Hace dos semanas publiqué un reportaje en El Español sobre el origen e historia de las tapas. Es muy bonico y aunque sea por hacer bulto y que me sigan pidiendo más, os lo deberíais leer. Me costó muchos sudores y al menos una dioptría más rastrear la estela de las tapas a través de los documentos que están a mi alcance, que son muchos. Toneladas virtuales de de libros, periódicos y textos de todo tipo a los que puede acceder cualquier hijo de vecino con un poco de paciencia.

Cuando hago un trabajo de este tipo, primero compruebo qué se dice por el patio de vecinas de internet.  Las viejas del visillo suelen ser Wikipedia y los resultados de la primera página de Google. De esa decena de fuentes, de los más de dos millones que ofrece el buscador para "historia tapas" es de donde salen los datos que luego se repetirán, copiapegarán y alimentarán nuevos contenidos por los siglos de los siglos amén. Igual que cuando hablamos aquí de las Doce uvas de Nochevieja,  asumo que la mayoría de personas no tiene tiempo ni interés en investigar más allá de la primera página. Lo grave es que sean los medios de comunicación los que sigan perpetuando el desconocimiento y los cuentos de la vieja. Ya no os digo si lo hace un señor ministro del Gobierno.

Carlos III inventando las tapas. Anton Raphael Mengs, 1761.

Íñigo Méndez de Vigo, Ministro de Educación, Cultura y Deporte, fue esta martes 31 de mayo a un desayuno informativo de ésos que cuando salen en la tele piensas que nadie está desayunando de verdad. Con el café frío y el bollo sin untar, los ponentes hablan sin parar mientras los invitados piensan en el pincho de tortilla que se zamparán en el primer bar que encuentren. La cosa es que en el Foro Nueva Economía el ministro dijo que España (no sé si en su conjunto mediante voto eurovisivo) va a proponer a la Unesco que las tapas sean consideradas Patrimonio de la Humanidad. Pues muy bien. Al fin y al cabo, ir de tapeo es una de nuestras costumbres más entrañables, arraigadas y mejor vendidas en el extranjero.

El ministro se viene arriba y la cuenta a la directora general de la UNESCO, Irina Bokova, que las tapas son lo más: muy españolas y mucho españolas. Y que las tenemos gracias a “un rey ilustrado y primer alcalde de Madrid, Carlos III”, cita recogida en infinidad de periódicos al día siguiente. Lástima que NO sea así. Y si fue así, no hay pruebas. En el mismo reportaje que escribí sobre el tema, un comentarista volvía con la mula al trigo y sacaba a relucir a Carlos III. Como no me gusta polemizar ni contesté. Porque no creo que ni ese comentarista ni el ministro se hayan leído el tocho de la "Colección de pragmáticas, cédulas, provisiones, etc" decretadas durante el reinado del tal Carlos. Yo sí, ay de mis ojos. Y no contiene nada parecido a una ley que obligara a servir el vino con pan o alguna comida de acompañamiento, como reza el mantra ministerial.

De hecho, las únicas páginas que he encontrado en internet que relacionan a dicho Borbón con el tapeo o similar concepto son ésta y otra de Yahoo Respuestas. Os lo digo tó. Que podría ser que yo esté equivocada y exista algún alma caritativa que haya encontrado algún documento que lo atestigüe, oye. Nada me gustaría más, porque aquí no se trata de tener razón sino de aprender lo más posible. Por eso le pregunté (directamente al ministro por twitter y a su oficina de prensa por email) de dónde había sacado su información. A eso no me ha contestado aún pero al menos fue amable y me dijo que tomaba buena nota del error.


El problema no es que alguien difunda bulos, leyendas urbanas y teorías sin ningún rigor histórico. Lo grave es que ese alguien sea ministro de Cultura y pretenda impresionar a una audiencia presuntamente ilustre con datos sacados del fondo de internet. "Me lo dijo Pepito" o "lo leí en Forocoches" no deberían ser razones para que un representante público diga lo primero que encuentra por ahí o que le pasan en un resumen hecho por veteasaberquién. Igualmente podría haber contado otro cuento que atribuye el invento de las tapas nada menos que a Alfonso X el Sabio, que andaba flojillo del estómago y -atención, exclusiva oída en el s. XIII- fue aconsejado por su médico para que tomara unos traguillos de alcohol de vez en cuando, acompañados por pica-pica para no embolingarse. Tanto le gustó que decidió decretar una ley para que las tabernas sirvieran siempre comida con la bebida. O eso es lo que se cuenta, seguramente gracias a un médium que contactó con el espíritu del rey y lo escuchó de primera mano.

Alfonso X pensando en que el vino entra mejor con cacahuetes. Eduardo Gimeno y Canencia, 1849

Pero el bulo preferido de las tapas es el de otro Alfonso, que tiene como más gracia y campechanía. Dependiendo de quien lo cuente, puede ser Alfonso XII o su hijo el XIII, que lo mismo da. ¿Saben aquél que diu que iba el rey por Cádiz (cámbiese por otra ciudad) y entró a una taberna a tomarse un chato? Como había moscas (o viento, o polvo, o arena, dependiendo de la historia) el camarero puso una loncha de jamón (o de lomo, o de chorizo, o un trozo de pan) sobre el vaso del real visitante no fuera a manchársele el vinacho. Con todo lujo de detalles y hasta con citas completamente inventadas cuentan esta anécdota apócrifa en una web que debería ser de rigor como Muy Historia

El rey (el XII o el XIII), que era un cachondo, se quedó encantado y pidió otro vino "con tapa". Chimpún, ya tenemos leyenda urbana. Un mito indocumentado que se repite hasta la saciedad y acaba por calar, tomándose como verdadero. Porque al parecer, no hay nada más chanante que un rey inventando algo. Le da a cualquier asunto una pátina así como de glamour que sirve para que la Unesco te tenga en cuenta y los turistas coman más calamares a la romana. 

Alfonso XII recordando sus hazañas de tapen. Federico Madrazo, 1886

Ayer en Twitter me decía alguien que no era para tanto, que al fin y al cabo propagar bulos así es inocuo y que quedan más bonitos que la realidad. O que mientras no haya pruebas de su  falsedad se  pueden seguir diciendo, como si en el siglo XXI tuviéramos que dar por cierto todo lo que no esté refutado. En fin. La cuestión es que si tratáramos así una cuestión histórica relacionada con la política o la ciencia no se tomaría a chufla igual que cuando hablamos de comida. Por eso es tan difícil encontrar a gente que se interese por el tema y quiera pagar las horas que cuesta tirar del hilo y sacar la verdad que hay escondida. 

Total pa qué, si puedes decir lo de Carlos III, quedarte tan ancho y encima que los demás piensen que qué gran cultura tienes. Mientras sigo dándome de tortas con los mitos, leed esta entrada de Julián Otero. El último párrafo es para enmarcarlo. 

Carlos III cenando ante la Corte. Luis Paret y Alcázar, 1775.






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