. Se echan unas 3 cucharadas de mantequilla y 2 de aceite de oliva en una sartén y se calienta a fuego fuerte hasta que la mezcla espume. Cuando la espuma va desapareciendo, es que hemos conseguido la temperatura perfecta para echar los champiñones. Se saltean durante unos 5 minutos o hasta que estén dorados y se salpimentan. Slurp.

Las chalotas o cebollas pequeñas deberían ser las oignons glacés á brun (pág. 583):
... Pero la verdad, tenía ganas de terminar y aquello era muy largo. 50 minutos a fuego lento, hierbas aromáticas y yo qué sé cuántas cosas más. Así que pasé olímpicamente de lo que la Julia ordenaba. Simplemente las pelé, las metí al microondas a máxima potencia durante varios minutos, y cuando estaban un poco translúcidas las salteé en la misma sartén donde había hecho los champiñones. Con el juguillo que habían dejado y demás maravillas. En cuanto estuvieron doradas, añadí un poco de caldo que me había sobrado del bourguignon y lo dejé reducir. Todo en 10 minutos, y demasiados fueron, porque se me quedaron tan blandas que casi desaparecieron después.

La señora Child no se enfadaría ni nada ante mi herejía del microondas, porque al final, lo importante es el resultado, apañándose como cada uno pueda.


Bien, pues superados los obstáculos, con una espumadera u otra cosa que tengáis a mano se van sacando los trozos de carne y los tropezones de la cazuela, sí, aquélla que sacamos hace rato del horno. La salsa que quede se puede pasar por el chino o con la batidora, y si queda demasiado espesa debido a los tropezones no rescatados, se agrega un poco de caldo. Julia dice que hay pasarlo todo por el colador para separar el líquido, pero a mí me quedó muy espesa y no colaba. 

La cacerola se limpia y se vuelven a meter dentro la carne, la panceta, las verduras que no se hayan hecho fosfatina en el horno, los champiñones y las cebollitas arriba del todo. 


Por encima se vierte la salsa y ya está. Sí, de veras, ya está terminado. Si lo servís enseguida sólo queda calentarlo todo un par de minutos a fuego lento antes de comerlo. Si no, se deja enfriar del todo, se mete en la nevera en la misma cazuela o en un recipiente tapado y al día siguiente lo calentáis durante diez minutos con la tapa puesta a fuego bajo.

Se sirve así, sin florituras, con un poco de arroz o unas patatas cocidas.


Está de muerte, de desmayo, de pampurrio súbito. Con el gustirrinín añadido de no haber hecho nada más que calentar lo que hiciste ayer.


Recordad que aún quedan dos días para participar en el concurso del libro de Julia. "El arte de la cocina francesa" se lo llevará aquél que me mande su receta familiar o local más chiripitifláutica. 

Por si aún os quedan dudas, podéis ver este vídeo de la incomparable Julia y su voz cazallera haciendo la receta de boeuf bourguignon en el primer capítulo de su programa The French Chef (1963). En inglés y en blanco y negro, pero qué más da, ella es lo más. Es tan genial que hace la receta mucho más sencilla que en el libro, sin panceta, zanahoria ni cebolla. Además, explica perfectamente cómo hacer de forma rápida las cebollas y los champiñones, y enseña a engordar la salsa con un sencillo truco.

Bon appétit!



Ala, que ya me valía de remolonear mareando la perdiz. Empiezo con muchas energías la temporada de talleres y como ahora la Navidad y los turrones en el súper duran de dos a tres meses, vamos a tirar por ahí.

Porque no hay nada mejor para ir de guay que hacer tú tu propio roscón de Reyes. Se acabó lo de que te den el palo en la pastelería cobrándote un potosí por un bollo blandengue y nata a cascoporro. Salvo honrosas excepciones que cuestan un ojo de la cara y un riñón del lomo, el roscón se ha convertido en una piltrafa dulce. 

No sé si habrá otro producto que se coma tan impepinablemente, asociado a cierta fecha. Bueno sí, el cava. Uhm, y las uvas de Nochevieja. Pero ya me entendéis, el roscón copa los lineales del súper y los escaparates de las confiterías durante dos semanas, para dormir el sueño de los justos durante las cincuenta siguientes. Pero en su momento lo peta como nadie, porque no eres nada si no tienes roscón para desayunar el día D, si no sientes el intríngulis de que te toque el haba.

En la temporada alta pues, los umpalumpas sufren de estrés laboral, y unos contados lo hacen bien, y otros muchísimos lo hacen mal. O como pueden, deprisa y con métodos cuestionables (por lo menos en el sabor final) para conseguir tener millones de roscones frescos en un lapso de pocos días. 

Pero no os preocupéis porque eso se acabó. Hacer un roscón de reyes en casa no es nada difícil una vez pillada la técnica de amasado y con unas directrices claras. En internet hay muchísimas buenas recetas, y si no os apañáis y además tenéis la suerte de estar en Bilbao el centro del mundo, yo os puedo enseñar.


Para que nadie se quede sin fardar de roscón casero este año, habrá (de momento) tres talleres en fechas distintas, con mayor y menor antelación respecto a la fecha clave, para que elijáis la que mejor os convenga:

  • sábado 23 de noviembre
  • sábado 28 de diciembre

Todos los cursos serán de 4 horas, de 9 y media de la mañana a una y media del mediodía, y para 10 personas. Os llevaréis una masa preparada por vosotros para hornearla en casa y aparte en clase degustaremos unos roscones recién hechos. El taller incluye ingredientes, material y hamaiketako por 40 euros. Vosotros tan sólo tenéis que llevar ganas de aprender y un bol o tupper grande, para llevaros la masa a casa.

Se impartirá en horarios de mañana (09:30 - 13:30) en Glo&Co. Al lado de la Alhóndiga, c/ Particular de Costa nº 8- 6º izda, Bilbao.

Aquí debajo tenéis los botones para hacer el pago directamente a través de Paypal. Si preferís transferencia, me contestáis a este correo o me mandáis un mail a hola@biscayenne.com diciendo las plazas que queréis reservar y tendréis 5 días para hacer el pago durante los cuales se os guardará el sitio. En caso de no completar las plazas suficientes, se cambiará de fecha o se cancelará el taller (devolviéndoos el dinero) pero ya os avisaría, tranquilos.


Taller sábado 23 de noviembre



Taller sábado 28 de diciembre
  


¡Atentos al resto de talleres navideños que están por venir!


NOTA: tanto hablar y se me olvida contaros que este domingo vuelve "Duelo en la cocina", Ahora sí, se supone que emitirán los capítulos todas las semanas. Si no sabéis de qué porras hablo, no pasa nada, están disponibles online los dos primeros capítulos, Euskadi vs. Francia, y Euskadi vs. Italia. El siguiente es muy especial porque saldrán muchos amigos de los que hablaré detenidamente aquí. 
Que estaba un poco perdida, ya, que hacía mucho que no escribía, ya ya. Pero qué queréis, estoy recuperando el ritmo y mis ciclos vitales.

El otro día, después de hacer pacientemente cola para volver a apuntarme en el Inem (o Sepe, o Infierno, o como quiera que se llame ahora), me enteré de que mi último trabajo ha sido a cuenta del régimen especial de Toreros y Artistas.

La señorita de la ventanilla se quedó picueta al verlo en la pantalla del ordenador (no deben de rondar muchos artistas ni toreros por las calles del barrio) y me miró como sopesando si yo le tenía que sonar de algo o no. Después de que se le petara el programa dos veces y tuviésemos que hacer el papeleo a mano, se decidió a preguntarme en qué porras había trabajado para que el todopoderoso sistema fiscal me tratara de artista. O de torera, aún peor.

"En la tele"
"Ahh ..."

Y todo quedó arreglado. No me preguntó más porque había una cola de padre y muy señor mío, pero se le notaba la curiosidad. Yo me fui un poco mosca por lo del petamiento del ordenador, no fuera a ser que mi prestación acabara en el limbo, y también por lo de toreros y artistas. Porque desde luego, yo no quiero torear, pero tampoco estoy segura de si quiero ser artista.

Yo lo que quiero de mayor es ser como Julia Child. Vivir una vida aventurera, ser medio espía, encontrar un amor que me lleve a París a vivir como una reina, comer mucha mantequilla, aprender a cocinar y vivir de ello. Tengo amor, mantequilla y algo sé cocinar, pero claro, no es lo mismo.

Ella era ocurrente, divertida y maravillosa. Una paisana bigarda que cuando abría la boca subía el pan. Porque nadie como ella ha sentenciado sobre el arte de guisotear, dejando citas para la historia llenas de sentido común y de desprecio por la tontería.


Ella creía, igual que yo, que cocinar debe ser una actividad altamente disfrutable, a la que hay que enfrentarse sin miedo al fracaso y con actitud de #mepongoalmundopormontera. Que se te cae el pollo al suelo, pues lo recoges, nadie te ha visto.

Mrs. Child pensaba que para cocinar bien hay que comer mucho, y que las personas que disfrutan en la mesa suelen ser las mejores. Yo, que soy más sibilina, he descubierto por propia experiencia que no hay que fiarse nunca de alguien a quien no le guste comer.

Entusiasta, inquieta y txirene, Julia Child aprendió a cocinar en París, montó una escuela culinaria, y se hizo famosa y gurú de los amantes de la grasa merced a un libro: "Mastering the art of french cooking" (1961). Escrito al alimón con dos amigas francesas a lo largo de una década, se convirtió en un éxito de ventas pese a sus más de 800 páginas.

Esta biblia de la cuisine ha tardado 52 años en traducirse al español, pero en fin, bien está lo que bien acaba, y desde finales de octubre se puede encontrar en librerías El arte de la cocina francesa. En la fantástica edición de Debate encontraréis 852 páginas llenas de placer y rechupeteo de dedos, un prólogo de David de Jorge y Martín Berasategui, tapas duras, olor a nuevo y hasta dos marcapáginas de lacito, de ésos tan elegantes que uno se empeña en estirar bien para que no se arruguen.

En una semana con el libro en casa, ya hecho varias recetas que me han llevado al éxtasis glotón, una de ellas el famoso boeuf bourguignon (que parece dificilísimo pero no lo es tanto, os pondré la receta dentro de poco aquí).


Entre tanto, me he encontrado con que tengo dos ejemplares del libro: uno que me compré yo con los ahorrillos de la farándula (cuesta casi 37 eurazos), y otro que amablemente me enviaron desde la editorial. Como ya no podía devolver el primero, ya veis, me veo en la terrible tesitura de que me ayudéis a desprenderme de él.

Así que siguiendo la estela de mis anteriores sorteos chiripitifláuticos, os doy la oportunidad de conseguir este libraco a cambio de algo. Porque no va a ser tan fácil como darle a un simple me gusta, ni dejar un comentario ni nada que conlleve cero esfuerzo, qué os creéis vosotros.

Habrá que trabajárselo un poco, porque la recompensa lo vale. Se trata de que me mandéis una receta con intrahistoria.



Condiciones de este sorteo de lujo para pobres:

  • Desde hoy miércoles 6 de noviembre hasta el domingo 17 a las 23:59 tenéis tiempo para enviarme por email, por feisbu, tuiter, comentario aquí mismo o paloma mensajera una receta familiar, local o viejuna.
  • La receta deberá tener una historia: la que hacía vuestra abuela, la que se hace por las fiestas de vuestro pueblo, lo que sea. Mejor cuanto más desconocida y rara, con ese sabor añejo de las cocinas de pobre carbón. Algo que hubiese seducido a Mrs. Child y a su espíritu glotón.
  • El remitente de la receta que más me guste ganará el libro de "El arte de la cocina francesa", que será enviado a su casa a no mucho tardar. Su fórmula maestra será testada por mí y publicada aquí en el blog con todo lujo de detalles. (No hace falta mandar foto pero sí que la receta sea inédita, osá, que no la hayáis publicado ni sacado de ningún blog)
  • El ganador será anunciado aquí entre el 18 y el 19 de noviembre.
  • Por causas de crisis económica global la dirección a la que se mande el libro deberá ser dentro de España.
  • Chimpún.


En próximas entregas seguiré hablando de Julia Child y os enseñaré varias de sus recetas. Porque era musa y yo de mayor quiero ser como ella. De mientras, id buscando el recetario manuscrito de la abuela que tenéis guardado en el cajón.

Si no os podéis aguantar y no confiáis en los hados del destino, podéis comprar ya "El arte de la cocina francesa" en cualquier librería o en el enlace que tengo puesto en la columna derecha. Desde hace unos días, este blog está afiliado a Amazon y recomienda buenos libros, así que cualquier cosa que compréis en su web entrando desde esos links contribuye a que compre más mantequilla sin que suponga ningún gasto extra para vosotros. Que la cosa está muy malita, chatos.




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