Internet es un invento maravilloso, fuente inagotable de conocimientos y a la vez origen de patrañas, rumores, dimes, diretes y mentiras varias que gracias a San Google se van estableciendo como verdades. Si tienes una duda, la tecleas en el buscador y obtienes chorromil resultados de entre los cuales eliges normalmente el primero, que suele ser la correspondiente entrada de Wikipedia . Piensas que si sale el primero de la lista, por algo será. El problema surge cuando uno se fía ciegamente de las Diversas-pedias y del supuesto conocimiento absoluto de sus editores. Perico Palotes sienta cátedra diciendo que tal hecho ocurrió de tal manera, Fulanito el periodista lo versiona, Manolita la estudiante lo copia pega y Pepito el bloguero lo fusila vilmente, en una especie de teléfono escacharrado que crea contenido y enlaces a cascoporro a lo largo y ancho de Internet. De modo que cuando tú vas a buscar ese dato sale replicado en mil sitios y lo das por cierto.

Así se perpetúan los errores y ocurre que hoy, 31 de diciembre, se sigue diciendo mayoritariamente que comemos doce uvas en Nochevieja porque vete tú a saber cuándo hubo un excedente de producción de uva y los agricultores fueron tan cucos como para meternos una nueva tradición navideña entre ceja y ceja. Que esto lo cuente tu cuñado para hacerse el interesante tiene un pase, pero que caigan en ello los medios de comunicación ya es otra cuestión (por no hablar de revistas teóricamente dedicadas a la historia, ejem). La famosa fecha de 1909 y el cuento del exceso de uva se repite como un mantra y copa la mayoría de enlaces ofrecidos por la búsqueda "uvas Nochevieja historia".

Nochevieja en la Puerta del Sol. Dibujo de Arteches para la revista Crónica, 1933
Quitando que en aquellos años se tardaban cuatro o cinco días en llevar las uvas desde Almería, Alicante o Murcia hasta Madrid y otras provincias, que la gente era más reacia que ahora a adoptar costumbres nuevas y que no existían los medios de publicidad que hay ahora, ni el concepto de márketing ni los trending topics, no existe ningún documento que atestigüe que en la Navidad de 1909 hubiera uvas a motrollón a precio de saldo. Ni una campaña masiva de promoción para atragantarse durante las doce campanadas.

De lo que sí hay pruebas es de que las uvas son una tradición madrileña exportada después al resto de España y sus colonias, y la dificultad estriba en fechar el invento. Existen honrosos intentos de buscar la uva primigenia, como este currado artículo de Wikipedia o este impagable texto de Gabriel Medina con su bibliografía y con su todo, que ha sido copiado varias veces sin mencionarle. En uno dan como fecha de la primera mención a las uvas de Nochevieja el año 1894 y en el otro, 1895.

Con orgullo de rata de biblioteca virtual puedo decir que yo he conseguido estirarla un poco más, hasta el 31 de diciembre de 1892. El mérito es de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca de Prensa Histórica del Ministerio de Cultura. Yo lo único que he hecho ha sido despistojarme delante de la pantalla del ordenador.



En el periódico madrileño «La Iberia» del 1 de enero de 1893, página primera, se refieren a otra publicación diciendo:

No sabemos si El Estandarte habrá seguido la costumbre de comer las uvas á las doce de la noche en punto de ayer, para preparar la felicidad del año nuevo. Pero si las ha comido, seguramente las ha encontrado verdes.
Entendemos pues que en 1892 lo de las uvas era ya costumbre, pero no he podido encontrar ninguna referencia anterior. Es posible que exista ahí fuera pero la búsqueda es endemoniada porque en la hemeroteca de la BNE salen miles de resultados poniendo «uvas». Tampoco puedes acotar con  «Nochevieja» porque entonces no se llamaba así, sino que podía ser Día del Año, Víspera de Año Nuevo, del Nuevo Año o Año Saliente. Un lío. 

En 1894 varias publicaciones (todas de Madrid) se refieren al tema de las uvas engullidas a prisa y corriendo para tener suerte en el año venidero. Algunos periódicos se refieren al hecho como a una nueva moda y otros parece que la dan por asentada y digerida desde hace tiempo. El 1 de enero de 1894 el diario «El Imparcial» publica un artículo titulado "Las uvas bienhechoras":

La costumbre ha sido importada de Francia, pero ha adquirido entre nosotros carta de naturaleza. Hasta hace pocos años eran muy contadas las personas que comían uvas el 31 de Diciembre al sonar la primera campanada de las doce de la noche. Hoy se ha generalizado esta práctica salvadora, y en cuanto las manecillas del reló señalan las doce, comienza el consumo de uvas más ó menos lozanas. Es cosa indiscutible, según algunos autores. Las uvas, comidas con fe la última noche del año viejo, proporcionan la felicidad durante el año nuevo. Cómelas la casada para ver si consigue modificar el carácter del eposo irascible; la soltera para inñamar el corazón del galán indiferente y desdeñoso; la viuda para llegar á las segundas nupcias, y la fea, en cualquier estado, para conseguir el mejoramiento de las facciones que le ha legado naturaleza. Hay enfermo que confía más en las uvas que en todos los remedios del mundo.

Artículos de "El Correo Militar" y "La Correspondencia de España", 2 de enero de 1894

Sin embargo al día siguiente «El Correo Militar» califica la costumbre de imperecedera, así que no nos acabamos de aclarar. En «La Correspondencia de España» dicen que las uvas son tres y que servían para pedir alegría, salud y dinero. Lo de que fuera una moda copiada de los franceses tampoco es seguro: sí que se menciona en un par de fuentes más y es verdad que entonces todo lo que sonara a francés se convertía automáticamente en algo chic, estiloso y rápidamente copiado por las clases altas (los hipsters trendsetters de entonces). En la edición de «La Dinastía» (Barcelona) del 13 de ese mismo mes se cuenta que los parisinos elegantes "felicitan a sus parientes y amigos, al dar las doce, distribuyendo sonoros besos, más o menos expresivos, y haciendo honor al tradicional racimo de uvas negras".

Las uvas españolas no sé si serían negras o blancas, pero con mucha probabilidad eran de Almería o de Gijona (tal cual así escrito, lo que ahora llamamos las uvas del Vinalopó), que llegaban a Madrid con los turrones y se vendían durante los días de Navidad. Se combinaban con champagne en las casas ricas, como la del presidente del Consejo de Ministros en la Nochevieja de 1895. 

La moda de las uvas no estaba del todo bien vista, al parecer :) "El Siglo Futuro", 2 de enero de 1896

En 1897 el tema de las uvas era tan común que se lo tomaban un poco a chanza, riéndose de las supersticiones y la creencia en la superchería de sus fieles:

LAS UVAS MILAGROSAS: Para obtener la dicha durante un año entero es preciso comer doce uvas el 31 de Diciembre, al sonar la primera campanada de las doce de la noche. Dicho se está que la baratura del artículo coloca el amuleto al alcance de todas las fortunas y por consiguiente son pocas las personas que dejan de verificar la sencilla y grata operación. Pero se ha observado que con uvas y todo, hay seres á los cuales no llega la virtud de la medicina; y lo primero que les sucede es caer en la cama, víctimas de un cólico, y después se llenan de granos y de hijos y de todo género de calamidades. Los inteligentes en amuletos afirman que esto consiste en que no todos saben cómo se co-men las uvas, y que no basta meterlas en la boca y tragarlas tranquilamente. —No, señor—me decía un nigromántico da la provincia de Huesca que está aquí de paso.— No todos saben comer uvas. Lo primero que hay que hacer es lavarlas; después se colocan en fila sobre una mesa mesa; si la mesa tiene tapete de hule, mejor. Después se las va cogiendo una á una, y sin quitarlas el rabillo se comen todas á la vez, inclinando la cabeza al lado derecho. Con esta sencilla operación se consigue un año de felicidades. Otros dicen que no hay tal cosa: que las uvas deben comerse de pie, una tras otra, sin tomar respiración, y que al tragar la última es preciso dar una vuelta de vals y después acostarse. En esto de las uvas se ven cosas muy raras.
Lo importante es que ahí resaltan que las uvas eran baratas, de modo que no hacía falta la famosa supercosecha para ponerlas a disposición de la clase popular. Antes de que las campanadas, las uvas y el desenfreno se instauraran en la vida de los españoles, lo que se hacía era quedarse en casa, rezar con recogimiento y si acaso montar un teatrillo familiar jugando a los estrechos y leyendo los "motes para damas y galanes", que eran unas obritas de teatro humorísticas que se representaban entre amigos. El fiestón grande de las Navidades, al menos en Madrid, era la noche de Reyes. Los lugareños salían de farra a engañar a algún asturiano o gallego recién llegado a la ciudad y le hacían creer que los Reyes Magos eran de verdad. Como los gamusinos pero con alcohol. Debido al desfase y a las diversas tropelías que ocurrían esa noche, en 1882 el ayuntamiento empezó a cobrar cinco pesetas (una barbaridad para la época) a todos los que quisieran ir de parranda por las calles madrileñas. De modo que los chulapos se quedaron sin jarana popular. Hasta que decidieron adoptar la moda de las uvas de una manera un poco menos aristocrática que los ministros: comiéndolas delante del reloj de Gobernación de la Puerta del Sol. El mismo reloj que ahora vemos durante la retransmisión de las campanadas, colocado en 1866. Lo de copiar la toma de las uvas no queda claro si fue por emular a la clase alta o para chotearse de ella, porque existen versiones para todos los gustos.

Por una razón o por otra, aquello gustó. Sobre todo a los fruteros, que se frotaban las manos ante la demanda y empezaron a hacer publicidad de ello:

Anuncio de "El Imparcial", Madrid, 29 de diciembre de 1898

Hasta principios del siglo XX no queda establecido el número de uvas en doce, que hasta entonces podían ser tres, seis o las que a uno le dieran la gana. Seguramente la dichosa fecha de 1909 coincide con la implantación nacional del uso de comerlas: pronto fue replicado en Tenerife, Mérida o La Coruña. En 1903 se habla por primera vez en prensa de la fiesta de la Puerta del Sol, y en 1905 el gentío que acudía era tan grande que se cerraron las calles adyacentes y hubo muchísimas quejas de vecinos indignados por tamaña "fiesta salvaje propia de ignorantes y gente vulgar". La tradición de las doce uvas fue vista durante mucho tiempo como algo pagano, supersticioso, anticristiano e incluso fruto del contubernio judeo-masónico, pero eso lo dejo para el próximo año. Para que se vea que no todo el mundo aceptaba alegremente la nueva e impuesta tradición valga este artículo de «El País» del 1 de enero de 1915:



Pasad todos una feliz salida y entrada de año, y no os olvidéis de contarle al pesado de vuestro cuñado el porqué de las uvas. 

"Nuevo Mundo", 2 de enero de 1931



Ando estos días investigando el porqué, el cuándo y el cómo de las doce uvas de Nochevieja. Me pica la curiosidad ¿o acaso a vosotros la historia ésa que cuentan y recuentan todos los años del exceso de producción de uvas no os suena un poco a filfa? Y con razón, porque es una tontería suprema elevada a verdad universal gracias a ciertos comentaristas que repiten frases como loros.

Mañana pues habrá aquí un repaso chiripitifláutico a lo que he encontrado acerca de esa bonita tradición de atragantarnos según empieza el año, y de mientras os dejo un regalo para disfrutar de lo que queda de 2015. El número extraordinario de Año Nuevo 1934 del semanario gráfico «Crónica», una joya que he encontrado entre búsqueda y búsqueda y que va directa a mi colección Diógenes virtual. Caricaturas, cuentos, publicidad de la época y muchas señoritas ligeras de ropa para felicitar el nuevo año.


Entre otras maravillas que os dejarán ojipláticos, la revista incluye un reportaje acerca de la moda de llevar lencería rosa (no roja) para despedir el año saliente y entrar con buen pie en el siguiente. Como extra, la receta del «cóctel 1934» del famoso barman Perico Chicote

Prepárense en una copa grande unos pedacitos de hielo, unas gotas de Orange Bitters, unas gotas de curaçao rojo, unas gotas de Grand Marnier; termínese de llenar la copa con un buen champagne, agregándole una corteza de limón, otra de naranja y dos guindas.
caricatura cómica de Bellón: la Nochevieja en casa de la familia burguesa y los duques de Muchapasta

Aquí debajo tenéis el pdf con las mejores páginas de la revista; se puede agrandar y descargar. El número completo está disponible para leer y guardarlo entero desde la página de la Biblioteca Nacional de España, institución maravillosa a la que aprovecho para felicitar y mandar un beso en los morros. Sin ella y sin su hemeroteca digital este blog no sería lo que es.


Veréis josmíos, andaba yo por aquí preparada desde hace días para escribir una receta. Mareando la perdiz, básicamente, relegando el momento de ponerme a escribir porque se anteponían cosas tan graves e importantes como entregar varios trabajos, poner la lavadora y mirar intensamente a la pared. Hace muchos meses que la pared que está detrás de la pantalla del ordenador y yo somos íntimas amigas. Tiene algún agujero y una mancha rebelde que me observa con regodeo y satisfacción, la muy perra. Sabe que por mucho que me siente durante horas al teclado y suspire, no voy a escribir nada porque he perdido mi mojo.

Por eso todos los días me levanto y me digo que hoy sí que voy a sacar algo, yes I can, pero luego el mundo se confabula (oh pérfido destino) para que no me dé tiempo, o para que ya sea muy tarde y entonces quién va a leer a estas horas, o yo qué sé. Hasta que ayer me di cuenta de que no puedo escribir la puñetera receta aquí simplemente porque hace un año que no lo hago. Efectivamente, la última entrada recetil de este blog es del 23 de diciembre de 2014, cáspita, cuando puse el cóctel de gambas neoviejuno

360 días después es un poco difícil volver como si nada, y quizás tecleándolo aquí pueda entender yo misma el porqué. 2015 ha sido el primer año en el que me he dedicado profesionalmente a escribir sobre cocina y me ha resultado extremadamente complicado. Lo de extremadamente suena un poco como a batalla de Rambo en Vietnam, pero yo soy de natural agobiada y tiendo a ahogarme en un sorbo de agua, entendedme. Que no os vendan motos de emprendedores ni entrepreneurship ni mierdas, ser autónomo es un asco a no ser que te salgan miles de encargos y las declaraciones trimestrales te quitan años de vida. A lo largo de este año he tenido la inmensa suerte de colaborar como documentalista en el programa de Robin Food y de empezar a escribir regularmente en El Comidista. Mikel, Mònica y David no saben cuánto les quiero por haberme ayudado a tener una base sobre la que plantar mi bandera de autónoma in-de-nait para que mi santa madre pueda decir por ahí que su hija es periodista. 

También colaboré en un proyecto muy bonico que espero que vea pronto la luz, y un día en una librería una señora me preguntó a ver si yo era yo y me dio un achuchón y casi lloro. Por la sorpresa y porque me pilló mirando libros viejos, que es un escenario muy romántico y como de película de calidad. Pensándolo ahora, si aquí he escrito menos no ha sido porque tuviera menos tiempo libre (que es lo que yo le decía a la mancha de la pared), sino porque éste es mi espacio personal y desde hace tiempo tengo un nudo de ésos pretos que no te dejan tragar bien. La incertidumbre de no tener trabajo fijo ni suficiente, que tantos de vosotros seguro que compartís, maldita sea, se suma a otros problemas personales e intransferibles para hacer que no disfrute ni duerma como solía. Básicamente, tengo ansiedad.

Como este blog es mi casa, tengo derecho a ir en zapatillas y pijama viejo en vez de arreglarme para salir. Es decir, que aquí puedo contar lo que necesite destapar en vez de limitarme a poner la dichosa receta, que por cierto, no tiene la culpa de este drama y está buenísima. En esta sesión de terapia gratuita puedo aprovechar además para ciscarme en toda la gente que te ofrece trabajo a cambio de "visibilidad", "visitas", "prestigio" y porras en vinagre. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: naves en llamas más allá de Orión y medios serios (de esos buenos que salen en papel) que se resisten a decir la palabra "gratis" a pesar de que les preguntes tres veces por las condiciones antes de aceptar el encargo. 

¿Qué diría un fontanero si le pidieran que arreglara unas tuberías gratis y "ya si tal si nos gusta como quedan pues igual te llamaríamos otra vez pero no es fijo"? Dependiendo del grado de desesperación vital del fontanero, igual dice que sí, pero luego acabará recibiendo más llamadas iguales porque al primero se lo hizo sin cobrar y todo el mundo quiere el mismo chollo. 



A lo largo de este año me han ofrecido pagos en especies tan diversas como enlaces, reputación, "ver tu nombre escrito en papel" y hasta una especie de indemnización en diferido a lo "trabaja tres meses y luego si funciona pues al final del año próximo te daríamos un porcentaje". Yeah. En esas ocasiones la mancha de la pared se ríe de mí y me susurra cosas que haga cosas malas y delictivas.


En fin, tecleado todo esto parece que respiro mejor e incluso me está entrando algo de espíritu navideño a pesar del inmundo calor que hace. Mientras me imbuyo de fuerzas para sacar adelante la receta y otras muchas cosas que tengo en la recámara, podéis leer mi última colaboración en Zouk Magazine acerca del viaje del blóguer y los peligros que acechan en los recodos del camino.

También me podéis mandar achuchones y gifs de gaticos, que siempre vienen bien.


El texto entero aquí




Todo el mundo debería tener un bar viejuno en su vida. Un lugar donde te conozcan, donde sepan cómo tomas el café y guarden tu periódico preferido detrás del mostrador hasta que llegues. Un sitio en el que lo mismo te prestan unas pinzas para el coche que una barra de pan, y donde se brinda con sidra achampañada la mañana de Nochebuena. Un bar en el que sí saludas a tus vecinos porque ya no son vecinos, son parroquianos y suena muchísimo mejor.

Yo he tenido la suerte de ser asidua parroquiana de distintos bares y a cada cual más viejuno. Desde los de mi pueblo (el Fénix, el Copas y el Pensio) hasta el que me sirvió de hogar desayunil durante tres años (el Toscana) o al que vuelvo siempre para tomar el sol en su terraza (el Bilbao). Ahora que trabajo desde casa y no tengo excusa para ir a tomar el café al bar lo echo terriblemente de menos.

Pero se ve que no soy sólo yo y que los bares de toda la vida están dentro de nuestra identidad colectivo. Ahí está el bar del Tío Cuco, escenario del famoso debate entre Rivera e Iglesias,  o el imaginario bar Antonio del anuncio de lotería del año pasado. Los dos encarnan encarnan el espíritu entrañable de los bares de barrio y ambos por supuesto son viejunos. Sin embargo, este tipo de negocios está en grave peligro de extinción debido a cierres, remodelaciones y esa horrenda moda de abrir locales clónicos con ladrillo visto y falsas vigas de madera. La otra opción es la de los modernitos de turno que cogen el traspaso de un bar octogenario para "seguir dinamizando el barrio" y lo que terminan haciendo es convertirlo en un tugurio hipster con sofás hechos de palés, café con dibujitos en la espuma, tapa de cuscús y baños unisex. Malditos sean. Esta sucesión de hechos, que estáis creyendo exagerada, me ha ocurrido ya dos veces este año. Donde había un entrañable local con futbolín y tapa de asadurilla hay ahora un sitio en el que te sirven la ensalada en tarro de cristal y Russian Red suena sin parar. Eso sí, han dejado en la pared una foto antigua del bar original porque les parece cool. O irónico. O mecagoentodo.


Esto no puede quedar así. De modo que me arremangué, le pedí ayuda a mi amigo Iker de La Gulateca y esto es lo que hemos ideado para salvar el mundo: encontrar el bar más viejuno de España.  100% tradicional y sin asomo de postureo, hipsterismo o modernidad alguna, el bar más viejuno de España seguro que tiene tapas variadas, bota y porrón, tapete para jugar al mus, menú del día de lunes a viernes y señores que beben solysombras a las 10 de la mañana. Probablemente tiene también calendarios pasados de moda en la pared y una foto del equipo de fútbol local de hace 35 años. No puede faltar el mostrador de zinc, las cazuelitas de barro y las botellas de alcohol de muchos colores aunque luego sólo usen dos.


Primero aclaremos ciertos conceptos: 

- Tal como nosotros lo vemos, viejuno no es un adjetivo peyorativo. Viejuno es todo aquello que no ha sufrido aparente renovación o modernización y que conserva su esencia original. Viejuno no es cutre, ni casposo ni sucio, ojo ahí.

- Viejuno tampoco es sinónimo de antigüedad, aunque sabemos que existen bares con cientos de años de solera. El clásico bar detodalavida exige ambiente llano y popular, de modo que no se tendrán en cuenta locales señoriales, aristocráticos o de público excesivamente disitnguido. No os volváis locos buscando el bar más antiguo de vuestra ciudad sino el más auténtico.

- No sirven imitaciones ¡Muerte y destrucción a los bares que intentan copiar el estilo de una cafetería antigua!

- Se pueden presentar bares, tabernas, restaurantes (eso sí, que tengan barra), chigres, figones, desgustaciones, cafeterías, cantinas...

- Durante los dos próximos meses queremos que nos enviéis fotos, nombre y a poder ser dirección del bar más viejuno y entrañable que conozcáis. Podéis usar el hashtag #barmásviejuno en redes sociales o enviarnos la información por correo electrónico a barviejuno@lagulateca.com.

- Entre todos los amables contribuyentes sortearemos una estupenda Polaroid Snap gracias a Reflecta. Una cámara digital que imprime las fotos al momento, como las Polaroid de siempre. Es un regalo muy de modernos pero bastante mejor que mandaros un porrón.

- Crearemos un álbum online donde podáis ver todos los bares propuestos y así contribuir a la causa gastándoos vuestros ahorros en ellos. Los locales finalistas ganarán un sello de calidad y la gloria eterna.


El #barmásviejuno intenta atraer más clientes a los bares de siempre, para que no sigan cerrando uno detrás de otro partiéndome el corazón. El último fue el Valdesogo, mi bar viejuno preferido hasta hace poco y el que servía el mejor vermú del mundo. Más conocido como el Peleas, los leoneses lo conocerán porque llevaba abierto más de 100 años y tenía una estufa de carbón con pinta de ser totalmente ilegal a estas alturas del siglo XXI. Pero a mí me encantaba ir y mirar su colección de botellas con nombres épicos o ignotos:  Fundador, Magno, Veterano, Osborne 103, Martini de cuando San Juan bajó el dedo, Carlos III, ron de marca desconocida, licor Vudú, pacharán Olatz, whisky DYC, anís Castañuelas, licor de hierbas, Garvey y Terry.


Venga, haced la buena obra del día y pensad en cuál es el bar más auténtico que conocéis. Contádnoslo o sed egoístas y guardaoslo para vosotros. Al final lo importante es sentarte en la barra, pedir un carajillo mientras abres el periódico y saludar a los parroquianos. 



El lunes publiqué en El Comidista un señor artículo, aprovechando que hoy viene Marty McFly del pasado. Sí, ya sé que a estas alturas de hoy estáis hartos de fotos y memes del Delorean, de lo que se ha cumplido en la predicción de "Regreso al futuro" y lo que no. Pero ya que el Pisuerga pasa por Valladolid y que todo el mundo iba a estar dando el turre con el tema, me puse a repasar cómo eran las cocinas domésticas españolas en 1955, 1985 y en el futuro (que para nosotros es el año 2045). 

Haciendo autobombo, es un post mu bonico, con muchas estampas y vídeos chiripitifláuticos que os darán una idea rápida de cómo hemos evolucionado desde la fresquera y la cocina de carbón hasta el horno pirolítico. 

El viaje en el tiempo culinario queda reflejado en este montaje que me quedó tan simpático que estoy metiéndolo hasta en la sopa.

Un vídeo publicado por Ana (@biscayenne) el

Una de las cosas más divertidas con las que me topé mientras me documentaba fue el concepto de retro-futuro. Es decir, cómo se imaginaban hace años que iban a ser las cosas en el siglo XXI. Ya sabemos que "Regreso al futuro" acertó en algunas profecías y en otras no, pero hay ejemplos menos fantásticos y más cañís, como la cocina automática que aparecía en "Las que tienen que servir". Una película de José María Forqué de 1967 en la que Conchita Velasco, Amparo Soler Leal y Lina Morgan hacen de sirvientas en la casa de unos ricos americanos en la base militar de Torreón de Ardoz.

Allí tienen que usar una cocina futurista digna de aparecer en los anales de "lo que iba a ser pero resultó que no", porque a día de hoy no tenemos aún ni pantalla en la que elegir el menú ni dispensadora electrónica de alimentos.

"Anda dame un Sugars Pomelo que vengo muerto de sed"

En los años 50 y 60 parece ser que la humanidad gastó mucho tiempo y energías en adelantarse a su época, porque se hicieron múltiples diseños de la cocina del futuro. En el cortometraje "Year 1999 A.D." aparece una familia ideal de la muerte viviendo en una casa perfecta y súper tecnologizada. La madre no se mancha ni las manos: elige el menú con la ayuda de un ordenador y la comida sale ya hecha de una especie de línea de montaje, con opciones distintas para ella, para el marido y para el niño. Con platitos rosas, azules y verdes, no se vaya la mujer a confundir.



En otro vídeo promocional de los cincuenta las mujeres del futuro siguen llevando delantal pero tienen a su disposición soluciones que ya las quisiera yo para mí. Una encimera que se sube y se baja, estanterías y cajones que se abren al pasar la mano delante de ellos y una pantalla (¡cómo no!) a través de la que visualizar el menú.



En lo que fallaron estos visionarios fue en no adivinar que en el 2015, por fin, guisar no sería una tarea exclusivamente femenina. Aunque fregar siga siendo igual de tedioso.


No aprendo. La tele me engaña una y otra vez, y yo siempre caigo en la trampa. Le otorgo el beneficio de la duda, mi fe de corderilla, sólo para acabar ciscándome en todo.

Igual que cuando vi el terrible gastrodocumental de la Última Cena, anoche me encrespé delante de la televisión y solté improperios encadenados mientras el gato se tapaba las orejas. Arrebujada en la manta me puse a ver Top Chef a mitad de programa porque en uno de los adelantos que dan para engancharte cual yonqui, salía un bodegón. Y a mí me gustan más los bodegones que a un tonto un lápiz, así que me dispuse a quedarme despierta hasta las tantas sólo por ver en qué lo iban a utilizar.

¿Sería en una prueba de cocina antigua? ¿Tendrían que recrear algún plato histórico? Oh ohh ahhh, que emoción. Pijama en ristre y móvil en mano, me puse a hacer lo que todos los televidentes solitarios con ganas de contacto humano: tuitear.

En pantalla sale Chicote frente al Museo del Prado, diciendo que ya que las pruebas de ese día se realizan en Madrid van a utilizar uno de los cuadros del museo en uno de los retos. El éxtasis me embarga. Pasan los minutos y llegamos al meollo, cuando se quieren matar los unos a los otros para no ser eliminados. Susi Díaz dice que todo se puede cocinar, "incluso la Historia". Casi me hago pis. "Queremos que nos demostréis que sois capaces de coger un pedacito de historia y convertirla en un suculento plato", suelta Paco Roncero. Ay dios, ay dios. 

"Queremos que nos cocinéis este cuadro".


Y pasó lo que tenía que pasar, otra decepción. No sólo porque la prueba únicamente consistía en hacer un plato con los ingredientes que salían en el cuadro (que para eso les podían haber dado una lista de la compra en un post-it), sino porque no dijeron nada de la obra de arte en sí. Nada, nothing, niente.

Ahí estuvo el lienzo durante 20 minutos o más, siendo la presunta estrella del reto. Los concursantes lo miraban y remiraban impertérritos, igual que yo. Bueno, en algún momento dirán quién es el autor, de qué año es, qué significado tiene, algo. Tic tac, tic tac. El tiempo pasaba. Cuando amargamente me percaté de que no iban a decir ni mú, me remangué el pijama y lo tuiteé yo.

Bodegón ochavado con racimos de uvas, Juan de Espinosa, 1646. Museo del Prado.

El cuadro en cuestión es de Juan de Espinosa, un pintor de bodegones español del siglo XVII. Es una obra pintada en 1646 y perteneciente a la colección del Museo del Prado, en cuya web aparece información sobre el bodegón y su autor.

Sé cómo funciona la tele: a veces hay cosas que quedan fuera de la edición, el guión está escrito, no se puede perder la atención de los espectadores, blablablá. Top Chef es un concurso, un espectáculo, y no hacía falta que llevaran a un experto a perorar sobre la cocina barroca, los aspectos formales de la naturaleza muerta en la escuela española, ni hablar de la composición arquitectónica, los volúmenes y demás disquisiciones. Pero algo tan nimio, tan rápido como decir el autor, año y procedencia del cuadro no costaba nada. Los que llevaran menos de una hora viendo el programa ni siquiera supieron de dónde venía ni que se puede contemplar en vivo y en directo en Madrid.

Una vez más, la mínima información (ya no digo formación) o dato cultural se relega, se tapa, no vaya a ser que los televidentes piensen que el programa va de intelectual. ¡O de aprender! Válgame dios. Imaginaos que por un momento, si llegan a decir estos datos, alguien los hubiera googleado y se hubiera metido en la cama sabiendo algo más, o simplemente apreciando una obra de arte. A lo mejor el mundo hubiera implosionado.

Lo que no saben los que hacen tele, o no se paran a pensar en ello, es que la gente no es lerda mental, no se asusta porque se hable en un momento dado de historia (sí, esa Historia con mayúscula de la que hablaban Susi y Paco, ay), de arte, de cultura. De hecho, hay personas que lo agradecen. Después de haberme pasado un año documentando recetas y de tener una carpeta de varios gigas con imágenes de cuadros relacionados con la comida, yo de casualidad sabía de qué bodegón se trataba.


Lo más gracioso no fue que a esas horas de la noche hubiera muchos tuiteros despiertos que difundieron mi mensaje, sino que los primeros que lo marcaron como favorito fueron los de la cuenta oficial de Top Chef. Vaya, lo retuitearán. O igual utilizan la info para decirlo ellos. Ah, pues no. No les pareció lo suficientemente relevante como para comunicarlo a sus 67000 seguidores, ni para incluir la información en su web: un cuadro es el protagonista de la última oportunidad. Un cuadro, "un". Artículo indefinido.

Así nos luce el pelo.

Próximamente hablaré de bodegones cochinotes, de lienzos pintados llenos de quesos, frutas, chocolate y carne. De cuando los cuadros eran lo que ahora llamamos #foodporn en Instagram. Porque sí puede ser interesante y entretenido. Incluso hay cocineros que son enamorados del tema.

De mientras, podéis sufrir la experiencia de ver el vídeo:



Avelina Marcelina Santos López, mi vecina bonita, falleció hace casi dos meses y aún no hay día en que no me acuerde de ella. Quizás por eso he esperado tanto tiempo para escribir, porque siguiendo las reglas no escritas de los blogs, se merecía una despedida por todo lo alto y no un texto leído a toda prisa entre los calores vacacionales.

La presidenta Avelina era la musa de este humilde espacio mío, y si el tiempo y la salud le hubieran dado permiso, podría haber llegado a dominar el mundo desde su silla en el corral. Para qué hablar de grandes personajes cuando la Historia con mayúsculas se hace a base de las historias minúsculas de gente humilde. Por eso le convencí para que me contara la suya, más en blanco y negro que en technicolor.

Me hablaba de hambre y trabajos duros con una sonrisa, como hacen todas las personas que no olvidan el pasado pero le quitan importancia. Le hacia gracia que yo le preguntara por esos tiempos remotos en los que comían castañas y altramuces y todos metían la cuchara en el mismo plato. "¿Pero esto para qué van a querer saber ésos que te leen? ¡Se van a aburrir!" y yo le decía que no, que era interesantísimo y que esas cosas tenían que saberse porque pronto ya nadie las recordaría. Ella se reía suavecito, se arrebujaba en la chaquetilla y seguía contando.


Este año, por causas tristes que no vienen a cuento, no pude ir a visitarla. Me he quedado con la pena de no haberme sentado otra vez con ella en su patio lleno de flores, de no haberle hecho sentir de nuevo como a una estrella de cine con una sesión de fotos.

Como me decía su nieto Luisma, Avelina no tenía estudios pero sí una sabiduría digna de aparecer en los libros. Quizá las Avelinas, Eulogias u Hortensias del mundo se vayan todas discretamente, como ha hecho ella, y les baste con dejar el recuerdo de un mandil cruzado y sabores retenidos en la memoria a base de amor. Pero también merecen que alguien derrame lágrimas como castañas de gordas mientras escribe sobre ellas, lamentándose por no haber tenido una tarde más.

Su imagen se queda conmigo, al igual que con todos los que la quisieron. Pero su conocimiento lo he perdido, del mismo modo que todos los días se pierde parte de nuestra cultura en pasillos de hospital, residencias y páginas de esquelas.


Apresurémonos a salvar las antiguas recetas. ¡Cuántas vejezuelas habrán sido las postreras depositarias de fórmulas hoy perdidas! En las familias, en las confiterías provincianas, en los conventos, se transmiten reflejos del pasado, pero diariamente se extinguen algunos.

Emilia Pardo Bazán, en su prólogo a "La cocina española antigua", 1913

Seguramente no haya mejor homenaje para Avelina que tomarnos unos garbanzos con tocino y un vaso de Colacao. Si acaso, coger de la mano a alguien y escucharle con la memoria preparada y el bloc de notas al lado. Nunca se sabe.

Así os saludaba Avelina hace un año. ¿Era la más bonica o no?


Me vais a perdonar, pero lo primero que tenéis que hacer hoy es leer esto y luego ya si tal volver aquí. 

Oh dios mío, oh oh ah ahhhh, OH DIOS MÍO.

Sé que lo mejor es el gif final del gato y si no os habéis quedado atrapados en él diez minutos, como me pasó a mí, es que estáis muertos por dentro. De camino hacia el gatico atrapante, igual os hayáis dado cuenta de que sale mi cara a medio post. O igual no, porque no pongo muchas fotos mías y soy poco identificable, pero no importa. Lo que cuenta es que a partir del lunes colaboraré en la nueva, más brillante y más mejor web de El Comidista y que estoy venga tomar chupitos y el mundo está lleno de arcoiris.


Así que ahora no sólo escribiré aquí, sino que anunciaré la buena nueva al mundo desde un púlpito mucho más grande. Me encargaré de dar recetas de repostería sencillas y riquérrimas, además de reivindicar recetas olvidadas y viejunas en general. Lo que viene siendo Biscayenne pero con más lectores y en El País, para que mi madre pueda fardar de mí delante de las amigas.

No sólo estaré yo, claro, habrá otras firmas conocidas por su heterodoxia gastronómica rayana en la locura: Ibán Yarza, Ángel Sanchidrián de Sinopsis de Cine, Mar Calpena de Una o dos copas, Marta Miranda de Crockpotting, Carlos Román de No más platos de mamá, Jordi Luque, Pascual Drake y Claudio Martín. Además de Mikel Iturriaga y Mònica Escudero a los que no hay suficiente jamón en el mundo para agradecer que un día se les ocurriera pedirme que participara. Momento ya meses atrás en el que me dio un pampurrio morrocotudo. Aún tengo muy presente la primera vez que Mikel me retuiteó y me pasé la tarde dando brincos en pijama, así que podéis imaginaros lo que pasó cuando le conocí y me preguntó delante de un pintxo de tortilla de patatas si quería escribir para él. Súper romántico.

Si a partir de ahora entra más gente en este blog de la que solía, bienvenida sea. Aquí seguirán saliendo mis desbarres personales y mucho blablá, porque no hay límite de palabras y puedo escribir frases subordinadas hasta el infinito. Pero de momento vamos a hacer una fieshhta y pregonarlo como se merece, al estilo del corneta de mi pueblo.

El panadero voceador.   Gabriel Metsu, 1618

Ay amá qué emoción. ¿No estáis orgullosos? Porque yo estoy muy orgullosa de vosotros y os quiero un montón y se me está yendo la mano con los chupitos. Mientras recupero la compostura os dejo con el gato hipnótico, que es lo que le da calidad a la película.

¿Qué? ¿Que vas a escribir en El Comidista?

Ay ay pero qué emoción.

AY. ¡Viva el chorizo!


Cuatro meses sin escribir. Voy a contar que me abandonaron las musas. Que me rompí los dedos de la mano y no podía teclear con los dientes. Que el perro se comió mis deberes y a la vez se me estropeó la interné y luego me fui de ruta por Indochina. 

Mi madre diría que soy más vaga que la chaqueta de un guardia. Y es así. Podría disfrazarlo de falta de inspiración y hacerme la interesante, pero pa qué. Primero tuve la excusa de que tenía mucho trabajo, y luego de que ya no lo tenía y me entró bajona. En realidad es que hubo un día en que me di cuenta de que este blog ya no es sólo un bloguito donde descargar mis iras y perversiones culinarias. Ahora es un modo de ganarme la vida, o más bien un escaparate para que ahí fuera vean lo bien que lo hago todo y me quieran contratar. Y me cogí manía a mí misma.

Blóguer procrastinando.   Jean Etienne Liotard, 1760

Como cuando te gusta alguien e intentas parecer una femme fatale y sólo consigues poner los ojos bizcos. Pasar de tener un blog a querer sacar rédito de ello es un proceso complicado al filo del bochorno personal. De tener Linkedin porque te convence tu hermano a poner que eres CEO y general manager de tu web hay un pequeño paso para el hombre pero un salto gigante para la humanidad (hacia el escarnio público).

Igual que no me gustan los cumpleaños ni hacerme mayor, no me hizo gracia que el blog pasara a ser adulto y le salieran pelos en el pecho. "Sé responsable, tienes que escribir"; "es hora de que empieces a planchar las sábanas". Cosas así me dice, el muy ruin.

Blóguer perdiendo la fe mientras hace alioli.  Diego Velázquez, 1618

He resistido su cantinela hasta que me han entrado de nuevo las ganas de picar tecla, de contar esas cosas que se me ocurren mientras deambulo por casa en pijama.  En cuatro meses he atesorado libros, recetas y varios kilos, de modo que tengo material para sobrevivir a una crisis nuclear y daros la brasa hasta mi próxima crisis. Dentro de poco además saldrán a la luz diversas cosas que he ido pergeñando durante mi etapa de criogenización. Igual hasta me peino y me pongo ropa de calle ¡un frenesí!

Pero lo de planchar no pienso hacerlo. 


El 18 de febrero queda declarado oficialmente como Día Nacional de la Cocina Viejuna, gracias a que me sale de las narices y a que dos acontecimientos intergalácticos han coincidido en el espacio-tiempo. El Comidista, magno sponsor del premio, dedica hoy un post a mi loca iniciativa reivindicatoria de la mayonesa y los dátiles con bacon. Y a la vez sale otro artículo sobre el Premio Nacional de Cocina Viejuna en La Gulateca. Si el mundo no implosiona hoy no sé cuándo lo va a hacer.

Para aumentar el riesgo de embolia global voy a enseñaros las portadas de algunos de los recetarios viejunos más simbólicos y bizarros. Ya os indiqué cómo reconocer el viejunismo culinario con ejemplos sangrantes gráficos, así que hoy toca que reviséis vuestra biblioteca para ver si tenéis alguno de los ejemplares que señalo a continuación. Por ahora no valen ni una perra, pero cuando el huevo hilado gobierne el mundo... Quién sabe. Si no los queréis, yo estoy dispuesta a adoptarlos y rendirles pleitesía.


Si queréis comenzar una colección diógenes como la mía, deberéis empezar por frecuentar sitios de mala nota como las librerías de viejo y los puestos de mercadillo. Está estrictamente prohibido pagar más de 3 euros por cualquier ejemplar de menos de 100 páginas, y envido hasta los 10 (y ya me estoy pasando) en el caso de magnas obras profusamente ilustradas y con un peso capaz de aplastarte el pie.

Cuantas más fotos mejor, que es lo que mola. Y en color, porque lógicamente las ilustraciones en blanco y negro no nos dejan apreciar el festival fosforescente de los rabanitos o las cestitas de limón. En lo alto del ránking de coleccionables están los recetarios que regalaba la Caja de Ahorros Católica con la apertura de una cuenta, el Vademécum AMC que daban a las madres con la batería de cocina y la serie de "Biblioteca del ama de casa" de G. Bernard de Ferrer.

wow

Después de mucho investigar ahora sé que la G era de Genoveva, traductora y escritora que montó un emporio gastroviejuno con libros de todos los temas habidos y por haber. Algunos de ellos con portadas tan lóquers como éstas:


Lo mejor es que los libros salieron tal cual en la década de los 40, y sin ningún sonrojo les cambiaron la portada por una más yeyé en los 60, sin modificar nada del interior. No me digáis que no os entran ganas de pinchar una lechuga iceberg con banderillas.

La perfecta ama de casa moderna (moderna de entonces, entendámonos) tenía multitud de recetarios a su disposición para poblar nuestros sueños de pesadillas, y se empezaba a preocupar por guardar la línea comiendo solamente gelatina y leche desnatada Pascual. 


Después de pasar siglos comiendo tocino y chorizos llegó la manía de la cocina ligera, con ejemplares tan geniales como éste que recopilaba recetas de ensaladas, platos fríos y parrilladas. O lo que es lo mismo, todo lo que metía tu madre en la nevera portátil cuando ibais de excursión al río con cangrejeras y gorras de promoción "Pinturas López". 


Otro clásico es la colección "Comer bien", que lo mismo incluye un especial para aterrorizar a tus invitados con pasteles de embutido que una espeluznante guía para perpetrar platos improvisados. De esta serie yo tengo unos cuantos y admito que el de repostería es ya un clásico familiar.


Cualquier recetario anterior a 1990 que incluya en su título palabras como "moderna", "actual" o "futura" es digno de estudio. Atención a las modernísimas cascadas de langostinos y a la futurista perola de alubias.


Entre mis preferidos están los libros viejunos que regalaban las marcas después de pasarte un año recortando códigos de barras. Mención especial se merece el recetario de Tulipán de 1988 que aún puede verse (¡y descargarse!) de su web, una obra chiripitifláutica que merecerá post propio algún día.


Directamente tristes son estos dos especímenes: "Gastronomía madrileña", con una foto sacada a la virulé y el manual práctico del rodríguez que se quedaba en casa mientras la parienta y los niños se iban al pueblo. 


Mis preferidas sin duda son las siguientes dos obras del feísmo culinario patrio. No hay palabras para describir "Érase una vez el mundo mágico del duende Thermomix", un recorrido lisérgico por las cocinas regionales de España acompañado por el dichoso duende thermomixero. Sin duda una criatura aberrante salida de una mente enferma, cuyo interior pudimos ver gracias a las fotos de una poseedora.

Guat de fak
Y en lo alto del olimpo de los dioses viejunos está "Los 100 platos universales de la cocina vasca". La portada es bastante inofensiva, pero el interior, lleno de recetas de maestros de la cocina como Arzak, nos enseña el potencial asesino de la cocina viejuna de los 80. A él dedicaremos un post próximamente porque no tiene desperdicio ninguno, ay.


¡Perlas! ¡Langostas con brochetas de limones esculpidos! ¡Huevos cocidos con flores de zanahoria!


¡Que suenen las fanfarrias! Están ustedes personalmente invitados a la Gran Gala final del I Premio Nacional de Cocina Viejuna. Hagan el favor de ponerse la bisutería buena y la corbata de moiré antes de seguir leyendo, se requiere atuendo de cóctel de gambas.

Hubiera estado bien hacer este gala en streaming, conectando con los distintos miembros del jurado para que emitieran sus votos en directo y copazo en mano. Guayominí duse puá, Espein eit poins. Todo se andará y esa fantástica idea, con más audiencia potencial que Eurovisión y la Super Bowl juntas, será tenida en cuenta para próximas ediciones. Este año se tendrán ustedes que contentar conmigo vía palabra escrita, aunque no me vean el collar de perlas ni la estola de astracán siberiano.


Al lío, que sé que estáis hiperventilando.

Tal y como dije en las bases del concurso "si hubiera una épica pugna entre varios contendientes o alguien mereciera un premio especial a la horterada y la simpatía, se podrá añadir un premio accésit." Así ha ocurrido, porque el jurado súper profesional y desinteresado ha votado mayoritariamente una obra, y yo, que soy una sensiblera de blando corazón, he incluido a otra que también merece reconocimiento moral.

El palmarés queda así:

  • El primer premio, otorgado al mejor cocinero viejuno de España por su esfuerzo, magnífica elaboración y mejor presentación es para "pastel de merluza con escamas de pepino", de Sara Luengo Jiménez. Autora del blog El nido de mamá gallina, Sara perpetró una maravillosa receta culmen de la cocina viejuna, como todos los míticos pasteles de pescado con forma de ídem y adornados hasta la extenuación. Adornado con profusión de guarniciones incomibles, este pastel de merluza tenía además la interesante cualidad de estar bueno, y según su inventora, duró lo justo para hacerle las fotos.

Fijaos en el detalle de las rodajas arquitectónicas de naranja y limón
Según Sara, ha tenido cierta ventaja a la hora de presentarse al premio porque en su juventud, marcada por el uso excesivo de la laca y los cardados, se hinchó a adornar fuentes de ensaladilla con flores de pimiento. En esta entrada de su blog podéis ver todas las fotos del proceso e incluso la receta por si os atrevéis a replicarla.

Por su gran interpretación de lo mejor del horterismo culinario, Sara se lleva el premio gordo: Una cámara de fotos Polaroid PIC300 de Polaroid cedida por nuestros amables patrocinadores de Reflecta, una preciosa cafetera italiana marca Moka de los años 70 de la mano de Cachivache Vintage, un ejemplar firmado y dedicado por Mikel López Iturriaga alias El Comidista de su último libro "Las 202 mejores recetas de El Comidista", y sacados de mi propia colección Diógenes, una balanza de cocina alemana marca Stube en naranja fosforito y el libro de cabecera del guisandero viejuno, "La gran enciclopedia de la cocina" de 1964.


  • El premio accésit a la simpatía y la colaboración familiar se lo lleva el "menú de picoteo viejuno" de Adriana Consuegra Navarro, que con la ayuda de su madre Yolanda, su hermano Lucas y su tía Rosamen se vino muy arriba y montó una mesa de bufé digna del certamen Linda de España. Adictos al subidón de la cocina viejuna, no pudieron elegir solamente una receta e hicieron nada menos que siete (enlace al pdf con todas las recetas y fotos). Canapés de fiambre, de sardina, fantasía lisérgica mar y montaña en homenaje a Alicante, pericana, salmón marinado y brazo de gitano, todo regado con un estimulante refrigerio de vermú, vodka y Picón para embolingarse a gusto.
Adriana andaba con muletas esos días y requirió la ayuda impagable de su troupe familiar para recrear este festival de sabores basado en las recetas que coleccionaba su yaya. De ella heredaron su amor por la cocina viejuna y trampantojil, y recuerda con cariño los "huevos fritos" que preparaba su abuela con melocotón en almíbar, clara a punto de nieve y calabazate.

Por su entrañable historia, por la impagable fantasía mar y montaña en homenaje a los locas esculturas de setas de Alicante y por hacerme la pelota diciendo que van a instaurar una comida familiar anual de recreación viejuna, Adriana se lleva varios premios: otro magnífico ejemplar de "Las 202 mejores recetas de El Comidista", firmado con emoción por su autor Mikel Iturriaga, el juego de café irrompible de seis servicios de Duralex, una tetera alemana de los años 80 de estilo ranciamente kitsch y un indefinible libro de "La colección del ama de casa", para que siga perpetrando estos horrores.


Esto es todo, amigos. La próxima edición será más grande, mejor y con mucha más purpurina si cabe. Trabajaré duro durante los próximos 10 meses para que el Premio Nacional de Cocina Viejuna se convierta en una tradición patria, al nivel de otras rancias instituciones como la partida de tute después de comer y la bata de boatiné.

Agradezco de todo corazón vuestro interés y obsesivo seguimiento de esta primera edición, y por supuesto a los que la han hecho posible: los valientes que se han presentado, los que lo intentaron y quedaron atrapados en una debacle de gelatina y mayonesa, al magnífico jurado de brillos y oropeles (Iker, Anna, Mónica, Albert, Mikel, Pamela, Cristina, Roberto y Carmen) y a los maravillosos patrocinadores sin los que el premio sería una birria, Reflecta Polaroid, Cachivache Vintage aka. los Quiroga Páez y El Comidista.

Gracias a todos por vuestra ayuda y por rescatar del limbo a la cocina viejuna; madre, hija y espíritu santo de la gastronomía moderna, con la que todos crecimos y a la que debemos tanto.

Nos vemos el próximo año en la gala de Torremolinos.



Me saqué de la manga el I Premio Nacional de Cocina Viejuna en una tarde de constipado y congestión, afectada seguramente por síntomas febriles y una masiva ingestión de risketos. Nunca pensé que mi locura y obsesión por la cocina viejuna conquistara vuestros corazones, pero así ha sido.

Insertad ahora mentalmente un fondo musical con toque épico, porque el momento lo vale.

Dos meses y diversas vicisitudes después, está a punto de decidirse el ganador de tan magno evento. Por fin. Procedo a enseñaros algunas (no todas, no hay espacio ni aguante retiniano suficiente) de las obras cumbre han llegado a mi buzón. Todas elaboradas con el máximo amor y respeto por el horterismo imperante en los 80. Una lección de clase y glamour digna de la mesa de un notario de Torremolinos.

Sorprendentemente, casi todos los participantes han declarado libremente y sin estar bajo tortura que la comida estaba buena. O casi. Algunos, como veréis, se vinieron arriba y prepararon todo un menú temático, montando una fiesta nostálgica regada con demasiado brandy Soberano. No tengo palabras para agradecer el esfuerzo de planificación y digestión que implican estas fotos. Recordad que yo no juzgo, así que mis simpatías, filias o fobias no cuentan para nada. Más abajo os cuento quién tiene en sus manos la responsabilidad de elegir al mejor cocinero viejuno de España.

AVISO: las siguientes imágenes podrían herir su sensibilidad. Si es usted acérrimo seguidor de Masterchef, la deconstrucción molecular o los gastrobares, mejor no siga leyendo y vaya a comerse unas carrilleras infusionadas en sopa de coliflor con ajonegro.


Christian y Susana, una pareja de valientes ayudados por una intrépida suegra, mandaron un menú completo consistente en canapés variados, áspic de ensaladilla, pudding de pescado y sorbetes de limón. Sí, los míticos de la cáscara de limón rellena de helado.

También decidieron darme mucha envidia con su despliegue de material de cocina viejuna, incluyendo las geniales fichas de la revista Telva en su caja verde original. Esnif.

Atención a la caja de "Classy Cabaret, the good cook companion". No sé lo que es, pero mola mil

Juan, del que me declaro fan incondicional, optó por una "tarta salada o manjar egipcio", receta propia para un ágape marbellí con mucho brilli-brilli. La flor de rabanito es amor y lo demás nada.


De extras añadió un loquísimo árbol de salchichas, "dátiles con bacon o diazepán primitivo" y unas "cornucopias de la abundancia" hechas con jamón de york, manzana, mayonesa y cómo no, rabanito.

Haceros fáns, Juan se lo merece
Con un estilo más clásico, en la línea del viejunismo deluxe, Carmen hizo una merluza en salsa americana al horno. Véase su maestría con la manga pastelera, haciendo bien de rosetones de puré de patata mazacote. Para completar el estilismo recomienda "buscar en casa de madres y abuelas todo tipo de atrezzo para intentar aviejunar lo máximo posible la “mise en place” resultante. En este caso, la mía creo que ha resultado ser bastante “Telva sesentera”"



Como no podía ser de otra manera, los pasteles de pescado con forma de ídem han triunfado. Su finura estética está anclada en lo más hondo de nuestros recuerdos de infancia, así que los participantes sacaron su vena más rococó y kitsch para crear cosas tal que así:

barroquísimo pastel de patata y bacalao con de todo más gnomos, de Cris
pastel de merluza con escamas de pepino, acompañado de aperitivo viejuno, de Sara

La cocina viejuna debería ser asignatura obligada en educación primaria, sustituyendo a plástica y pretecnología. Total, lo engloba todo, como se puede verificar viendo "la perla del Caribe" perpetrada por Alberto.


Como dice él, "el nombre nace de la incursión de los productos exóticos caribeños en nuestra gastronomía, mezclada con la caspa que destila el auge de las máquinas tragaperras en los bares de serrín en suelo, cuya estrella era la mismísima Perla del Caribe. Todo ello envuelto de clásicos de ayer, hoy y siempre." Una maravilla que une palmito, palitos de cangrejo y langostinos congelados, aguacate, piña, huevo hilado, ketchup y huevas de lumpo ("el caviar infame de los 70/80").

Me han enviado tartas, bizcochos salados, ensaladas, montañas de salchichas, áspics con cosas inimaginables dentro... No puedo ponerlo todo, pero el viernes cuando publique el ganador daré su receta y pondré todas las fotos del proceso. 

Como broche de oro a esta pequeña muestra de cocina viejuna vale esta imagen, que parece sacada de un número de "Ama de casa y Hogar" de 1976, pero no. Es un despliegue actual de viejunismo en su máxima expresión.

la mesa viejuna total, de Adriana
Ahora que os habéis hecho una idea aproximada de las bellezas que he recibido, paso a explicaros quién decide quién recibe el extremo honor de ganar el I Premio Nacional de Cocina Viejuna. Yo me abstengo de opinar en la cuestión, para que no haya suspicacias. Y porque además he encontrado a diez personas mucho más profesionales que yo que han colaborado a cambio de una futura e hipotética invitación a un sol y sombra.

En estricto orden alfabético, para que no se piquen, éstas son las personas que tienen el destino del viejunismo en sus manos:
  • Albert Molins @HGastronomicus, jefe de producción de La Vanguardia y mi benévolo director en Zouk Magazine
  • Anna Mayer @annalibera, italiana, pelirroja,  profesora de cocina en Panepanna, consultora gastronómica y persona de bien. 
  • CachiVache Vintage o el emporio de los Quiroga Páez, patrocinadores del Premio Cocina Viejuna. Venidos a menos por culpa del pérfido Bernie Madoff, subsisten vendiendo las pertenencias que les quedan
  • Carmen Alcaraz @Bonavivant, periodista, gastrónoma y más maja que las pesetas. Trabaja en RNE-Radio 4, El País Semanal y allá donde haya de comer.
  • Cristina Morales @CrisLeBonVivant, amiga y paisana de barrio y ciudad, ahora exiliada a las frías tierras teutonas. Cocina y escribe en Le Bon Vivant.
  • Iker Morán @photolari, como Peter Parker, es periodista/fotógrafo de día y Spiderman cocinillas de noche. Jefe supremo de La Gulateca.
  • Mikel Iturriaga @mikeliturriaga, periodista y bilbáino trisílabo. También conocido por ser gurú y la mente perturbada detrás del El Comidista.
  • Mònica Escudero @moniquecestmoi, periodista (¡otra, son plaga!) y mujer de bandera. Comilona, amante de las chucherías y Comidista adjunta.
  • Pamela Rodríguez @UnodedosRecetas, gallega riquiña y bilbáina adoptada. Musa y autora del blog de cocina Unodedos.
  • Roberto González @elpingue, cocinero, profesor y agitador mental pucelano. Escribe con maestría en El Pingue

El Premio Nacional de Cocina Viejuna tenía que tener un jurado de lujo, acorde con su nivel. El próximo año montaremos una gala con mucho espumillón o un congreso sesudísimo con bufé frío, cisnes de hielo y canapés de chatka y mayonesa.

Atentos porque el viernes saldrá el resultado. Ay señor, qué emoción. 

Biscayenne. Con la tecnología de Blogger.