No aprendo. La tele me engaña una y otra vez, y yo siempre caigo en la trampa. Le otorgo el beneficio de la duda, mi fe de corderilla, sólo para acabar ciscándome en todo.

Igual que cuando vi el terrible gastrodocumental de la Última Cena, anoche me encrespé delante de la televisión y solté improperios encadenados mientras el gato se tapaba las orejas. Arrebujada en la manta me puse a ver Top Chef a mitad de programa porque en uno de los adelantos que dan para engancharte cual yonqui, salía un bodegón. Y a mí me gustan más los bodegones que a un tonto un lápiz, así que me dispuse a quedarme despierta hasta las tantas sólo por ver en qué lo iban a utilizar.

¿Sería en una prueba de cocina antigua? ¿Tendrían que recrear algún plato histórico? Oh ohh ahhh, que emoción. Pijama en ristre y móvil en mano, me puse a hacer lo que todos los televidentes solitarios con ganas de contacto humano: tuitear.

En pantalla sale Chicote frente al Museo del Prado, diciendo que ya que las pruebas de ese día se realizan en Madrid van a utilizar uno de los cuadros del museo en uno de los retos. El éxtasis me embarga. Pasan los minutos y llegamos al meollo, cuando se quieren matar los unos a los otros para no ser eliminados. Susi Díaz dice que todo se puede cocinar, "incluso la Historia". Casi me hago pis. "Queremos que nos demostréis que sois capaces de coger un pedacito de historia y convertirla en un suculento plato", suelta Paco Roncero. Ay dios, ay dios. 

"Queremos que nos cocinéis este cuadro".


Y pasó lo que tenía que pasar, otra decepción. No sólo porque la prueba únicamente consistía en hacer un plato con los ingredientes que salían en el cuadro (que para eso les podían haber dado una lista de la compra en un post-it), sino porque no dijeron nada de la obra de arte en sí. Nada, nothing, niente.

Ahí estuvo el lienzo durante 20 minutos o más, siendo la presunta estrella del reto. Los concursantes lo miraban y remiraban impertérritos, igual que yo. Bueno, en algún momento dirán quién es el autor, de qué año es, qué significado tiene, algo. Tic tac, tic tac. El tiempo pasaba. Cuando amargamente me percaté de que no iban a decir ni mú, me remangué el pijama y lo tuiteé yo.

Bodegón ochavado con racimos de uvas, Juan de Espinosa, 1646. Museo del Prado.

El cuadro en cuestión es de Juan de Espinosa, un pintor de bodegones español del siglo XVII. Es una obra pintada en 1646 y perteneciente a la colección del Museo del Prado, en cuya web aparece información sobre el bodegón y su autor.

Sé cómo funciona la tele: a veces hay cosas que quedan fuera de la edición, el guión está escrito, no se puede perder la atención de los espectadores, blablablá. Top Chef es un concurso, un espectáculo, y no hacía falta que llevaran a un experto a perorar sobre la cocina barroca, los aspectos formales de la naturaleza muerta en la escuela española, ni hablar de la composición arquitectónica, los volúmenes y demás disquisiciones. Pero algo tan nimio, tan rápido como decir el autor, año y procedencia del cuadro no costaba nada. Los que llevaran menos de una hora viendo el programa ni siquiera supieron de dónde venía ni que se puede contemplar en vivo y en directo en Madrid.

Una vez más, la mínima información (ya no digo formación) o dato cultural se relega, se tapa, no vaya a ser que los televidentes piensen que el programa va de intelectual. ¡O de aprender! Válgame dios. Imaginaos que por un momento, si llegan a decir estos datos, alguien los hubiera googleado y se hubiera metido en la cama sabiendo algo más, o simplemente apreciando una obra de arte. A lo mejor el mundo hubiera implosionado.

Lo que no saben los que hacen tele, o no se paran a pensar en ello, es que la gente no es lerda mental, no se asusta porque se hable en un momento dado de historia (sí, esa Historia con mayúscula de la que hablaban Susi y Paco, ay), de arte, de cultura. De hecho, hay personas que lo agradecen. Después de haberme pasado un año documentando recetas y de tener una carpeta de varios gigas con imágenes de cuadros relacionados con la comida, yo de casualidad sabía de qué bodegón se trataba.


Lo más gracioso no fue que a esas horas de la noche hubiera muchos tuiteros despiertos que difundieron mi mensaje, sino que los primeros que lo marcaron como favorito fueron los de la cuenta oficial de Top Chef. Vaya, lo retuitearán. O igual utilizan la info para decirlo ellos. Ah, pues no. No les pareció lo suficientemente relevante como para comunicarlo a sus 67000 seguidores, ni para incluir la información en su web: un cuadro es el protagonista de la última oportunidad. Un cuadro, "un". Artículo indefinido.

Así nos luce el pelo.

Próximamente hablaré de bodegones cochinotes, de lienzos pintados llenos de quesos, frutas, chocolate y carne. De cuando los cuadros eran lo que ahora llamamos #foodporn en Instagram. Porque sí puede ser interesante y entretenido. Incluso hay cocineros que son enamorados del tema.

De mientras, podéis sufrir la experiencia de ver el vídeo:



Avelina Marcelina Santos López, mi vecina bonita, falleció hace casi dos meses y aún no hay día en que no me acuerde de ella. Quizás por eso he esperado tanto tiempo para escribir, porque siguiendo las reglas no escritas de los blogs, se merecía una despedida por todo lo alto y no un texto leído a toda prisa entre los calores vacacionales.

La presidenta Avelina era la musa de este humilde espacio mío, y si el tiempo y la salud le hubieran dado permiso, podría haber llegado a dominar el mundo desde su silla en el corral. Para qué hablar de grandes personajes cuando la Historia con mayúsculas se hace a base de las historias minúsculas de gente humilde. Por eso le convencí para que me contara la suya, más en blanco y negro que en technicolor.

Me hablaba de hambre y trabajos duros con una sonrisa, como hacen todas las personas que no olvidan el pasado pero le quitan importancia. Le hacia gracia que yo le preguntara por esos tiempos remotos en los que comían castañas y altramuces y todos metían la cuchara en el mismo plato. "¿Pero esto para qué van a querer saber ésos que te leen? ¡Se van a aburrir!" y yo le decía que no, que era interesantísimo y que esas cosas tenían que saberse porque pronto ya nadie las recordaría. Ella se reía suavecito, se arrebujaba en la chaquetilla y seguía contando.


Este año, por causas tristes que no vienen a cuento, no pude ir a visitarla. Me he quedado con la pena de no haberme sentado otra vez con ella en su patio lleno de flores, de no haberle hecho sentir de nuevo como a una estrella de cine con una sesión de fotos.

Como me decía su nieto Luisma, Avelina no tenía estudios pero sí una sabiduría digna de aparecer en los libros. Quizá las Avelinas, Eulogias u Hortensias del mundo se vayan todas discretamente, como ha hecho ella, y les baste con dejar el recuerdo de un mandil cruzado y sabores retenidos en la memoria a base de amor. Pero también merecen que alguien derrame lágrimas como castañas de gordas mientras escribe sobre ellas, lamentándose por no haber tenido una tarde más.

Su imagen se queda conmigo, al igual que con todos los que la quisieron. Pero su conocimiento lo he perdido, del mismo modo que todos los días se pierde parte de nuestra cultura en pasillos de hospital, residencias y páginas de esquelas.


Apresurémonos a salvar las antiguas recetas. ¡Cuántas vejezuelas habrán sido las postreras depositarias de fórmulas hoy perdidas! En las familias, en las confiterías provincianas, en los conventos, se transmiten reflejos del pasado, pero diariamente se extinguen algunos.

Emilia Pardo Bazán, en su prólogo a "La cocina española antigua", 1913

Seguramente no haya mejor homenaje para Avelina que tomarnos unos garbanzos con tocino y un vaso de Colacao. Si acaso, coger de la mano a alguien y escucharle con la memoria preparada y el bloc de notas al lado. Nunca se sabe.

Así os saludaba Avelina hace un año. ¿Era la más bonica o no?


Biscayenne. Con la tecnología de Blogger.