Ah, la nevera. Ese electrodoméstico tan sufrido y necesario que lo dice todo acerca de sus dueños. Hay neveras milimétricamente ordenadas e impolutas llenas de tápers marcados con fecha, neveras normales con algún que otro error de clasificación, y luego está la mía, en la que nunca encuentro nada y los yogures están detrás de los pimientos. Cuentan por ahí que también existen neveras de gente sin alma ni corazón que nunca come o cocina en casa y que sólo albergan un limón reseco y latas de cerveza, pero yo nunca he visto ninguna.

La pobre nevera (o frigorífico, o refrigerador, o heladera, como queráis llamarla) es hoy en día algo tan normal y ordinario que nadie presume de ella. Pero en 1962 por ejemplo, que no es hace tanto, solamente había 150.000 frigoríficos en toda España. Entonces la gente tiraba de despensa, fresquera y sanseacabó. Ahora nos cuesta hacernos a la idea de que antes se cocinaba, conservaba y aprovisionaba sin necesidad de tener un frigorífico, pero así funcionó el mundo durante siglos.

Con suerte se contaba con un armario de madera aislado con corcho que se llenaba de nieve y del que sólo nos ha quedado el nombre del aparato moderno que cumple la misma función, la nevera. La producción de hielo artificial a finales del s. XIX facilitó la labor de las amas de casa y arruinó el mercado de la nieve, pero así es la vida moderna. Después llegaría el refrigerador eléctrico, que no requería de hielo ni nada porque enfriaba él solo, y ya fue el despiporre.

Pero pensemos que cuando este invento llegó a España de mano de los norteamericanos, una nevera no sólo costaba una barbaridad (casi dos mil pesetas de los años 30, como un coche) sino que necesitaba una instalación eléctrica doméstica que casi nadie tenía en aquel entonces. Por poner un ejemplo, veamos un anuncio de la marca Frigidaire de 1928, en la revista Blanco y Negro:




Nótese lo de "algunos ilustres propietarios del Frigidaire", entre los que figuran la flor y nata de duques, marqueses y condes de le época, muy modernos y cosmopolitas, y a los que se sumó el mismísimo rey Alfonso XIII el año siguiente, cuando se compró una nevera para palacio y le metieron en la lista de ilustres frigoristas.

Sólo este refrigerador automático hace que, aun en las épocas más calurosas, sus criados puedan servirlo todo en su punto. Ensaladas variadas, crujientes y frescas; vinos a la temperatura debida; postres y cremas heladas en su grado justo de congelación; frutas aromáticas y jugosas; todo llegará a su mesa exquisito, apetitoso y perfectamente conservado gracias al frío seco del Frigidaire.
La muy aristocrática marquesa de Parabere, aunque su título fuera de mentira, fue la primera usuaria de una nevera eléctrica en Bilbao gracias a que un comercial se la regaló por haber alabado sus propiedades en un artículo de prensa (inaugurando la bonita tradición de que las marcas sobornen agasajen a los influencers). Hasta su casa iban en peregrinación todas las señoras bien de la ciudad para ver tamaña modernidad, y fue tal su labor en pro de las bondades de la nevera que en 1935, unas de las primeras marcas existentes en el mercado, Crosley, patrocinó su libro Platos escogidos de la cocina vasca.

"Entusiasta de la nevera eléctrica quiero llevar al convencimiento de todos que dichas neveras consideradas hoy en día como un lujo superfluo han de llegar a ser tan indispensables como lo es hoy en día el agua corriente, caliente y fría […] Además de sus muchas ventajas […] hay que hacer hincapié en otras muchas más interesantes cual es la buena conservación de los alimentos; fríos y cocinados, lo cual supone higiene y además economía dentro del presupuesto, lo cual acaba por cubrir con creces el gasto de una nevera y del fluido correspondiente a su funcionamiento."
anuncio de refrigeradores Crosley, 1935.


La primera marca de frigoríficos modernos de España, Frisan, se abrió en Bilbao (todo queda en casa) en 1938, después aparecieron Edesa (Bilbao, 1949) y en los años 50 Frimotor (otra bilbaína), Palacios (Burgos), Odag (Barcelona) y una fábrica de la americana Kelvinator en Madrid.

La progresiva industrialización y la mejora del nivel de vida hicieron que las neveras fueran poco a poco siendo más asequibles, y en los años 80 ya todo quisqui tenía una. Pero en los libros de cocina viejunos siguen las recetas de aquellos tiempos en los que se compraban barras de hielo para conservar los alimentos y que recomiendan "envolverlo en una manta de lana y mejor aún entre serrín" para que no se derritiera. Si entonces presentar un helado o bebida fría era el súmmum de la exquisitez, por aquello de los problemas logísticos, hoy en día está chupado quedar como un marqués descomplicando recetas gracias al uso de la santa nevera.

Una de ellas es la segunda en mi lista de bebidas pimplantes veraniegas. Si la semana pasada tiramos de tradición popular para hacer la audaurgozatza, hoy toca algo más finolis para rendir homenaje a la gurú del frigorífico. 


Aquí en casa tengo en un altar la foto de Maritxu la marquesa, que espléndidamente me regalaron con marco antiguo incluido cuando fui a hablar sobre ella a Robin Food. Mano a mano nos bebimos, ella en espíritu y yo con pulso firme, dos copas de cóctel de melón y champán. En la receta original, de Confitería y Repostería (1929), llevan el nombre mucho más elegante de coupes champagne. Lo de cóctel de melón suena cateto y como a bufé de boda de los 90, pero se entiende mejor.


Cóctel de melón y champán


Dificultad, así de primeras: gracias al invento de la nevera eléctrica, mu poca Probables complicaciones: sacar las bolas del melón sin que parezcan gurruños Sabor: a embolingue chic en casa del excelentísimo señor de Puturrú  Receta de inspiración: coupes champagne, de Confitería y Repostería (María Mestayer de Echagüe, Bilbao, 1929).

INGREDIENTES

medio melón muy maduro, sin pepitas
media botella de champán o cava, muy frío
1 dl de Cointreau u otro licor al gusto


La receta original incluye azúcar glas, que a mí me parece demasiado empalague si el melón está maduro. El Cointreau es opcional, solamente con la fruta y el cava queda perfecto, pero si gustáis se puede añadir este licor u otro que tengáis por casa; también se podría añadir un poco de ginebra por aquello de que no sea tan dulce.

Para que veáis los trabajos que daba el no tener nevera, los ingredientes se metían en un barreño hondo y éste se enterraba en hielo picado durante varias horas. El aviso de "no se le pone sal" viene a cuento de que se solía usar una parte de sal por tres de hielo para bajar más la temperatura, con el consiguiente peligro de que la receta sufriera un imprevisto regusto a salmuera. De esto ya hablaremos otro día cuando amplíe la historia de la refrigeración y sus usos prácticos caseros.

receta original de la marquesa

PREPARACIÓN: 
Teniendo nevera y congelador, la cosa cambia mucho y el cóctel se puede hacer mucho más fácilmente. Mi versión moderna usa trozos de melón, pero congelados, y parte de la fruta licuada.

La mitad del melón la cortamos en cuadrados del tamaño de cubitos de hielo, más o menos. Mejor aún y mucho más finolis es utilizar un sacabolas para arrancar bolitas. La marquesa nos daría su visto bueno por este toque tan aristocrático y de puturrú.


Las bolas se envuelven por separado (para que no se peguen entre sí) en film plástico y se meten al congelador por lo menos dos horas. Gracias a la tecnología se convertirán en cubitos para enfriar el cóctel y además poder comerlos después de trasegar el líquido de las copas. Así tenemos excusa y podemos decir que es una bebida alimenticia.

La otra mitad del melón se tritura con la batidora o licuadora, y se pasa por un colador fino para quitar la pulpa que pudiera tener. El líquido resultante se enfría en la nevera a la vez que la botella de cava superviviente de las Navidades que hemos encontrado por ahí. Se podría mezclar todo ya, pero perderíamos la gracia de las burbujitas doradas.


En unas copas lo más viejunas posible, de cuando reinó Maricastaña o las que le regalaron a tu madre cuando se casó (sí, ésas de color verde talladas), echamos varias bolas de melón congeladas. En una jarra echamos el zumo de melón y la media botella de champán, mezclando suavemente, y rellenamos las copas.

Es hora de estirar el meñique y brindar, aunque sea a tu propia salud y vestido con pijama. El glamour auténtico es así, cuando te da la gana.



No me resisto a poneros unos cuantos anuncios viejunos de neveras, para que veáis cuánto hemos cambiado. Imaginaos vuestra vida sin frigorífico. Horror.

frigorífico Westinghouse de los años 30, muy parecido al que tendría la marquesa

anuncio de las primera neveras Frisan

Kelvinator de los años 50. Los americanos estaban mucho más evolucionados que nosotros :)

anuncio de Frisan de los 60. "¡Qué felicidad, me compró un refrigerador!" Ejem.

A todo esto, otro día os enseñaré anuncios viejunos de alimentos y bebidas, que son una de mis manías persecutorias. De mientras, brindad con salud.


A mí en cuanto me planto las alpargatas me dejan de apetecer las alubias. Otras personas hacen cambio de armario, o limpieza general o yo qué sé, pero yo me doy cuenta de la llegada del verano el día en que de repente me entra antojo de gazpacho. Las alubias también me las como, pero de pensar en ellas me entran sudores.

Así que como estamos en julio y además estoy a semidieta después de comer tanta tortilla (tengo hambre, tengo hambre, quiero panceta pero no me atan los pantalones), voy a dejar las recetas con sustancia calorífera para más adelante. Ahora nos ceñiremos durante un tiempo a las bebidas fresquíbiris que son lo que mejor entra cuando estás tirado en el sofá ahogado por tu sudor veraniego.

La primera será una receta muy viejuna y bastante olvidada, tanto que casi no tiene resultados en Google y de los que salen, la mitad son meta-referencias mías porque la mencioné una vez en un artículo de El Comidista. Os hablo de la ardaurgozatza, término que no tiene fácil traducción al castellano así que dejémoslo en que es una especie de limonada a la vasca. 





Tan vasca, tan de Euskadistán que Dionisio Pérez alias Post-Thebussem, periodista, escritor e insigne tragón decía en su “Guía del buen comer español” de 1929:

"Los vascongados legítimos no toman después de la merienda café ni champagne, ni ron, ni ningún otro producto del moderno y maldito liberalismo. Se continúa apurando la Ardaurgozatza, hasta que no quede ni una ondarra en el cubo ni una persona en la mesa".
Es un poco exagerado, porque en 1929 por supuesto que los vasquitos y neskitas bebían café, champán y lo que se les pusiera por delante después del chuletón, pero asumamos que habla de alguna aldea perdida e irreductible. La ardaurgozatza o limonada fue durante muchos años la bebida oficial de largas cuchipandas estivales, como cuenta Emiliano de Arriaga en "La Pastelería" (1908). En ese libro se describe una merienda celebrada en 1852 con menú de mojojones, bacalao en salsa roja, alpargata con tomate ¡? , chuletas asadas a la parrilla y limonada, durante la cual organizaron un concurso de elaboración del citado refresco en el que pimplarían cosa fina.


Dejémoslo en que la ardaurgozatza es una prima hermana de otros grandes inventos de la humanidad como la sangría, el zurracapote o la limonada leonesa de Semana Santa. Todas las recetas que he encontrado cuentan únicamente con agua, limones, vino y azúcar, pero en Orozko por ejemplo es muy tradicional una variante llamada limonada de txakoli, que es una especie de granizado hecho en heladera o garrafa manual a base de limones, agua, txakoli y brandy.

Recuperemos este clásico refrigerio, que entra como quien no quiere la cosa y embolinga cosa fina. Es ligero, fresquito, extremadamente fácil y con sabor a limón, qué más queréis.


Ardaurgozatza o limonada vasca

Dificultad, así de primeras: apta para personas previamente embolingadas  Probables complicaciones: sólo hay que tener paciencia, pequeños pádawans Sabor: a merienda cena en día de calor  Receta de inspiración: una mezcla de la fórmula de Dionisio Pérez en la "Guía del buen comer español" (1929) y la que aparece en "La España dulce" (Flor Díaz Viñas, 1989).

INGREDIENTES para más de 1 litro de pimple

800 ml de agua
4 limones
200 ml de txakoli o vino blanco
200 ml de vino tinto
50 g de azúcar


Las recetas que he consultado son bastante vagas en cuanto a cantidades de azúcar, así que si os gusta más dulce, añadid más sin ningún problema. Reducid o aumentad las cantidades de todo para hacer más o menos bebida y chimpún.

La cuestión es poner la mitad de la cantidad de agua en vino, en teoría dividido entre blanco y tinto, pero podéis poner sólo blanco, o sólo tinto, o lo que más rabia os dé. Admite también un chorrito de brandy u otro licor, e incluso un buen aporte de sifón.

PREPARACIÓN: 
No tiene ninguna dificultad más allá de encontrar un recipiente con tapa y boca ancha en el que quepa todo el líquido y se puede meter en la nevera. Si tenéis una garrafa genial, pero como yo no tenía estrujando el magín opté por un tarro grande de cristal.

Lo primero es lavar y pelar los limones, quitando la corteza con el mínimo de blanco posible para que no amargue. Se introducen en el recipiente con el agua y se deja reposar 24 horas tranquilamente, dándole un meneo de vez en cuando aunque sólo sea para ver cómo el agua se va volviendo amarilla.


Al día siguiente se agrega el vino y el azúcar, revolviendo bien para que se éste se disuelva, y se refrigera el resultado. Para beber la ardaurgozatza es más práctico colarla pero si no la vais a terminar de una sentada es aconsejable dejar las peladuras de limón dentro del bote para que sigan aromatizando el pimple.

En cuanto echéis la parta de vino tinto cogerá todo un fuerte color rojizo, así que si os hace ilusión que siga pareciendo inocente limonada, optad por usar solamente vino blanco.


Alehop, ya está terminada. Si no vais a usar los limones pelados en otra cosa, partidlos en trozos y metedlos también dentro del mejunje, o cortad unas rodajas bonitas para adornar los vasos. Bebedla bien fría e incluso con hielo picado.

Recordad que la corteza es lo que hace que el limón no se reseque, así que si vais a guardarlos para otros menesteres, envolvedlos en papel film para que no se momifiquen.



Os dejo aquí unas cuantas variantes de la receta que aparecen en el libro de Ana María Calera "La cocina vasca", por si queréis experimentar. Más abajo, lo que dice el señor "Post-Thebussem" sobre el particular.

soy muy fan de lo de "vino rancio"


Por cierto, para los que estén asombrados por la magia de los vasos de las fotos: son vasos de txikito, típicos de Bilbao y felizmente recuperados para el mundo hace pocos años. Pesan la friolera de más de 600 gramos cada uno y próximamente merecerán un post para ellos solos, porque son una preciosidad. 

Salud, buen provecho y feliz pimple.



*Fotos realizadas con una cámara Nikon d5300
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