Abuelas de pueblo: hambre, velocidad y tocino

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Hay situaciones y lugares en los que da gusto comer, y no importa que sea un chusco de pan, porque todo te sabe bien. Entre esas conjunciones espacio-temporales en las que todo tiene gusto a teta y ambrosía, están las barbacoas familiares (alpargatas, gorras de publicidad añeja, chorizos y cerveza en porrón) y los bocadillos en la cumbre del monte (cuánto falta, tortilla de patatas y filete empanado con pimientos).

A estas maravillosas uniones del alimento con las ganas de comer, yo añado el pueblo. En el pueblo todo sabe más apetecible, más fresco, más rico y más mejor. No sé si serán los aires o los grillos, pero siempre que voy al pueblo pienso que voy a adelgazar por hacer más ejercicio y al final vuelvo con dos kilos más en los lomos.

Claro que igual cuenta que mi cocina rústica es grande, grande, inmensa, y entra luz todo el día y da gusto guisar allí, no como en mi cocina urbana en la que tengo que estar siempre con los fluorescentes encendidos. Y los fluorescentes le dan a todo aspecto como de comida de hospital. 

Para comprobar lo bien que sienta todo en el pueblo no hay más que ir a visitar a mi vecina Avelina, en la calle de atrás. Chiquitica y repreciosa, parece una abuelita de cuento, con su escaso metro y medio de altura, sus mejillas coloradas y su olor a colonia suave.

Avelina con su eterna batamandil, de la que hablaremos otro día

Avelina tiene 89 años y le gusta mucho hablar, cuestión ésta en la que que no le dan todo el gusto que ella querría porque ya se sabe, los abuelos siempre quieren hablar y en su casa ya se saben las historias. Como yo no tengo abuelas propias, cuando voy al pueblo me siento con ella, le pido que me hable de lo que quiera y ella se ríe, cloqueando como las gallinitas que tiene en el corral.

Nacida en 1925, la abuelita muñeca (así la llamo yo) tiene una mente mucho más lúcida que la mía y se acuerda de todo. De TODO. Al fresco del patio, mientras alrededor se discutía sobre la reciente muerte de un vecino (en los pueblos se habla mucho del tiempo y de los muertos, es así), de repente me dijo que la mujer de aquel vecino, fallecida hace la friolera de casi 40 años y cuyo nombre ya nadie recordaba, se llamaba Antonia y que se murió un día de primavera cuando ellos andaban desarrabizando remolachas en el prado de Rozuela. Y yo a veces no me acuerdo ni de mi número de teléfono. 

Avelina nació cuando reinaba Alfonso XIII, y ha vivido en dictadura, república, guerra y democracia pero siempre desde el mismo sitio, un pequeño pueblo y dos casas separadas por unos 400 metros. Sabe leer y escribir porque tuvo la suerte de poder ir a la escuela desde los seis hasta los catorce años, cuando muchos niños dejaban tempranamente el colegio o se ausentaban durante meses para poder ayudar a su familia en el campo o trabajar en otras casas.

las niñas con la maestra del pueblo, hacia 1930.

Aquí en la foto salen todas muy monas y repeinadas, porque era día de fiesta y día de foto, nada menos, pero no siempre llevaban zapatos. Iban todas calientes a clase porque desayunaban sopas de ajo o sopas de vino; o una cosa o la otra, todos los días y gracias a Dios. Esta cosa moderna de los desayunos completos con fruta, zumo, y cereales de colores no se aplicaba.

Ahora nos puede parecer que desayunar, comer y cenar todos los santos días lo mismo es un infierno, pero Avelina dice que no pasaban hambre. No sobraba pero tampoco faltaba para desayunar las famosas sopas, comer garbanzos (quizás con tocino, chorizo o morcilla si los había), y cenar patatas guisadas. El mismo menú más de 300 días al año, es decir, todos menos los domingos, fiestas de guardar, cuaresma, bodas y/o entierros. Los domingos, si había, se mataba un conejo o un pollo, y en las fiestas patronales, casorios y funerales se podía catar hasta ternera con mazapán y bollos.

Las comidas se acompañaban siempre de vino casero y pan, hogazas diarias de dos kilos que que se hacían con hurmiento (del lat. fermentum: masa madre) y se cocían en casa cada semana. Todo esto en cocinas viejas de llar, con un único fuego a ras de suelo encima del que se colocaban las calderas de cobre, sobre una trébede o colgadas de pregancias (cadenas). Las cocinas económicas o de carbón no llegarían hasta después de la guerra.

La cocina era la única habitación de la casa en la que no hacía frío y allí se apelotonaban todos, comiendo de un solo pote. Contando las cucharadas de cada uno y dejando más para los que más energía necesitaban.

familia comiendo de una misma cazuela

En casa de Avelina, donde sólo eran 6, número de ná cuando las familias solían ser de doce o más miembros, vivían holgadamente. Eso quiere decir que tenían cerdos, conejos, gallinas y vacas para trabajar. Con huerta para fruta y verdura y tierras para cosechar cebada, centeno, avena, trigo y remolacha azucarera. Entonces había mucha gente que no tenía tierras más que entre los dedos de los pieses y tenían que labrar para otros a cambio de un jornal o arrendar campos.

Extrañamente, las vacas eran únicamente para trabajar y criar. "Qué ignorantes, qué ignorantes eran", me dice. Su abuelo nunca permitió ordeñar las vacas porque pensaba que se malograrían y no podrían tirar del carro, de modo que la leche no se bebía. Mi padre tampoco recuerda haber tomado nunca leche de pequeño, así que esta tara mental láctea debía de ser un prejuicio muy extendido en el villorrio.

Acarraeando la mies en la era 

Beber leche hubiera evitado que pasaran hambre. Porque el hambre, ese vacío de estómago que no tenía nada que ver con la aburrida dieta de garbanzos que seguían, vino para instalarse. Cuando empezó la Guerra Civil, dos hombres fueron fusilados "pues porque no eran del lado de los que llegaron, por qué va a ser", dice Avelina. El resto, menos los mayores y enfermos, fueron reclutados y dejaron los campos vacíos.

Lo peor no fueron los tres años de guerra, ni la confiscación de animales, ni saber si los que se habían ido volverían enteros. Lo peor vino después. Cuando Franco instauró la autarquía, el control de la producción, la comercialización y el consumo: "Ay, Dios mío, qué hambre pasamos en 1942".  Con pocos hombres para labrar, tierras baldías y años de sequías, todo lo que se cosechaba y criaba había que venderlo al Estado al precio que imponía (básicamente una mierda pinchada en un palo), y luego tirar de la cartilla de racionamiento. Una semana igual sólo te daban aceite de vete tú a saber qué y azúcar, y la siguiente harina de maíz y pseudo-café. De modo que la gente se afanaba en ocultar, trapichear y sobrevivir, cultivando productos que no estaban regulados, como los altramuces. Altramuces y castañas por aquí y por allá, más un pan de maíz que "algo malo tendría, porque sentaba como un tiro".

- Entonces todo era una miseria, que no me digas. Dos mudas tenías, y con suerte, ponías una y lavabas la otra y así.
- ¿Y después, cuando se arregló el hambre, cómo vivían?
- Pues el que mucho como mucho, y el que a poco pues como poco, cómo iba a ser.
Avelina lo recuerda todo, pero sin cariño ni tontadas. Los tiempos pasados no fueron mejores, sino sucios, hambrientos y llenos de privaciones que hoy en día no tenemos. Ahora ya no cocina, pero las magdalenas le salían buenísimas, igual que las cazuelas de callos que llevaba a los que tenían que trillar en la era. Todas las noches se toma (¡por fin!) un vaso de leche con Cola Cao, pero tiene muy claro qué es lo que más disfruta:

"Yo el tocino es lo que más me gusta, sí, el tocino y los garbanzos."
Es una musa. Igual que todas las abuelas que han vivido tanto y hablan tan poco. La próxima vez que estéis con la vuestra, si tenéis esa suerte, o que coincidáis con algún anciano harto de que los demás sólo miren para la tele, preguntadle cosas. Están deseando contarlas.

De éstas y de otras historias de abuelas, hambre, pueblos y recetas humildes, seguiré hablando mientras me sigáis leyendo. En breve, bizcocho de natas de leche-leche de verdad y alubias con cecina.

Y vivan los pueblos, coño.


Por cierto que si tenéis historias de abuelos, villorrios y estraperlistas, yo encantadísima de que me las contéis.




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19 comentarios:

  1. manuela escorial5/21/2014

    Hola, me llamo Manuela y hace poco que he conocido tu blogito y he de decirte que me encanta y mucho.
    Yo tengo la grandisima suerte de tener todavía a mi abuela materna que se llama Fernanda y es muy parecida a Avelina, pero en segoviano. Pan con vino y azucar para desayunar, garbanzos con patatas y tocino para comer y sopas de ajo para cenar, la leche no se estilaba como dice ella.
    En mi pueblo cocian el pan en el horno comunal y les tocaba un día fijo a la semana, se iban pasando la recentadura o masa madre de una vecina a otra. Para los cumpleaños se estiraban y hacian magdalenas, todo un derroche.
    Todos los veranos voy por lo menos dos semanas a su casa con mis niños que son los unicos biznietos que tiene y hablamos mucho de lo de antes y de lo de ahora. Y hacemos puntos y ganchillo como si no hubiera mañana.
    Tengo varias recetas suyas del tipo harina la que admita... y todos los veranos acabamos haciendo rosquillas y demás dulces.
    Se que soy raruna, me encanta pasar una tarde en el corral con mi abuela.
    Un beso y gracias por tu blog.

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  2. Me ha encantado la entrada, yo en el pueblo de mi madre siempre hablo con algún abuelillo, me encanta que me cuenten historias, y es que como ha cambiado la vida chica! Pero es que son tan sencillos, naturales y saben tanto...Avelina es una muñeca desde luego.
    Besos

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  3. Carrington5/21/2014

    ¡Qué historia más apasionante! Me ha traído el recuerdo de mis dos abuelas, ya fallecidas, y las historias que me contaban. Y el recuerdo de sus cocinas, con olor a chapa, carbón y trozos de leña mezclados con papel de periódico para prender el fuego. Y a día de hoy me siguen impresionando las fotos de las escuelas de aquel tiempo... Aquellas maestras... ¡cuánto hicieron!

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  4. Que en la misma provincia se den dos contextos tan diferentes...
    La familia de mi padre no tenía tierras, porque habían emigrado desde una aldea miserable en Lugo al Bierzo, para trabajar en la mina. Cuando murió mi abuelo, la familia se encontró con ocho bocas que alimentar y sin tierras propias. Así que a pastorear ovejas, recoger ortigas y demás "verduras" con las que prepararles "cocimientos" a los cerdos que criaban que, tras la matanza, intercambiaban los jamones por tocino (a veces le digo en broma a mi padre que, para haberse alimentado toda la niñez a base de tocino y poco más, es milagroso que le siga gustando). Ellos pasaron hambre, mucha hambre.
    Mi madre en cambio, siendo como eran 13 hermanos y viviendo en un pueblo de los Ancares, tenían tierras. Y muchos castaños, así que nunca faltó comida en la mesa (aunque no fuese muy variada). Tenían una pareja de vacas para el carro y el arado, pero siempre se ordeñaron para casa, así que ellos sí que bebían leche diariamente (esas sopas de leche con castañas que tanto le gustan a mi madre...). Tuvieron sus más y sus menos, porque era tierra de maquis (mi bisabuelo se echó al monte y se cruzó a patita y por lo salvaje, como un lobo, toda la cornisa cantábrica hasta llegar a Francia) y en más de una ocasión acabaron a tiros (así murió el primer marido de la hermana de mi abuelo, en una emboscada de la Guardia Civil a un par de maquis, que les pilló en medio), pero en general aunque era una vida austera, no pasaron calamidades.

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  5. @manuela escorial gracias a ti por tu comentario y por ayudar a tu manera con tus tardes en el corral, a que la Historia (en mayúscula pero escrita por gente anónima y casera) no se pierda :)

    Un beso!

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  6. Qué grandísimo artículo, enhorabuena.

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  7. Hola, me ha encantado la historia de Avelina. Mi abuela también cuenta muchisimas historias de la guerra y la posguerra. Ella siempre dice que no pasó hambre porque tenia diez hermanos varones que cazaban en las tierras del marques(furtivos, claro) y del extraperlo. Vivían en las afueras de guadalajara y traian todo lo que podían de los pueblos cercanos. Se jugaban la cárcel por traer dos panes y un kilo de lentejas que vendían para poder vestirse. Mi abuelo tuvo menos suerte. Vivía en el centro de la ciudad y se le llenan los ojos de lágrimas cada vez que se acuerda como algunas veces no comían sus hermanos para darle un chusco de pan a el que era el mas pequeño con mucha diferencia. Tenemos muchísima suerte de haber nacido después de eso, y deberíamos ser conscientes de esa suerte. Un beso

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  8. Anónimo5/21/2014

    Según iba leyendo tu relato, me acordaba de mi abuela, que le tocó vivir la miseria que sufrieron tantas familias después de la guerra (ella era viuda con tres hijos pequeños). Siempre nos contaba que, en una ocasión, una vecina le dio un cuartillo de aceite para que hiciese un guiso de patatas y alguna hierba del campo a los muchachos. Se equivocó de hierbas y cogió unas amargas que parecían acelgas y estropeó todo el guiso. Estuvo llorando por haber desperdiciado ese poco aceite que tenía...
    Después se dedicó a ser pantalonera, "sastra" de pantalones de pana para el campo: lo mismo los remendaba que los hacía nuevos ¡menudo lujo!, que daba la vuelta a las chaquetas (y quedaban con el bolsillo al otro lado). Su bien más preciado era la máquina de coser. El secretario del pueblo le dijo que mi padre "servía para estudiar" y que le mandara a la ciudad, y allá que fue ella a empeñar la máquina de coser para que su hijo estudiara... Una buena vecina vio que iba camino de la casa de empeño y le dejó el dinero para la matrícula, que se lo pagara como pudiera (creo que no se lo pudo pagar o lo hizo cosiendo para ellos). Mi padre pudo estudiar al fin.
    ¡Qué vida más dura, por Dios!
    Mayte

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  9. Hola Biscayenne…, me divierte muchísimo navegar por tu blog y ya lo he convertido en uno de mis favoritos…, me siento muy afin a tus comentarios. Enhorabuena. Si tienes 5 minutos, que de no estar tramando algo, seguro que sí… mira esta entrada que publiqué yo hace algún tiempo… Me encanta tu foto de la familia comiendo en torno a la olla en el medio de la mesa…., de verdad que te daba un premio por el blog… Hace poco estuve con amigos cocinando pulpo en un txoco en Bilbao… me encanta tu ciudad…, no me extraña que andéis "inspiraos"… Besos
    http://eloychef.blogspot.com.es/2014/04/polenta-y-papas-de-maiz-un-pedazo-de.html

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  10. Qué estupenda entrada y qué estupenda Avelina.

    Mi suegro, que no llega a los setenta, se crió en un pueblo de Ávila y también entonces había garbanzos todos los días. Y le encanta el cocido. Él y mi padre, que vivo algunas temporadas de su infancia en otro pueblo de Segovia por la misma época, recuerdan que iba un hombre al pueblo a hacer fideos a las casas. Y mi madre y mi suegra, más señoritas y más de ciudad, les miran tan alucinadas como nosotros, que nos parece otro mundo.

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  11. el dicky5/21/2014

    Qué bien escribes, jodía

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  12. Me ha encantado tu entrada.
    Mi familia tuvo mucha suerte en la postguerra. Tenían alguna tierra, unas pocas vacas de leche, alguna oveja u criaban un cochino y gracias a eso y a base de mucho esfuerzo (el clima aquí es muy frío y la tierra produce poco y a base de mucho trabjao) no pasaron hambre. Comida poco variada, a base de patatas, legumbre y algún añadido del cochino pero nunca les faltó un plato en la mesa, aunque fuera sin lujos. Además por los dos lados eran familias inusualmente cortas (sólo dos hermanos) y supongo que eso también se nota, cunde más un cochino para una familia de 4 que de 10. En las zonas rurales me da la sensación de que la situación fue un pelin menos mala (que no buena, desde luego) al producir ellos mismos la comida, pero aun así por mi pueblo también hay muchas gente que al no tener tierras o en cuanto caía el padre enfermo la pasó canutas.
    Entre todas las carencias de esos años lo que más recuerdan mis abuelos (y ahora mi padre) es la falta de pan blanco. En mi pueblo no se cultiva trigo (mucho frío) y tenían que conformarse con el pan negro del racionamiento, ese al que yo creo que echaban la espiga completa. Cuenta mi padre que cuando ya era un poco más mayor iba con otros mozos por la noche y a través del monte a un pueblo que está a 15 km. y donde si horneaban algo de pan blanco porque tenían trigo. Dice que alguna vez la guardia civil se lo requisaba a la vuelta, pero por suerte no habla de más castigo. Supongo que tuvieron suerte y les tocaron unos guardias civiles, que también las pasaban canutas, que pensaron que así se aseguraban de comer pan blanco también ellos. No acaban de entender que me gusten los panes integrales y de centeno.
    Una época durísima y una gente valiente para salir adelante a pesar de todo. Me fastidia mucho cuando ahora oigo a algunos decir que con la crisis estamos volviendo casi a la situación de la postguerra. Me parece una frivolidad tremenda. Estamos mal y mucha gente lo está pasando canutas, pero afortunadamente estamos muy lejos de lo que fue aquella situación. A veces me da la sesación de que se nos olvida la suerte que tenemos con la época en la que nos ha tocado vivir y lo mal, pero verdaderamente mal, que lo pasaron nuestros padres y abuelos hace no tantos años.
    Me encanta tu afición a las fotos antiguas. Me recuerdas a mi tía. Le encantaba sacar el album y empezar a contarte quienes eran los de las fotos, historias viejas, anécdotas.

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  13. Hola, me ha encantado tu entrada, como todas, pero esta especialmente. Aunque soy de ciudad, yo me considero más de pueblo que las amapolas. Ya no tengo a mi abuela, pero me encantaba escucharla igual que ahora escucho las historias que cuentan mis tíos y mi padre de cuando eran pequeños. Sé que hacia en casa magdalenas y otros dulces. Por suerte mi tía tenia apuntadas algunas de esas recetas y hace poco se las copie para poder tener un pedacito de ella con nosotros.
    No cambies, y sigue disfrutando del pueblo.
    Maite

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  14. Me encanta cuando escribes de cocina, pero estas entradas casi que me gustan más.
    Mis hermanos y yo de pequeños pasábamos mucho tiempo con mis abuelos maternos y sí que es verdad que repiten las historias porque de tan repetidas y tan lejanas que me parecían, yo creo que no distinguía bien si eran realidad o no. A mí eso de que mi abuela me dijera que al colegio se llevaba pan sólo porque no tenían nada que ponerle al bocata o que si se lavaba el vestido tenía que meterse en la cama hasta que estuviera seco porque no tenía nada más que ponerse, me parecía rarísimo. Pero sobre todo, lo que era más difícil de entender era que a mi bisabuela (viuda con siete hijos) la hubiesen metido en la cárcel por comprar cosas en un sitio y venderlas en otro, que era como me explicaba ella lo que era el estraperlo.

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  15. Si es que tengo una suerte que no me la creo...con mis dos abuelitas que me siguen cuidando como si fuese un niño, y ya tengo 31, y una de ellas es Avelina, "La Pequeñaja" como yo la llamo:) Un saludo Ana desde tierras inglesas y ya sabes que cuando queráis venir a hacernos una visita, sois más que bienvenidos! David y Lucía

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  16. @David Rodriguez éste es un día épico y para recordar, el Davicín escribiendo en mi blog! :) Besos enormes hasta Bristol y más allá, a ver cuándo nos vemos vecino!!!

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  17. @Virginia Vera Lillo a este paso voy a tener que fabular más y recetar menos, porque a todo el mundo le gustan las historias de mesa camilla :) Gracias por compartir tu trocito de Historia!

    Besos

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  18. Anónimo5/23/2014

    Bravo Ana eres una fenomena!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Huanshu Marshení.

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  19. ¡Enhorabuena por la entrada y por todo el blog en general! Te cuento una historia. En Vigo, como en toda Galicia, la guerra no duró más que unos días y luego vino una represión atroz y el hambre, que duró casi una década. Mi abuela era la hija de un sastre viudo que, para dar de comer a sus 10 hijos, empezó a trabajar en la jefatura local de Falange confeccionando uniformes para los soldados del frente. Aunque en casa entraba algún dinero, no había posibilidad de comprar porque el racionamiento era muy estricto y el estraperlo se quedaba en zonas más cercanas a la frontera con Portugal. Cuentan los viejos que en Galicia se pasó menos hambre en el campo que en la ciudad por cuestiones obvias y mi abuela Juana recuerda vivamente cómo a sus 20 años iba a los cafés elegantes de Vigo a mendigar por los posos del café para recocerlos y poder tomar algo más que agua caliente. La situación llegó a ser tan penosa que durante muchos meses en casa tenían que someter a votación si se cenaba o se desayunaba al día siguiente porque no había para las dos cosas. Voy al grano. La anécdota más simpática, y que a mi abuela y a su hermana (96 y 94 añazos) les sigue dando risa, ocurrió cuando el novio de otra de sus hermanas llegó a la casa familiar con un lacón de cerdo. No me puedo ni imaginar la cara que pusieron cuando después de estar comiendo pan negro y lentejas cocidas en agua durante meses les aparece este tipo con el lacón. El caso es que no era un regalo sino un favor: tenían que cuidar del lacón mientras él estaba fuera de la ciudad ya que no se fiaba de la casera de la fonda en la que él vivía. Mi bisabuelo aceptó cuidar del lacón y dejó que su yerno se marchase tranquilo. Como te podrás imaginar, esa misma noche, del lacón no quedaban ni los huesos. Toda una familia de 11 miembros fue feliz por primera vez en mucho tiempo. Al volver el legítimo dueño, el bisabuelo, más chulo que un ocho, le explicó la situación y el otro no tuvo más que aceptar el destino de su preciado lacón, en parte por la culpa de habérselo dejado a una familia famélica y en parte por no contrariar a su suegro, Don Paulino Pérez "O Xastre".

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