De las comilonas y cuchipandas navideñas, seguramente Nochevieja sea la más viejuna. Y no sólo por su nombre, que lleva el viejunismo intrínseco, pobre. Nochebuena y Navidad son fiestas más entrañables y sensibleras, mientras que Nochevieja es el paraíso de la horteridad. Con su ropa interior roja, sus uvas peladas-despepitadas y vestidos de lentejuelas por doquier, es la noche del brilli brilli por antonomasia. Y la de las cogorzas malas.

Puede que se te ocurra salir de fiesta y te pases la madrugada en un bar atestado de lentejueleros bailando Raffaella Carra. En ese caso es tan difícil acercarte a la barra para pedir, que te conformas con lo primero que te ofrecen y acabas derrotado a cosas raras como vodkatonics o ponche con cola. La otra opción es quedarte en casa con tu familia mientras ellos ven la sempiterna gala de Nocheviejuna, tu cuñado cuñadea y tú intentas evadirte a base de alcohol.

Es pues una tarea básica aprovisionarse hoy de copas que no se rompan con la mirada, hielos, bebida y paciencia. Ya sabemos que mañana casi nadie querrá probar el cordero y tú tendrás sudores fríos ocasionados por una resaca infernal, así que qué más da.

Como prueba de la tradición alcoholizante de Nochevieja (y ya que no he hecho ninguna lista aburridísima de lo mejor/peor de 2014), alegrémonos la última mañana del año viendo anuncios casposos de bebidas viejunas. En aquellos años también se pimplaban a lo grande.


Sin duda mi bebida viejuna preferida es la sidra El Gaitero. Sigue dando guerra y es la preferida por las abuelas, que siempre dicen que se sube mucho a la cabeza. "Échame poca, que tiene muchas burbujas". En sus tiempos era lo más y cuando no había regulación de denominaciones ni zarandajas la podían anunciar como sidra champagne, que sonaba muy sofisticado.

Vemos que entonces el menú navideño era a base de entremeses, cardo, besugo al horno, pavo y mucha sidra.


"Siempre oportuna en los momentos gratos", la sidra El Gaitero tiene una colección impagable de anuncios viejunos en su canal de Youtube.  Mención especial merece el de la señora rubia a lo ángel de Charlie, el de la guardia de tráfico ligona y el de la "mujer peligrosa que caía estremecida de ilusión en mis brazos".


Seguimos con el cava: "en las fiestas más hermosas del año, Codorníu pone música y sabor en su mesa". Lo de los niños cantores atrapados en la copa da cosica, pero bueno, era 1973 y los efectos especiales eran así.



Codorníu también brindaba "por los apasionantes años 70", con musicota psicotrópica y gente moderna que se movía como en una pesadilla epiléptica. Yo siempre he querido bailar así, con movimientos asincopados a lo Massiel. En 1975 ya hicieron anuncio en color, con un señor bastante grimoso que sirve cava a una pelirroja encantada de conocerse.

Llegamos a los años 80, cuando yo ya estaba en el mundo. Entonces comenzó la moda de los anuncios de Freixenet llenos de señoritas vestidas de lamé dorado, con famosos internacionales venidos a menos acompañados por estrellas patrias que les deletreaban el "felises fieshhtas". Nada mejor que Norma Duval cantando en francés para alegrarnos el día.


La fantástica imaginación de los publicistas de Freixenet para alterar las retinas no acaba aquí: podríamos ver la extraña pareja de Shirley Mclaine + Miguel Bosé de 1983,  a Gene Kelly con cara de moñeco en 1981, a Plácido Domingo con un horrible esmoquin blanco en 1984. En los 90 la musa Duval volvería para ponerle ojitos al galán hortera por antonomasia, Don Johnson. Argh.


En 1992 también nos encontramos con el anuncio de Rondel. Oro y verde: antes de darle al play pensad porque seguro que ya os ha venido la canción a la mente. "Rondel es joven es alegre, es como túuuuuuuu..." Maldición.


Dejémonos de sofisticaciones carbónicas y vayamos a la tradición. Hay quien piensa que el brandy, cognac o coñá es de señores que fuamn en pipa o juegan al tute, pero a mí me pirria. Una de sus marcas míticas, Veterano, también tuvo un anuncio especial Navidades.


El anís, la cazalla y similares son deliciosamente viejunos, y no sé si quedarán muchas familias en las que alguien, notablemente bebido, rasque la botella con una cuchara para cantar "Pero miran cómo beben los peces el el río". Qué gran pérdida.


Desconozco si el anís Machaquito de Rute, "fama que no se discute" se sigue comercializando. Pero el anuncio es lo más, aunque no sea navideño.



La mezcla que sugieren de anís con cola no la he probado nunca, pero hoy sería una buena noche para hacerlo. Nocheviejuna es el ámbito ideal para sacar esas botellas del fondo del aparador y hacer mezclas imposibles. De repente aparece el Limoncello que te regaló un primo que estuvo de luna de miel en Italia, sospechosamente caducado, o el Frangelico que lleva añejándose varias décadas en un armario. ¡Qué más da! Lo importante es pillarse una buena torrija con lo que tengas a mano.

En nuestro recorrido por el viejunismo gastronómico habrá tiempo para homenajear a los combinados más rancios, como el sol y sombra o la leche de pantera.  Recordad que el Premio Nacional de Cocina Viejuna sigue hasta el 11 de enero y que podéis participar con cualquier horror gastronómico que perpetréis en estas fiestas, incluyendo las bebidas. 


Para culminar este venturoso año 2014 en el que algunas cosas me han salido bien y muchas otras fatal, os reto a poner este vídeo para el guateque de esta noche. Casi tres horas de música yeyé de la gala de Nochevieja de Tve en 1967, y dejaos de Bisbal, coño.


Que tengáis el mejor de los años posibles.

Si leen ustedes este bloguito desde hace poco, podrían pensar que el viejunismo y sus circunstancias son una gracia mía para pasar el tiempo y echar unas risas. Que también. Pero yo, que tengo alma de abuela pellizcadora de carrillos y librero viejo, pienso que echar la vista atrás siempre es entretenido y aleccionador, un ejercicio de cariño hacia todos los que vivieron antes que nosotros.

En Navidades me pongo nostálgica y yeyé, veo "La Navidad de Charlie Brown" e intento pensar en cómo serían las fiestas de allá cuando Maricastaña, cuando reinaba el capón y el turrón blando (que ahora nadie quiere, no lo neguéis) era un lujo desmedido y una fiesta para el paladar. Aprovechad estas fiestas para hablar con algún vejete, recordad las historias familiares, charlad con esa señora pesada que intenta entablar conversación en la cola de la pescadería. Por muchos recuerdos que conserven los libros y las fotos antiguas, no sirven de nada si no abrimos sus páginas, copón.


Desde aquí la Biscayenne os desea feliz Navidad y os da las gracias por seguir al otro lado de la pantalla aguantando su rollo. Ya que estamos lacrimógenos y sensibles, aprovecho para mandar un achuchón especial a todos los que se toman la molestia de escribirme contando sus historias o mandarme un libro apolillado, a los que me han dado nuevas oportunidades y a los que me confirman que hay mucha gente perra pero también amable, encantadora y generosa.

De regalo de Navidades os dejo un vídeo que vi hace poco y me recordó por qué escribo este blog. No salen morcillas, ni bizcochos o recetas, pero es hamor con h del bueno. 


Como en casi todo, los españoles también llegamos tarde al cóctel de gambas, esa mezcolanza de marisco y salsa rosa con vegetales arrejuntaos en una copa. Fue lo más en los casinos regentados por mafiosos de Las Vegas en los 50 y en Gran Betaña arrasó en los 60 de la mano de Fanny Cradock, una cocinera que parecía Joaquín Reyes disfrazado.

Siguiendo nuestra tradición patria de adoptar con fervor tendencias extranjeras que ya han pasado de moda, en España el cóctel de gambas lo petó en los 70 y sobre todo en los 80. Si no lo has probado nunca, es que eres asquerosamente joven o estuviste en coma hasta 1995, porque era una receta ubicua. Lo mismo se comía en el Ritz que en el backstage de los videoclips lisérgicos de Valerio Lazarov o en las bodas de hija de boticario en Matalascañas. El cóctel de gambas lo tenía todo: exotismo y sofisticación. Reíos, sí, pero su extraña mezcla de sabores y colores era pura vanguardia si lo comparamos con los garbanzos con chorizo. Llevaba marisco cuanto más mejor, para que se viera bien que el anfitrión tenía posibles, e incluía ingredientes tan molones por aquel entonces como lechuga iceberg, piña en almíbar, aguacate, tomates cherry o palmito. El no va más. Añádase a la fórmula el toque cosmopolita de la salsa rosa con bien de catsup, queschup o kéchaps (grafías reales vistas por estos ojos).

El pobre cóctel de gambas, con sus copas dobles para hielo picado, vivió su momento de gloria y cayó en el olvido o peor, el hazmerreír. Si os lo ofrecieran hoy en un restaurante pensaríais que habéis caído en el lugar más rancio del mundo, pero luego bien que lo coméis cuando os lo pone la tía Puri en Nochevieja. Algunos han caído en la tentación de hacer una maldita versión modernizada en plan irónico miraquémodernosoy, pero como el original no hay nada. Os lo digo yo y Heston Blumenthal, que es un señor que me sulibeya y confiesa sin rubor que es uno de sus platos preferidos.

Porque bien hecho, el cóctel de gambas es teta, néctar y ambrosía. 


Así en plan viejuno total, que sólo le falta una bengala y una sombrillita de papel, o con un estilo más del siglo XXI. Como si lo queréis servir en plato de pizarra, ese horror del minimalismo mal entendido. A mí plin, lo importante es que lo disfrutéis. Se monta en un pispás y está buenísimo si usamos buenos ingredientes y nada de salsa de bote. Si luego vuestros invitados ponen cara de risa cuando lo saquéis, recordadles que todos tenemos un pasado o inventaos que es una cena temática en plan nostalgia de EGB. Luego de postre les dais un Fresquito y arreglado.

Lo gracioso es que ya en los tiempos viejunos había gente que estaba hasta el moñete del dichoso cóctel. En un especial gastronómico de ABC en 1978, extremadamente rancio y preconstitucional, ya escribe un señor rasgándose las vestiduras que “esperemos que resurja definitivamente una buena cocina regional, apartando esa llamada cocina internacional encabezada por el dichoso cóctel de gambas, del que es imposible librarse”. Por cierto que unas páginas antes sale Fraga dando su receta de queimada, cosa muy loca e impagable.

Víctor de la Serna, en su libro "Parada y fonda" (1987) también se quejaba del reinado del cóctel de gambas:
[...] y no habrá el menor inconveniente en conseguir un «cóctel de gambas», ese detestable invento norteamericano que ha invadido hasta los más modestos figones de Celtiberia.
Pero vamos al grano, que sólo quedan dos días para Nochebuena y estáis sufriendo por saber la receta e ir corriendo al mercado para pegaros por un puñado de langostinos con hordas de compradores zombis.


Cóctel de gambas 100% viejuno

Dificultad, así de primeras: mu poca, lo puedes hacer embolingado a base de anís Probables complicaciones: que tu cuñado el hipster-fudi piense que eres un hortera Sabor: a menú de comunión ochentera  Receta de inspiración: cóctel de gambas clásico, aunque he copiapegado la idea de Heston Blumenthal de añadir vainilla.

INGREDIENTES para 4 personas
500 g de gambas o langostinos frescos
cogollos de lechuga
un aguacate
tomates cherry (o piña, o palmito, o pepino, o apio o...)
mayonesa, yo qué sé cuánta
lo mismo de ketchup
un chorrito de salsa worcestershire
otro chorrito de brandy o jerez
pimentón picante
un limón
una vaina de vainilla
sal
pimienta

Las cantidades de la salsa rosa son a ojo, porque como os podéis imaginar no me puse a pesar la mayonesa ni nada, pero no seáis tacaños. Si tenéis buen día, hacedla casera que queda mejor.

Los ingredientes son libres, y yo confieso que no he seguido ninguna de las múltiples recetas viejunas que atesoro porque me daban miedo. Para la salsa me he guiado por los consejos de Heston, que es muy fan del viejunismo. Al fin y al cabo el cóctel de gambas es de origen anglosajón y lo de añadir vainilla me pareció tan decadente que casi era más hortera que las fórmulas de "Cocina y hogar 1974". Aparte, las recetas viejunas hay que hacerlas pensando en nuestros recuerdos y en mi casa nunca ha entrado el apio (faltaría más!), ni el palmito. Como pequeño guiño a nuestra tradición le he echado a la salsa un generoso chorrete de brandy.


PREPARACIÓN
Bien, lo primero es cocer las gambas, langostinos o crustáceos que nos podamos permitir. Por litro de agua, 70 g de sal o dos cucharadas generosas de la misma. En cuanto hierva el agua, echamos el marisco y según empiece a borbotear otra vez calculamos dos minutos de cocción.

Una vez pasado ese tiempo, pasamos las gambas a un bol con agua fría y hielos para que queden firmes. Es hora de hacer la salsa rosa, epítome de la decadencia de Occidente.


Necesitaremos más o menos la misma cantidad de mayonesa que de ketchup, lo mezclamos bien y añadimos un poco de salsa worcestershire, brandy, el zumo de medio limón (o entero si es pequeño), y pimentón picante al gusto. Si lo preferís, podéis usar directamente salsa tabasco en vez de pimentón para conseguir ese puntillo fuerte, pero a mí me gusta el toque ahumado que da el segundo. Parece que me ha poseído el espíritu de Elena Francis versión "sé un ama de casa perfecta". 

Sólo queda abrir la vaina de vainilla a lo largo con un cuchillo afilado, raspar las semillas del interior (ese polvillo negro que guarda dentro) y añadirlo a la salsa removiendo bien. Si no tenéis vainilla natural en casa pero sí en pasta o esencia, probad echando un poco a ver cómo queda. La vainilla en sí no es dulce pero le da al conjunto un sabor muy interesante, a lo fiesta psicodélica de Marbella en los 70.


La salsa se salpimenta y se prueba untando bien el dedo si estamos sanos, para comprobar el sabor en caso de que haya que corregir algo.

Sólo queda pelar el marisco y cortar los ingredientes vegetales: si sois fans acérrimos de la lechuga iceberg, pues no os cortéis. El cóctel de gambas lo admite todo, pechuga de pollo, piña en almíbar, pepino, cebolleta... Yo fui a lo seguro y opté por el exotismo del aguacate, que era lo más de lo más en aquellos años y aún reina en las mesas navideñas con su cáscara rellena de ... cóctel, por supuesto.


Eso sí, el corte que sea más o menos de tamaño regular, no me pongáis los cherries enteros que luego explotan y se atraganta uno. Si queréis epatar a lo grande, reservad unas cuantas gambas enteras para colgarlas del borde de la copa como si se estuvieran suicidando ante tamaña horterada.

Se echa la salsa rosa (guardando un poco) sobre los ingredientes, se mezcla bien con una cuchara hasta que esté bien repartida y sin posible escapatoria, y ya está. Ahora depende de ti la gracia que tengas a la hora de servirlo, ya sea en copas talladas de cristal verde del ajuar de tus padres, en cuencos o en una piña violentada de mala manera. Por encima, rizando el rizo, se vierte un poco más de salsa y se espolvorea de pimentón y ralladura de limón o lima.



Por si necesitáis más inspiración, aquí os dejo la receta más antigua que he encontrado publicada en España. De la "Hoja del lunes", periódico publicado por el régimen franquista en La Coruña, junio de 1956.



La cuestión vital es que el cóctel de gambas es viejuno, sí, y a mucha honra.  Él no tiene la culpa de que lo hayan prostituido con salsa de bote y gambas mal descongeladas. Tened fe y ya veréis qué bueno está.

Eso sí, en caso de que los comensales se quejen por vuestro viejunismo recalcitrante, no me vengáis a reclamar. 

tus invitados preparándose para criticar todo lo que pongas de menú en Navidad

Como en los duvedés de películas de autor. El I Premio Nacional de Cocina Viejuna no puede ser menos y también tiene versión extendida. Debido a las dramáticas peticiones de más tiempo para participar, entiendo que estáis muy liados zampando en cenas de empresa y comprando calcetines. O buscando el juego de platos de Duralex y las copas de cóctel, que también es posible. 

No os preocupéis. La fecha límite para mandar vuestra receta viejuna (con foto final y de proceso) se extiende hasta el 11 de enero de 2015. Así no habrá excusa posible y podréis aprovechar cualquier obra feísta fruto de vuestra tradición familiar navideña, espárragos tres salsas incluidos.


Además tendré tiempo de enseñaros muchas cosas más acerca de la cocina viejuna y sus terribles consecuencias en nuestra salud mental. Mañana saldrá un especial acerca de las bebidas navideñas, de cuando el cava no era cava sino champán. O champaña, que sonaba mucho mejor.



¡Ah, la Navidad! Temporada entrañable de comilonas, cogorzas, indigestiones y regalos indeseados... Ya sea porque os encante (habéis decorado la casa hace ya dos semanas y tenéis rallado el disco del Chocolatero) o la odiéis con saña (repetís como un mantra "la fiesta de la hipocresía", "festival del consumismo" y otras frases manidas), la Navidad tiene ese algo especial que no deja indiferente. La amas o la aborreces pero siempre con profundo fervor.

Como fiestas tradicionales y familiares de grado superior, las Navidades tienen un regusto añejo y viejuno. Éste empieza con la expectación de los anuncios catódicos de lotería y burbujitas, sigue con la melodía del marino/militar/cooperante/hijo pródigo que vuelve a casa sólo para ponerse ciego a turrón del Almendro, continúa con tu madre enfadándose porque os habéis llenado con los entremeses y nadie quiere merluza, y acaba con la habitual amarga decepción de recibir en Reyes unos calcetines y un pijama.

En la mesa de Navidad se tira la casa por la ventana y se come como si no hubiera un mañana diarreico o estuviésemos a las puertas de la Tercera Guerra Mundial. Que no falte de nada, pero que tampoco haya nada nuevo. Ay de ti si te toca de anfitrión y te pones a innovar, te caerán los siete males y una maldición de tu cuñado. Lo más novedoso que entró en los menús navideños fue el sorbete de limón con cava y las uvas escarchadas, y aquello ocurrió a finales de los 90.


Si te pones a hacer platos diferentes a los canónicamente establecidos puede que te pongan buena cara, incluso que digan "uy qué bien, qué ligerito". Pero por dentro se están ciscando en ti y en tu ceviche, añorando la fuente de langostinos cocidos. Da igual que entre los invitados haya un gourmet o (dios no lo permita) un blóguer de cocina, la ley de la Navidad impide salirse de los entremeses + plato fuertorro + otro plato que nadie quiere y siempre sobra + turrones variados. A partir de ahí las leyes forales de cada casa permiten incluir recetas viejunas pero siempre bienvenidas como: croquetas, fuá de puturrú sobre pan de pasas, cigalas en vez de langostinos si hay parné, jamón con huevo hilado, ensaladilla (que está fría y por eso es "ligerísima"), cóctel de marisco, brazo de patata, caldo, pastel de pescado, el bendito sorbete hecho con Rondel verde y helado del súper y postres que en el 90% de los casos incluyen piña porque es muy digestiva.

El Comidista ya nos previno hace tiempo sobre la comida viejuna navideña y sus productos más zombis, esos que te encuentras pasados dos meses debajo de un cojín del sofá. Como yo también estoy en racha y me siento en la obligación de daros ideas para el Premio Nacional de Cocina Viejuna, voy a enseñaros ejemplos que os dejarán el culo torcido.

Todos cien por cien patrios, extraídos de libros y revistas españoles. Allende las fronteras de Españistán hay mucho material viejuno, pero tiempo habrá para verlo y además hay que reivindicar el viejunismo cañí.

En "Cocina de Navidad" (edit. Susaeta, 1977), avisan de que en la selección de recetas se ha tenido en cuenta "La tradición, calidad, economía y aspecto artístico de los platos digna de estas fiestas". Ojo al dato. También aconsejan evitar las prisas porque "preparar todo a última hora desquicia a cualquiera, y en el momento de la comida el ama de casa se sienta a la mesa con huellas de cansancio en el rostro, mal ocultas por un rápido maquillaje". Ejem. Veamos qué nos proponen:

ensalada de fiesta
Tened en cuenta que para ofrecer un menú de Nochebuena auténticamente viejuno tenéis que llenar la mesa de espumillón y mucho brilli brilli, que es lo que molaba. La comida es secundaria pero en todo caso, debe ir siempre dispuesta como en una perfórmans oligofrénica: por tonos cromáticos, con cosas que no pegan ni con cola y nunca jamás mezclada ni aliñada. "Disponer los ingredientes en distintas fuentes de forma decorativa y servir a la mesa con la mayonesa en salsera aparte".


La lombarda, que es un ingrediente muy respetable y tradicionalmente navideño, se prostituye aquí con bien de salchichas de cóctel. Una fusión estremecedora entre el mundo de la cazuela de barro y el blingbling de los años 80.


Este mejunje pavoroso es según el libro "langostinos a la andaluza". Que ni son langostinos, ni andaluces ni nada. Son unas cigalas intentando suicidarse cubiertas de una salsa bastante vomitiva hecha de leche desnatada ¡!, caldo, harina, yemas de huevo y dos cucharadas de jerez, que es lo que le da el ínfimo toque andaluz. "Decorar la fuente con algunos langostinos, rodajas de pepinillos, trocitos de tomates, etc." Si os fijáis bien, efectivamente hay unos trozos de pepinillos abandonados que no sirven para nada y una especie de medias lunas de hojaldre. ¿Para qué? Qué más da, molan.


No es que la foto esté desenfocada, es que es así. Seguramente pensaban que cuanto menos se viera este jamón york entero al horno con piña a cholón, mejor. Fijaos en el espumillón y sus reflejos, qué finura, qué glamour.


No es una pera gigante, ni un hojaldre de pera. Es algo mucho peor, lacón al horno. Por entonces todavía no imperaba la moda de poner nombres altisonantes y adjetivados a las recetas, pero tenían una maravillosa cualidad: la foto no tenía nunca nada que ver con lo que habías sospechado leyendo el título. Saltando el tiburón de lo imposible, el inofensivo lacón al horno es envuelto a palo seco en masa de empanada (sin sofrito, sin salsa, sin nada que lo arregle) y convertido en una mierdaca puesta encima de un lecho de espinacas recocidas.


Ya tardaba, pero aquí está la gelatina. Sí, esa masa informe que cubre el pollo semicrudo. Con el honor de ser la receta más triste de todo el libro y seguramente de toda la historia navideña, este pollo cocido en caldo y cubierto de gelatina sin sabor debería entrar en el cuadro de honor de las birrias. Para mejorarlo un poco (infructuosamente) lo intentaron decorar con sombreritos de chef en las patas, "hojas de estragón blanqueadas uno o dos minutos en agua salada" y cerezas en almíbar. Desolador. 


Atención porque esta sinfonía culinaria es peor de lo que parece. Se trata de "Lenguado al vino", pero como siempre en la cocina viejuna el resultado no está relacionado con el nombre. Ahí donde lo veis, son unos tristes filetes de lenguado hervidos en caldo con vino. Para subir el nivel, en el fondo del plato hay "una macedonia de legumbres hecha con mayonesa consistente, judías verdes, nabos, guisantes y zanahorias". Después indica que hay que "cubrirla con los filetes, decorar con puerros blanqueados y algunos trocitos de tomate en forma de flor, formar el centro con un limón recortado relleno de aceitunas, disponer rodajas de zanahorias y pepinillos en doble corona y cubrir toda la fuente con gelatina". Puro minimalismo.


El pescado se llevó la peor parte del viejunismo culinario. Igual porque llegaron los embalses, los congelados y las neveras Westinghouse con tres estrellas, o porque entonces se empezó a decir aquello de que comer garbanzos y tocino era malísimo para la salud. El caso es que los españoles comenzaron a comer pescado de mil maneras y colores diferentes. Como prueba sirve este hito del feísmo, que en vez de espumillón lleva gelatina triturada para ofender las retinas.  


Aquí están las naranjas y limones escarchados, que sobreviven en las neveras de postres de los chinos y en algunos bares de carretera nacional cerca de Despeñaperros. En su tiempo fueron lo más e incluso ahora cuando son avistados en el fondo de un congelador llenos de escarcha rancia, desprenden un encanto difícil de ignorar. Sed fuertes, porque lo más probable es que estén ahí desde la Nochevieja de 1989. "Cortar la piel de las naranjas dándoles la forma de una cesta, y la de los limones de pequeños toneles". Como si fuera tan fácil.


Este pastel con árbol de Navidad raquítico encima (no, no son espárragos), es el culmen del recetario. Responde al rimbombante nombre de "Reina de la noche" y atención porque su dificultad está catalogada como "muy alta". Y eso que usan un bizcocho genovés ya hecho. La complicación estriba en mezclar azúcar glas y mantequilla con colorante verde y usar la manga pastelera para hacer el árbol. Estamos pues ante los inicios del malenismo y su catarata de fondant y buttercream de colores pre-epilépticos. 

Tenía varios ejemplos de horrores hechos con piña, pero nada puede superar a esta obra de arte que me mandó Jorge Fernández a través de Facebook. Una piña centelleante "para la más alegre de las verbenas", de la revista Cocina y Hogar de 1965, que atesora como buen amante del viejunismo que es.


Acordaos de que todos vuestras aportaciones viejunas son bienvenidas, ¡y que tenéis todavía 10 días para presentaros al concurso!


* Fotos hechas con una Nikon D5300 cortesía de Nikon :)


¿Acaso la cocina viejuna se fue para no volver? De eso nada. Si vuestra nostalgia recalcitrante añora los sabores lisérgicos de los 80, eso tiene solución. La primera es ir a un bufé todo incluido de un hotel de Benidorm en temporada baja (donde podréis encontraros seguramente también a María Jesús y su acordeón). La segunda es cocinar en casa vosotros mismos y además, presentaros al Premio Nacional de Cocina Viejuna.

Durante estos días me han preguntado varias veces si la cocina viejuna es per se un asco, y si el concurso es coña marinera. Ni una cosa ni la otra. Igual que los anticuarios distinguen entre antigüedades y almoneda, yo distingo entre cocina histórica y viejuna, que sería la de los últimos cincuenta años pacá. En sí misma no era mala, pero sí horriblemente fea para nuestros cánones estéticos actuales. También tú te avergüenzas de haber llevado el pelo cardado o esas hombreras dignas de Locomía, aunque entonces creías que eran lo más... Y vuelven a ponerse de moda y te las vuelves a plantar. El viejunismo culinario no ha vivido aún ese revival (igual no lo merece) pero es entrañable recordarlo y dignificarlo. Y si es riéndonos un poco, mejor.

En caso de hayáis nacido después de 1995 o hayáis borrado vuestros recuerdos por terapia de hipnosis, quizás no sepáis exactamente cómo es la cocina viejuna. ¿No conocéis sus crímenes contra la humanidad ni el adictivo poder de la salsa rosa? No pasa nada, aquí estoy yo para ilustraros.

Veamos unos cuantos estremecedores ejemplos de viejunismo patrio, sacados de distintos números de la revista Paladar, una publicación mensual que abrió las puertas del infierno y cambió los destinos de las amas de casa españolas para siempre. Son fotos de diferentes años pero da igual, vais a ver que la fuerza es poderosa en ellas (la fuerza del Lado Oscuro, cuál si no).

Mejillones a la rusa
"Mejillones a la rusa" es una manera cosmopolita de llamar a un montón de ensaladilla con mejillones cocidos por encima. Como veis, la cocina viejuna es todo postureo, y se trata de convertir algo intrínsecamente apetecible en una obra de arte feísta. El pie de foto dice que "este plato de fácil preparación y óptimo aspecto puede servirse como entremés. Las rosadas cigalas y las mediaslunas de gelatina sirven de refinada decoración". Ole. También podemos comprobar que en los 70 darle al pimple duro mientras comías estaba bien visto: ésas pinzas de hielos las tienen mis padres de su lista de boda y también Don Draper en su oficina.

Fantasía de verduras
"Se hace muy buen papel ante los invitados si se presenta este plato con unos huevos duros en el centro, coronados con sombreritos de tomate maduro moteados de mayonesa. La decoración se completa con pepinillos cortados en abanico y rodajas de huevo duro". Mmmm qué rico... Sobre todo si combinas las setas alucinógenas con las galletas rancias que están detrás.

Cóctel de gambas de toda la vida
El cóctel de gambas fue uno de los grandes hits de la cocina viejuna: con sus lechugas de dos colores, sus gambas aferrándose al borde de la copa y su salsa rosa hecha a base de mezclar mayonesa y "catsup" (sic.). El lujo se notaba si se incluía un lecho de hielo picado en el fondo, que aguachinaba la mezcla dándole un punto especial. Por supuesto, que no falte el alcohol para pasar semejante trago.

ensalada Margarita
La ensalada Margarita (no se sabe si por la decoración, el nombre de la inventora o porque se acabaron los títulos exóticos) es un mondongo de pseudo-ensaladilla cubierta con mucha, mucha mayonesa. La mayonesa molaba en cualquiera de sus dos versiones, o casera con riesgo de salmonelosis, o comprada de marca Musa. No hago comentarios acerca de la flor de jamón york.

Galantina de pollo
Llegamos al meollo del viejunismo: la gelatina. Quizás por sus colores fosforitos, su textura plasticosa o porque antes de venderse en polvo era muy difícil de hacer y signo de estatus. La cuestión es que la gelatina se convirtió en la reina del viejunismo, secundada por sus amigos la Marquesa de Mayonesa y Don Huevo Hilado.

En la foto veis un perfecto ejemplo del horror, una galantina. O lo que es lo mismo, carne deshuesada rellena de cosas, prensada y cubierta de gelatina o áspic. Ñam buargh.

Huevos Aurora
Otro hit: los huevos cocidos rellenos. Gozaron de un alto grado de molaridad en los 70 y los 80, y aún te los hace tu cuñada para las meriendas campestres. La diferencia es que antes se adornaban así, con cosas sin sentido pero mucha simetría.

Pastel de atún
Otro morzongo de gelatina, esta vez rellena de pasta de atún. Os recordará a otros atentados contra la integridad de las personas como el pastel de merluza y el pudding de cabracho, que el señor Arzak puso de moda antes de tener chopocientas estrellas. 

Pastel de jamón
Con tres pares. Ésto es un pastel de jamón york triturado con nata y ¿qué más? GELATINA. Como no había suficiente gelatina en el mundo la masa de dentro, se la pusieron también alrededor y de adorno por el borde, no fuera a ser que alguien se quejara. El punto chic lo ponen las aceitunas intercaladas, que se podían meter en el copazo de vermú necesario para no tirarse por la ventana.

Pescado relleno de camarones y ostiones
Obviando la gracia que se os acaba de ocurrir con los ostiones, no sé qué más añadir. Es un pez cubierto de "mayonesa mezclada con pulpa de aguacate o jugo de espinaca", pero no es verde, es azul y me hace llorar. Cómo la hubieran gozado en aquellos tiempos con el despliegue de colorantes que hay ahora en el súper. Sobre el adorno de lechuga picada cruda (sí, es eso), tampoco hay comentarios.

Naranjas en su jugo
 Ya estaban tardando en salir las naranjas esculpidas. Lo raro es que normalmente estaban en un lado del plato, para hacer feo bonito, pero aquí encima quieren que te las comas con cáscara incluida.

Tarta cuatro chocolates
En los postres la cocina viejuna se cortaba un poco y se limitaba normalmente a las florituras de manga pastelera. Cuanto más mejunje mejor, resultando en que a veces debajo de la crema no había pastel, pero y qué. La decoración con manga pastelera se convirtió en asignatura troncal y grave adicción, teniendo como resultado las decoraciones churriguerescas sobre huevo cocido.


Si no os están sangrando los ojos todavía, estáis preparados para el próximo capítulo que será "Arte y ensayo sobre la cocina viejuna navideña". Cuidado.

* Fotos hechas con una Nikon D5300 cortesía de Nikon :)


Me llena de rancio orgullo y satisfacción anunciaros que hoy comienza una de las aventuras más ambiciosas de este blojs. De la mano de la inventora del famoso concurso Chorizo y Palo y redescubridora del NO-DO como arma de entretenimiento masivo, es decir, yo, llega el mayor acontecimiento del mundo contemporáneo civilizado: el primer Premio Nacional de Cocina Viejuna.

Sólo a una mente enferma y con ínfulas de grandeza como la mía se le podría ocurrir algo así, pero el s. XXI lo necesita. Tanto tiempo dándoos la chapa con la historia y las recetas decimonónicas, bla blá, y luego resulta que lo que os va  es el viejunismo hortera. Ése que todos recordamos, que reinó en las cocinas maternas desde los años 60 hasta entrados los 90 y aún pega coletazos en las cenas de Navidad y fiestas de guardar.

Pongamos un ejemplo gráfico:


Ésto es cocina 100% viejuna: un estremecedor pez de gelatina con palitos de surimi y rabanitos esculpidos en forma de flor. Todos hemos sido víctimas del viejunismo gastronómico, y no me digáis que no porque es que sí. Los huevos cocidos adornados con litros de mayonesa y manga pastelera, los brazos de patata, el pastel de pescado, la piña rellena, el pijama, la tarta al whisky, el huevo hilado, el áspic y el cóctel de gambas... todos han poblado nuestros sueños (y pesadillas).


Efectivamente, ahora lo vintage está de moda. Han vuelto las barbas, las hombreras, los pantalones campana y estamos hartos de esos bares de modernos que se creen muy guays por poner baldosas hidráulicas y sillas desvencijadas. Lo viejuno vintage es hipster, es molón. Vale ya.

Nadie se acuerda de los bufés fríos con cascadas de langostinos cocidos, de los dátiles con bacon ni de los pollos asados con sombreritos de chef en las patas. Pero para eso está vuestra memoria histórica y sentimental. Porque la cocina viejuna en su momento fue lo más, crecimos con ella y a pesar de su aspecto a veces terrorífico, no estaba nada mal. Dentro de 20 años también se reirán de las esferificaciones, las reducciones y de los platos pintados con brochazos. O qué os creéis. El viejunismo gastronómico fue la máxima expresión de la modernidad de su época y sin él no hubiésemos pasado del cocido al minimalismo culinario. Nuestras madres y abuelas hicieron lo posible por olvidar las épocas de ranciedumbre y miseria, llenando las mesas de colores radiactivos, recetas internacionales y artilugios capitalistas. Fue la edad de la minipimer, la licuadora, la yogurtera y el robot de cocina. Y en el fondo os mola, igual que cuando recordáis los dibujos animados que daban en la tele cuando íbais a EGB.

Por eso la cocina viejuna necesita un homenaje, para saber de dónde venimos y en qué nos convertiremos. Suena súper metafísico pero también servirá para echarnos unas risas.


Precisamente es en Navidad cuando el espíritu del viejunismo vuelve a aparecer en nuestras casas. Peladillas, espumillón y aguacates rellenos de gambas campan a sus anchas en unas fiestas que ensalzan las tradiciones familiares. Así que no hay mejor fecha que hoy, primer día de adviento, para convocar el I Premio Nacional de Cocina Viejuna. En él colaboran personas decentes y sensatas que me ayudarán a elegir el plato más viejuno de España, además de aportar premios seductores que os animen a participar.

Las bases:
  • ¿Qué hay que hacer? Mandar desde hoy y hasta el 22 de diciembre 11 de enero de 2015 inclusive una receta, foto final y foto del proceso (para certificar que habéis perpetrado el plato y no copiado la imagen de un Lecturas de 1976) por correo electrónico a hola@biscayenne.com
  • La receta puede ser viejuna de verdad, de un libro, de una revista, de vuestra tía abuela, inventada o adaptada. Lo que importa es que el aspecto, presentación y estilo sean verdaderamente viejunos. Mucho adorno, muchos colorines y muchas guarniciones que no sirven para nada. El lema de la cocina viejuna es "dientes, dientes, que es lo que les j...".
  • No hace falta que uséis gelatina ni ningún otro ingrediente en particular. Si no se os ocurren ideas, yo os iré poniendo ejemplos escalofriantes en los días venideros.
  • A partir del día 11, un equipo de diez expertos jurados (de los que hablaré otro día porque esto está quedando más largo que el copón) verá los platos que cumplan condiciones y votará en consecuencia.
  • Se valorará la dificultad, originalidad, ambientación y locura de todas las recetas participantes. Por supuesto, tienen que ser comestibles, no vale adornar un trozo de porexpán. Cuanto más os lo curréis y más os dejéis llevar por un oscuro ramalazo hortera y kitsch, mejor.
  • En caso de empate, servidora tendrá la última palabra y la espada de Salomón.
  • Como no es lo mismo que os presentéis doce que doce mil, si hubiera una épica pugna entre varios contendientes o alguien mereciera un premio especial a la horterada y la simpatía, se podrá añadir un premio áccesit.
  • El ganador saldrá anunciado como mucho el día 26 de enero, para que tengáis una razón para vivir una vez devueltos los regalos de Reyes de calcetines y pañuelos.
  • Podrán concursar todos los residentes en la España peninsular y las posesiones de ultramar (Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla).
  • Se puede mandar más de una receta sin problema, ya que os ponéis igual le cogéis gusto.
  • De momento esta edición será online y no presencial. Mi objetivo es que el viejunismo conquiste el mundo y el próximo año hagamos una gala en Torremolinos con Marujita Díaz  y Honorato abriendo el sobre de los premiados.


¿Qué podéis ganar?
Además de la gloria inmortal, el ganador recibirá en su casa un set completo de viejunismo gastronómico y vital.


De cada uno de estos premios gordos hablaremos extensamente y en particular otro día, pero para que se os vaya cayendo la baba:

  • Una cámara de fotos Polaroid PIC300 de la mano de Polaroid y Reflecta. La versión moderna de la mítica cámara que todos quisimos tener en los 80. Viejuna pero con aspecto actual, es fácil y divertida de usar para dejar constancia instantánea de las fiestas locas estilo Gunilla von Bismarck.
  • Una cafetera italiana marca Moka de los años 70, cedida por Cachivache Vintage o lo que es lo mismo, los Quiroga Páez. Venidos a menos por culpa de Bernie Madoff, mientras recuperan su patrimonio participan en este concurso donando la cafetera que usaba su doméstica Purita (de la que hablaremos largo y tendido, una musa de la cocina viejuna).
  • Un ejemplar firmado y dedicado de "Las 202 mejores recetas de El Comidista", que dentro de unos años valdrá millones. Mikel López Iturriaga es padrino de este concurso, muso y divulgador de la cocina viejuna a la que dio visibilidad mundial en su blog.
  • Un set completo de viejunismo de mi propia colección, que incluye un juego de café de seis servicios de Duralex ámbar de toda la vida, una tetera alemana de los años 80, una balanza de cocina marca Stube en naranja chillón como mandan los cánones kitsch, y un libro de cabecera como "La gran enciclopedia de la cocina" de 1964 sin el que no podréis vivir.

Como veis, éste es un acontecimiento planetario. Es hora de que la gelatina salga del armario.

¿Odiamos la cocina viejuna? ¿O en el fondo la amamos? Es algo que me llevo preguntando desde que inicié mi serie de entrevistas a platos anticuados en mi blog, El Comidista, y para lo que todavía no encuentro una respuesta clara. Por un lado, sentimos un natural rechazo ante los cócteles de gambas, las tartas al whisky, las galantinas y los rollitos de jamón rellenos de huevo hilado que en tantas bodas, comuniones y navidades hemos tenido que sufrir. Pero por otro, nos recuerdan a la infancia o a la adolescencia, y eso hace que enciendan algún interruptor del placer en nuestro cerebro y nos sintamos irresistiblemente atraídos hacia ellos. Tanto por lo primero como por lo segundo, creo que el I Concurso de Cocina Viejuna de Biscayenne es un magno acontecimiento, que nos producirá risa y llanto a partes iguales y logrará que nos reconciliemos con nuestro pasado culinario. 

Mikel López Iturriaga (aka. El Comidista)

Ya, ya sé que os tengo abandonados y que casi no pongo recetas, pero veréis, después de casi dos años en la cola del paro tener de repente dos trabajos me quita todo mi mojo vital. Después de saberlo, ya no os podéis quejar más porque estaría feo y todo el mundo sabe que trabajar por un jornal es lo primero, lo único, lo... Bueno, no tanto. Pero sí es importante y acostumbrada como estaba a vagar en pijama todo el día mesándome los cabellos, ahora tengo muchas más obligaciones. Sigo en pijama pero delante del ordenador. A veces hasta tengo que salir a la calle e interactuar con personas de verdad, ahí a lo loco.

He tenido una suerte bárbara y por ahora (cruzad los dedos para que sea por mucho tiempo) me dedico a menesteres muy interesantes que han surgido a través de este bloguito. Quién lo iba a decir, ay. Hago lo mismo que antes (escribir, googlear en bucles infinitos y buscar fotos viejunas) pero para otros, y me queda poco tiempo para hacerlo aquí. 

Toda este rollo para contaros por qué escribo menos. Vayamos al grano. Al tener menos tiempo disponible cocino menos, como menos (mis pantalones lo atestiguan) y me he dejado de experimentos. El fin de semana hago algo que me apetece mucho mucho zampar y ya se sabe que las recetas desconocidas a veces salen un churro, por lo que a partir de ahora me limitaré a probar fórmulas certificadas. Por mi madre, por la vuestra o por alguien de quien me fíe mucho. Y así, de manera extraña, he puesto mis zarpas encima de las recetas literarias.


Para los lectores empedernidos y bibliófilos como yo, la palabra escrita es padre, hijo y espíritu santo. Y la de ciertas personas, más aún. 

Si la libertad significa algo, es el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír. (Prefacio de "Rebelión en la granja")

Es curioso lo poco que se reconoce la trascendencia de la comida. En todos los sitios hay estatuas de políticos, poetas, obispos, pero nunca de cocineros, charcuteros o verduleros. ("El camino a Wigan Pier")
Eric Blair (Motihari, India 1903 - Londres, Reino Unido 1950) fue policía, profesor, librero, miliciano y fregaplatos. Aunque seguramente le conoceréis por haber sido también periodista, ensayista y novelista bajo el pseudónimo de George Orwell. Pocas personas han escrito tan lúcidamente como él sobre los peligros del totalitarismo y los límites de la libertad humana, y lo mejor que podéis hacer no es leerme a mí hablar de él sino arramplar un ejemplar de Rebelión en la granja o 1984.

La cuestión es que Orwell me cae intrínsecamente bien, y en casa tengo a un fan suyo bastante lóquer. Sólo era cuestión de tiempo e interné averiguar que el señor Blair le daba mucha importancia a la comida. Cuando no la tuvo, porque pasó mucho tiempo infiltrado como mendigo y pobretón para conocer las condiciones sociales de los más desfavorecidos, y cuando la tuvo. Trabajó en las cocinas de un hotel de París y escribió dos ensayos sobre gastronomía. Le gustaban la cerveza, los arenques, los mejillones, las galletas de alcaravea y en general, los platos tradicionales.

En 1945 publicó un artículo en el Evening Standard en defensa de la cocina inglesa, en 1946 un ensayo acerca del arte de tomar una taza de té, y por las mismas fechas escribió otro no publicado sobre la gastronomía británica

La cuestión más importante acerca de la cocina británica es que se estudia mejor en los hogares, particularmente en en las casas de clase media y trabajadora que no han europeizado sus gustos. Los restaurantes baratos son casi siempre invariablemente malos, y en los caros el menú es francés o de imitación francesa. Generalizando, se podría decir que la dieta británica es sencilla, bastante fuerte e incluso ligeramente bárbara [...] Es la dieta de un país húmedo y nórdico, donde la mantequilla es generosa, las bebidas alcohólicas aceptadas a cualquier hora y las especias y el aceite vegetal ingredientes exóticos. 
Al final del artículo da varias recetas 100% británicas: welsh rarebit, pudding de Yorkshire, tarta de melaza, mermelada de naranja, pudding de Navidad y cómo no, el plum cake.

receta original mecanografiada por Orwell. Podéis ver todas aquí vía Flickr The Orwell Prize

Se ve que le gustaba el dulce más que a un tonto un lápiz, y encima tenía buen gusto y buena mano, porque el bizcocho está buenísimo, excelso. Con un porrón de mantequilla, pero qué coño, sólo se vive una vez.


Plum cake de George Orwell

Dificultad, así de primeras: si sabes leer lo sabes hacer Probables complicaciones: cortar las frutas en trozos menudos, agénciate un esclavo o un triturador Sabor: a desayuno reconfortante mientras lees un libro manoseado  Receta de inspiración: Plum cake, de British Cookery, George Orwell (British Council, 1946).

INGREDIENTES
250 g de mantequilla a temperatura ambiente
170 g de azúcar
3 huevos grandes
250 g de harina
80 g de cerezas secas o confitadas
120 g de pasas sin semillas
120 g de almendras o avellanas tostadas
120 g de piel de cítrico confitada
ralladura de 1 limón y 1 naranja
1/2 cucharadita de especias variadas (canela, nuez moscada, jengibre, cardamomo)
sal
1 vaso de brandy o licor similar

Las cantidades son aproximadas, traducidas del sistema métrico de libras y onzas. La receta original lleva un tercio de cantidad más de todo, pero 340 g de mantequilla me parecían demasié hasta a mí. Con los ingredientes que os pongo sale un plum muy decente en molde alargado normal.

Posibles variantes porque no tienes no sé qué o no sé cuál: puedes poner las frutas que quieras en distintas cantidades. Cuantas más mejor, pero pueden ser también ciruelas pasas, arándanos, orejones... Lo verde de las fotos es una piel de limón de color radiactivo que compré y estaba sorprendentemente buena, le añadí además naranja confitada.

Si no queréis echarle alcohol sustituidlo por la misma cantidad (vaso normal, no gigante) de zumo de naranja, no es lo mismo pero en fin. 

PREPARACIÓN
Lo primero, es tener la mantequilla a temperatura ambiente o punto de pomada. Si no, mal vamos porque tendremos que esperar a que se ablande para poder batirla con el azúcar.

Gracias a la tecnología podemos usar una batidora que acortará el proceso de elaboración dándonos años de vida. Se bate pues la mantequilla blanda con el azúcar hasta que la mezcla se esponje, unos 5 minutos. Después se añaden los huevos uno a uno, batiendo bien después de cada adición (los huevos es mejor tenerlos fuera de la nevera, porque si no, enfriarán la masa y se quedará con aspecto cortado al solidificarse la mantequilla. Pero no se ha echado a perder ni tenéis que poneros a gritar, seguid como si nada)

Si os habéis fijado, la receta original no lleva Royal ni otra clase de impulsor para que suba el bizcocho. La clave está en batir muy bien la masa para crear burbujas de aire y que suba naturalmente, pero si no podéis vivir sin él, sin ningún problema se puede echar un poco. Lo añadiríamos a la harina tamizada y chimpún.


La harina se tamiza con su correspondiente tamizador o a lo pobre con un colador, y se mezcla con una pizca generosa de sal y el impulsor optativo. Se agrega a la masa en tres tandas, batiendo bien después de cada vez para no tener grumos. Al gusto se añaden ahora las especias, media cucharadita en total de lo que tengáis en casa (jengibre, canela, nuez moscada, clavo, cardamomo...) molido en polvo.

Las frutas y frutos se cortan en trozos pequeños, para encontrarte tropezones por todos lados. Lo más práctico es meterlo todo a la vez en un triturador y darle un par de veces al botón, sin que se nos haga una mezcolanza espachurrada.

Se echan los frutos a la masa, se reparten bien con un cucharón y luego se echa la ralladura de limón y naranja y el vasito de licor. Se mezcla todo bien y ya estamos listos para encender el horno a 180 grados arriba y abajo.

Mientras se calienta, preparamos el molde de plum (si no tenéis vale uno redondo) untándolo con mantequilla y enharinándolo ligeramente por el fondo y los bordes. Un poco de harina, no a cholón, y después lo volcamos sobre el fregadero para quitar el sobrante.


El molde se mete en el medio del horno y se deja 10 minutos a 180 grados, y después se baja la temperatura a 160. Aquí a Orwell se le fue un poco la pinza y dice que hay que cocerlo durante tres horas y media. Error que le perdono de corazón. En realidad, con tres cuartos de hora más vale de sobra, y mejor ir revisándolo a partir de los 35 minutos. El mítico palillo o brocheta insertado tiene que salir bastante limpio pero aún húmedo, porque no queremos que nos quede un bizcocho seco como la mojama.

Cuando esté en su punto tendrá cresta, color dorado y un olor celestial. Y se deja enfriar dentro del molde antes de comerlo, ansiosos.


Como decía Orwell, "cuando lees una obra con un estilo muy personal, tienes la impresión de ver una cara detrás de la página". Yo las veo cada dos por tres, e intentaré traeros sus mejores obras pasadas por el traductor automático de los fogones. De momento valga ésta como señal de que no se me ha olvidado cocinar ni comer. 

Para saber más:
* Fotos hechas con una Nikon D5300 cortesía de Nikon :)


IMPORTANTE: atentos todos porque se acerca el adviento y habrá un especial de cocina viejuna. Tendrá lugar también el magno I Premio Nacional de Cocina Viejuna, inventado por servidora y auspiciado por gente muy loca pero muy amable. Y una cita que tendremos el próximo jueves y.... 



A lo más que me puedo yo retrotraer en cuestión de leches es a cuando venía refrigerada y en bolsa de plástico. Un envase, si es que se le puede llamar así, eminentemente engorroso que se espanzurraba a la primera de cambio.

Entonces, allá en los 80, la leche desnatada era cosa de enfermos, diletantes y señoritas que cantaban en anuncios de Pascual. La leche de casa era entera y bien entera, dejaba un tacto pegajosote en las dichosas bolsas y se ponía mala enseguida. Incluso hubo una táctica digna de posguerra en los colegios públicos, que consistía en dar toooodos los días un vaso de leche a los niños junto a la pastilla de flúor, creando traumas lácteos de por vida.

La otra versión de la leche, la del pueblo en verano, era la de la lechera de plástico blanco con tapa verde. Uno de mis hitos en "hacerse mayor" fue cuando mis padres me empezaron a mandar, montada en la BH y lechera en ristre, a la casa del vecino que nos suministraba. Así empezaba el ritual, aliñado con olor a boñiga, seguía con la cocción tendente a la requemación y acababa con mi madre quejándose de la vida rural.

Leche bien cocida, tres veces subida.

La leche y el vino hacen al viejo niño.

Si viajamos un poco más atrás en la máquina del tiempo mental, igual alguno de vosotros se acuerda del lechero. Que no era un señor sonriente con gorra de cartero y cesta de níveas botellas blancas. Eso es en las películas americanas, zoquetes. Era más bien algo así:

lechero de Mungia en las calles de Bilbao. Adolfo Lino de Zabala, 1959 
Los lecheros, tanto hombres como mujeres, repartían la leche por las casas a primera hora de la mañana, después de ordeñar. Andando, en burro, mula, carro de bueyes o caballos y más tarde en moto o furgoneta, hiciera bueno, malo o regular. Porque las vacas no cogen fiesta. 

Lecheras de Pola de Laviana, Asturias. Valentín Vega, 1948
La leche recién ordeñada, cruda y sólo colada se metía en cántaros de zinc de 20 o 50 litros. De ellos luego en el reparto se extraía la leche para el comprador con unos recipientes de cuarto, medio, un litro o más. Uno de ésos, roto, tengo yo en casa como recuerdo de mis viajes al establo de mi vecino. Cuando el año pasado quise ir de nuevo a por leche cruda me costó dios y ayuda encontrar una lechera, hasta que di con una superviviente de los años 70 en una ferretería viejunísima. Me hacía ojitos desde su estante lleno de polvo y humillación, la pobre.

Lechera de Córdoba. Jean Laurent, ca.1870. Fototeca del Patrimonio histórico

Valgan estas fotos viejunas (adjetivo dicho desde el cariño) para recordar a todos los sufridos lecheros que paliaron un poco el hambre y para que echéis una lagrimilla mientras contáis historias de cuando reinó Maricastaña.


Ordeñando cabras en pleno centro de Granada. Otto Wunderlich, ca 1930. Fototeca Patrimonio histórico




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