Ya, ya sé que os tengo abandonados y que casi no pongo recetas, pero veréis, después de casi dos años en la cola del paro tener de repente dos trabajos me quita todo mi mojo vital. Después de saberlo, ya no os podéis quejar más porque estaría feo y todo el mundo sabe que trabajar por un jornal es lo primero, lo único, lo... Bueno, no tanto. Pero sí es importante y acostumbrada como estaba a vagar en pijama todo el día mesándome los cabellos, ahora tengo muchas más obligaciones. Sigo en pijama pero delante del ordenador. A veces hasta tengo que salir a la calle e interactuar con personas de verdad, ahí a lo loco.

He tenido una suerte bárbara y por ahora (cruzad los dedos para que sea por mucho tiempo) me dedico a menesteres muy interesantes que han surgido a través de este bloguito. Quién lo iba a decir, ay. Hago lo mismo que antes (escribir, googlear en bucles infinitos y buscar fotos viejunas) pero para otros, y me queda poco tiempo para hacerlo aquí. 

Toda este rollo para contaros por qué escribo menos. Vayamos al grano. Al tener menos tiempo disponible cocino menos, como menos (mis pantalones lo atestiguan) y me he dejado de experimentos. El fin de semana hago algo que me apetece mucho mucho zampar y ya se sabe que las recetas desconocidas a veces salen un churro, por lo que a partir de ahora me limitaré a probar fórmulas certificadas. Por mi madre, por la vuestra o por alguien de quien me fíe mucho. Y así, de manera extraña, he puesto mis zarpas encima de las recetas literarias.


Para los lectores empedernidos y bibliófilos como yo, la palabra escrita es padre, hijo y espíritu santo. Y la de ciertas personas, más aún. 

Si la libertad significa algo, es el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír. (Prefacio de "Rebelión en la granja")

Es curioso lo poco que se reconoce la trascendencia de la comida. En todos los sitios hay estatuas de políticos, poetas, obispos, pero nunca de cocineros, charcuteros o verduleros. ("El camino a Wigan Pier")
Eric Blair (Motihari, India 1903 - Londres, Reino Unido 1950) fue policía, profesor, librero, miliciano y fregaplatos. Aunque seguramente le conoceréis por haber sido también periodista, ensayista y novelista bajo el pseudónimo de George Orwell. Pocas personas han escrito tan lúcidamente como él sobre los peligros del totalitarismo y los límites de la libertad humana, y lo mejor que podéis hacer no es leerme a mí hablar de él sino arramplar un ejemplar de Rebelión en la granja o 1984.

La cuestión es que Orwell me cae intrínsecamente bien, y en casa tengo a un fan suyo bastante lóquer. Sólo era cuestión de tiempo e interné averiguar que el señor Blair le daba mucha importancia a la comida. Cuando no la tuvo, porque pasó mucho tiempo infiltrado como mendigo y pobretón para conocer las condiciones sociales de los más desfavorecidos, y cuando la tuvo. Trabajó en las cocinas de un hotel de París y escribió dos ensayos sobre gastronomía. Le gustaban la cerveza, los arenques, los mejillones, las galletas de alcaravea y en general, los platos tradicionales.

En 1945 publicó un artículo en el Evening Standard en defensa de la cocina inglesa, en 1946 un ensayo acerca del arte de tomar una taza de té, y por las mismas fechas escribió otro no publicado sobre la gastronomía británica

La cuestión más importante acerca de la cocina británica es que se estudia mejor en los hogares, particularmente en en las casas de clase media y trabajadora que no han europeizado sus gustos. Los restaurantes baratos son casi siempre invariablemente malos, y en los caros el menú es francés o de imitación francesa. Generalizando, se podría decir que la dieta británica es sencilla, bastante fuerte e incluso ligeramente bárbara [...] Es la dieta de un país húmedo y nórdico, donde la mantequilla es generosa, las bebidas alcohólicas aceptadas a cualquier hora y las especias y el aceite vegetal ingredientes exóticos. 
Al final del artículo da varias recetas 100% británicas: welsh rarebit, pudding de Yorkshire, tarta de melaza, mermelada de naranja, pudding de Navidad y cómo no, el plum cake.

receta original mecanografiada por Orwell. Podéis ver todas aquí vía Flickr The Orwell Prize

Se ve que le gustaba el dulce más que a un tonto un lápiz, y encima tenía buen gusto y buena mano, porque el bizcocho está buenísimo, excelso. Con un porrón de mantequilla, pero qué coño, sólo se vive una vez.


Plum cake de George Orwell

Dificultad, así de primeras: si sabes leer lo sabes hacer Probables complicaciones: cortar las frutas en trozos menudos, agénciate un esclavo o un triturador Sabor: a desayuno reconfortante mientras lees un libro manoseado  Receta de inspiración: Plum cake, de British Cookery, George Orwell (British Council, 1946).

INGREDIENTES
250 g de mantequilla a temperatura ambiente
170 g de azúcar
3 huevos grandes
250 g de harina
80 g de cerezas secas o confitadas
120 g de pasas sin semillas
120 g de almendras o avellanas tostadas
120 g de piel de cítrico confitada
ralladura de 1 limón y 1 naranja
1/2 cucharadita de especias variadas (canela, nuez moscada, jengibre, cardamomo)
sal
1 vaso de brandy o licor similar

Las cantidades son aproximadas, traducidas del sistema métrico de libras y onzas. La receta original lleva un tercio de cantidad más de todo, pero 340 g de mantequilla me parecían demasié hasta a mí. Con los ingredientes que os pongo sale un plum muy decente en molde alargado normal.

Posibles variantes porque no tienes no sé qué o no sé cuál: puedes poner las frutas que quieras en distintas cantidades. Cuantas más mejor, pero pueden ser también ciruelas pasas, arándanos, orejones... Lo verde de las fotos es una piel de limón de color radiactivo que compré y estaba sorprendentemente buena, le añadí además naranja confitada.

Si no queréis echarle alcohol sustituidlo por la misma cantidad (vaso normal, no gigante) de zumo de naranja, no es lo mismo pero en fin. 

PREPARACIÓN
Lo primero, es tener la mantequilla a temperatura ambiente o punto de pomada. Si no, mal vamos porque tendremos que esperar a que se ablande para poder batirla con el azúcar.

Gracias a la tecnología podemos usar una batidora que acortará el proceso de elaboración dándonos años de vida. Se bate pues la mantequilla blanda con el azúcar hasta que la mezcla se esponje, unos 5 minutos. Después se añaden los huevos uno a uno, batiendo bien después de cada adición (los huevos es mejor tenerlos fuera de la nevera, porque si no, enfriarán la masa y se quedará con aspecto cortado al solidificarse la mantequilla. Pero no se ha echado a perder ni tenéis que poneros a gritar, seguid como si nada)

Si os habéis fijado, la receta original no lleva Royal ni otra clase de impulsor para que suba el bizcocho. La clave está en batir muy bien la masa para crear burbujas de aire y que suba naturalmente, pero si no podéis vivir sin él, sin ningún problema se puede echar un poco. Lo añadiríamos a la harina tamizada y chimpún.


La harina se tamiza con su correspondiente tamizador o a lo pobre con un colador, y se mezcla con una pizca generosa de sal y el impulsor optativo. Se agrega a la masa en tres tandas, batiendo bien después de cada vez para no tener grumos. Al gusto se añaden ahora las especias, media cucharadita en total de lo que tengáis en casa (jengibre, canela, nuez moscada, clavo, cardamomo...) molido en polvo.

Las frutas y frutos se cortan en trozos pequeños, para encontrarte tropezones por todos lados. Lo más práctico es meterlo todo a la vez en un triturador y darle un par de veces al botón, sin que se nos haga una mezcolanza espachurrada.

Se echan los frutos a la masa, se reparten bien con un cucharón y luego se echa la ralladura de limón y naranja y el vasito de licor. Se mezcla todo bien y ya estamos listos para encender el horno a 180 grados arriba y abajo.

Mientras se calienta, preparamos el molde de plum (si no tenéis vale uno redondo) untándolo con mantequilla y enharinándolo ligeramente por el fondo y los bordes. Un poco de harina, no a cholón, y después lo volcamos sobre el fregadero para quitar el sobrante.


El molde se mete en el medio del horno y se deja 10 minutos a 180 grados, y después se baja la temperatura a 160. Aquí a Orwell se le fue un poco la pinza y dice que hay que cocerlo durante tres horas y media. Error que le perdono de corazón. En realidad, con tres cuartos de hora más vale de sobra, y mejor ir revisándolo a partir de los 35 minutos. El mítico palillo o brocheta insertado tiene que salir bastante limpio pero aún húmedo, porque no queremos que nos quede un bizcocho seco como la mojama.

Cuando esté en su punto tendrá cresta, color dorado y un olor celestial. Y se deja enfriar dentro del molde antes de comerlo, ansiosos.


Como decía Orwell, "cuando lees una obra con un estilo muy personal, tienes la impresión de ver una cara detrás de la página". Yo las veo cada dos por tres, e intentaré traeros sus mejores obras pasadas por el traductor automático de los fogones. De momento valga ésta como señal de que no se me ha olvidado cocinar ni comer. 

Para saber más:
* Fotos hechas con una Nikon D5300 cortesía de Nikon :)


IMPORTANTE: atentos todos porque se acerca el adviento y habrá un especial de cocina viejuna. Tendrá lugar también el magno I Premio Nacional de Cocina Viejuna, inventado por servidora y auspiciado por gente muy loca pero muy amable. Y una cita que tendremos el próximo jueves y.... 



A lo más que me puedo yo retrotraer en cuestión de leches es a cuando venía refrigerada y en bolsa de plástico. Un envase, si es que se le puede llamar así, eminentemente engorroso que se espanzurraba a la primera de cambio.

Entonces, allá en los 80, la leche desnatada era cosa de enfermos, diletantes y señoritas que cantaban en anuncios de Pascual. La leche de casa era entera y bien entera, dejaba un tacto pegajosote en las dichosas bolsas y se ponía mala enseguida. Incluso hubo una táctica digna de posguerra en los colegios públicos, que consistía en dar toooodos los días un vaso de leche a los niños junto a la pastilla de flúor, creando traumas lácteos de por vida.

La otra versión de la leche, la del pueblo en verano, era la de la lechera de plástico blanco con tapa verde. Uno de mis hitos en "hacerse mayor" fue cuando mis padres me empezaron a mandar, montada en la BH y lechera en ristre, a la casa del vecino que nos suministraba. Así empezaba el ritual, aliñado con olor a boñiga, seguía con la cocción tendente a la requemación y acababa con mi madre quejándose de la vida rural.

Leche bien cocida, tres veces subida.

La leche y el vino hacen al viejo niño.

Si viajamos un poco más atrás en la máquina del tiempo mental, igual alguno de vosotros se acuerda del lechero. Que no era un señor sonriente con gorra de cartero y cesta de níveas botellas blancas. Eso es en las películas americanas, zoquetes. Era más bien algo así:

lechero de Mungia en las calles de Bilbao. Adolfo Lino de Zabala, 1959 
Los lecheros, tanto hombres como mujeres, repartían la leche por las casas a primera hora de la mañana, después de ordeñar. Andando, en burro, mula, carro de bueyes o caballos y más tarde en moto o furgoneta, hiciera bueno, malo o regular. Porque las vacas no cogen fiesta. 

Lecheras de Pola de Laviana, Asturias. Valentín Vega, 1948
La leche recién ordeñada, cruda y sólo colada se metía en cántaros de zinc de 20 o 50 litros. De ellos luego en el reparto se extraía la leche para el comprador con unos recipientes de cuarto, medio, un litro o más. Uno de ésos, roto, tengo yo en casa como recuerdo de mis viajes al establo de mi vecino. Cuando el año pasado quise ir de nuevo a por leche cruda me costó dios y ayuda encontrar una lechera, hasta que di con una superviviente de los años 70 en una ferretería viejunísima. Me hacía ojitos desde su estante lleno de polvo y humillación, la pobre.

Lechera de Córdoba. Jean Laurent, ca.1870. Fototeca del Patrimonio histórico

Valgan estas fotos viejunas (adjetivo dicho desde el cariño) para recordar a todos los sufridos lecheros que paliaron un poco el hambre y para que echéis una lagrimilla mientras contáis historias de cuando reinó Maricastaña.


Ordeñando cabras en pleno centro de Granada. Otto Wunderlich, ca 1930. Fototeca Patrimonio histórico




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